
En el mismo instante que el campanario del chaflán de enfrente afinaba las diez y cuarto, Yolanda Prado descolgaba la primera llamada de la semana. Al cabo de breves minutos, una nueva socia aumentaba la lista de inscritas a la mágica cifra de cien mil. Cien mil socias. Y eso que todavía no habían celebrado el primer aniversario de existencia de la asociación. Aquel insólito sueño de aglutinar, formalmente, a todas las mujeres humilladas por el azote machista del capitalismo que dominaba el país había llegado mucho más lejos de lo que sus principales detractores —empresarios, políticos, hombres con más o menos poder— habían mal pronosticado el momento primero cuando descubrieron la insignificante realidad de esa banda de histéricas, afectadas por la menopausia y frígidas por instinto —cita textual del presidente de la Bolsa de Valores e Inversiones— reunidas bajo las absurdas, arcaicas y chabacanas siglas D.O.N.A., que no quería decir otra cosa que Damas Oprimidas No Abatidas.
Así pues, ya eran cien mil. Si fuesen elepés vendidos, las condecorarían con un disco de platino. Pero ellas solo eran un grupo de mujeres hartas de recibir el varapalo incívico del hombre; el de categoría machista, claro, porque todas las personas de sexo masculino no eran, por suerte, iguales. Pero mira por dónde que esa llamada acontecería el empuje definitivo para que todo aquel follón reivindicativo viese recompensado tanto esfuerzo, en apariencia del todo fútil.
Mientras Yolanda Prado apuntaba los datos de la nueva asociada, recordaba cómo comenzó todo el siete de enero pasado. Se había pasado las fechas navideñas recluida en su apartamento, sola, acompañada por un stock inacabable de pañuelos de papel y una selección de dramas feministas con el lacrimal más fluido de la historia del cine norteamericano de finales del siglo XX y principios del XXI. Lloraba porque no tenía a nadie que le apaciguase la pena esos días tan señalados, porque su padre era un machista de mierda, porque no se hablaba con sus hermanos desde hacía un montón de años y, sobre todo, porque había tenido que aceptar el finiquito del trabajo. Se había rendido a la supremacía masculina del nuevo jefe de personal, un recién masterizado en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, todo fachada pero con menos sentido común que un moscardón engendrado en el cubo de la basura. Con poco más de 30.000 €, había huido de la multinacional de logística donde había malbaratado su tiempo los últimos cuatro años de su corta e insípida vida de mujer soltera, y sin príncipe azul a la vista.
En la actualidad, sin embargo, se sentía tan feliz que ni se lo creía. El espejismo del éxito, tanto profesional como particular, la embriagaba hasta el hilo del támpax. Amaba y, de paso, lanzaba besos simbólicos a todos aquellos que la apoyaban en esa aventura de la asociación de mujeres tocadas por el látigo misógino.
A las doce y pico, había quedado para almorzar con sus compañeras de despacho, dos hermanas de batalla a quienes amaba como a las amigas de la infancia que nunca había tenido, pero de quienes no se arrepentía conservar. Con la sonrisa de la mujer triunfadora grapada en las mejillas, Yolanda bajó las dos travesías que separaban su gabinete del restaurante vegetariano donde siempre almorzaba con Gisela y Xenia, las otras dos socias fundadoras. Rezumaba felicidad a cada paso.
Xenia esperaba desde hacía unos minutos en la barra, aprovechando el leve retraso de su querida amiga para tomar el aperitivo, a la vez que se sacudía al ejército de buitres teledirigidos que la acosaban desde que había reposado sus superbas ancas encima del taburete de diseño del mencionado local gastronómico. Si había una sola cosa en el mundo que no soportaba, de todas-todas, era un tío adúltero, ebrio y fachenda que se la quisiera llevar a la cama de buenas a primeras, como si fuese una puta cualquiera que acabase de conocer en una barra americana, dispuesta a alquilar su piel y su saliva a 100 € la hora. Para acabarlo de arreglar, Xenia y Yolanda habían pactado un código a modo de saludo siempre que se reunían en algún lugar público infectado de pitos torpes. Después del beso en los labios de rigor, Xenia empezó a interrogar a su socia, amiga y confidente.
—¿Qué? ¿Qué me tenías que explicar que no podías esperarte hasta la tarde?
—Cuando llegue Gisela os lo digo. Mientras tanto, pide lo que quieras: hoy invito yo…
Brindaron con un Martini blanco con oliva cuando se dejó ver Gisela, otra solterona con el alma resquebrajada por culpa de los exabruptos que había recibido a lo largo y ancho de su vida entre nubes como azafata de vuelo. Xenia, en cambio, se había visto obligada a abandonar su brillante pero falta de oportunidades de verdad carrera como locutora deportiva. Besadas las tres —ante la atónita mirada de la banda de energúmenos que las penetraban con los iris hinchados de semen—, se sentaron a la mesa que siempre les reservaba Toya, una camarera ecuatoriana que también se había añadido como socia de D.O.N.A., al cabo de muy poco de haber conseguido el permiso de residencia. Esta, enseguida, se dio cuenta de que algo había sucedido. Y era positivo, estaba del todo convencida.
—Tienes toda la razón, Toya —le comunicó Yolanda, mientras sus dos compañeras aprovechaban para empezar a chafardear el menú—, pero todavía no puedo hacerlo público. ¿Sabes?, es demasiado gordo. Primero necesito llenarme el estómago, aunque hoy me pase la dieta por el bidé. Un día es un día, ¿no creéis?
De hecho, era harto improbable romper el juramento sagrado de la dieta en ese establecimiento donde todo lo que se cocinaba eran verduras, legumbres y frutas. Las tres pidieron el menú del día, con las variaciones oportunas de segundo y tercer plato. Un bufé de ensaladas, de primero, y un pastel de frutos secos, de postres, completaron la comida con pinta de celebración.
—¿Qué? ¿Nos los piensas decir antes de pagar la cuenta o no? —protestó Gisela, tan salpicada de impaciencia como la misma Xenia.
—No, todavía no: quiero que vosotras mismas lo disfrutéis…
Y con ese misterio flotando en el ambiente, concluyó el almuerzo de las tres socias fundadoras de D.O.N.A. La próxima cita era a última hora de esa misma tarde. También estaría presente la propietaria de la voz que había eclipsado la mañana de Yolanda.
El encuentro vespertino se resolvió en el mismo local de la asociación, pero en una hora inusual para un intercambio puramente profesional: las diez y cuarto. Sin cenar y con las uñas desmenuzadas por los nervios, las tres amigas esperaban con auténtico deleite la llegada de la misteriosa y nueva socia, quien había volteado la presente vida de Yolanda, quien se lo tomaba con una pizca más de desasosiego que sus dos compañeras; ella partía con cierta ventaja: conocía su nombre y, sobre todo, su profesión.
Adelantada un par de minutos de la hora concretada, la cuarta mujer que se tenía que reunir en la sala para tal menester del local social de D.O.N.A. hizo sonar el timbre. Posesas las tres, Yolanda se levantó de su sillón y contestó delante las nerviosas miradas de Xenia y Gisela.
—Sí, le abro.
—¿Por qué le has hablado de usted? —le cuestionó Gisela, fraternizada con Xenia.
—Ahora lo veréis…
Esa vez lo que sonó fue el timbre de la puerta de entrada a la sede de la asociación. Las tres se miraron conectadas por el cable invisible de la complicidad femenina. Cuando Yolanda abrió la puerta, las otras socias fundadoras de D.O.N.A. entendieron el porqué de ese misterio que no se podía, todavía, desvelar.
Nuria Rosellón, excelentísima ministra de Interior del gobierno de España, escoltada por una chica muy rubia, muy alta y muy preocupada por la protección de la ministra, dio las buenas noches a todas las presentes. Después de la primera toma de contacto, del todo rígida, la tal Rosellón continuó con su parlamento, esa segunda vez amarado por un tono mucho más relajado.
—¿Os importa que se quede mi guardaespaldas? Es de total confianza…
—Usted manda, señora… —se le arrodilló elípticamente Yolanda, muy compungida ante la poderosa presencia de la política.
—No, ese es el problema, que yo no mando. Y, por favor, habladme de tú…
Una vez deshecho el hielo que tensaba el encuentro, las cinco mujeres se acomodaron y se repartieron el sofá de doce plazas de color ocre que presidía el despacho de Yolanda, el cual solo utilizaba para llevar a cabo reuniones de tipo más familiar. Cinco vasos de cristal. Una botella de agua, de marca. Una estilográfica de oro en la mano. Una pistola bajo la axila. Y muchas, muchas ganas de hablar.
—Bien, supongo que vuestra compañera os ha comentado mi, digamos, problema… —se dirigió la ministra a Xenia y Gisela, todavía no recuperadas del todo del descubrimiento de la identidad de la nueva socia de D.O.N.A.
—Quería que fuese una sorpresa, Nuria… —evitó interpretaciones erróneas Yolanda, luciendo como de costumbre una dosis mayúscula de compañerismo del todo altruista.
—Me parece correcto… ¿Empezamos pues?
—Cuando quieras.
Durante poco más de una hora Nuria Rosellón, conteniéndose las lágrimas, expuso la preocupación que no la dejaba vivir desde hacía unas semanas. Después de comentarlo con diferentes amigas de toda la vida, todas de talante feminista, la dirigieron a esa asociación, novel pero con prismas de convertirse en líder en su terreno, resbaladizo pero necesario en toda civilización moderna que rechace tópicos. Y ese dilema no era otro que el siguiente: Según le había contado, de manera extraoficial y bajo juramento, un amigo de un conocido del secretario del director general del ministerio de Bienestar Social, al presidente Catedral le quedaban pocos meses de vida. Desgraciadamente, el máximo mandatario de la nación estaba afectado por un cáncer que le estaba asesinando las tripas sin ninguna contemplación. La tremenda noticia, como era de esperar, empujó a las tres chicas contra el respaldo del sofá. Pero se acabaron de encoger cuando Rosellón les confesó que el presidente Catedral, en persona y en privado, le había prometido su cargo cuando él ya no estuviera.
—Perdona, has dicho que tú… que tú…
Yolanda hablaba por boca de las tres. Una mujer, ¿Presidenta del gobierno español?
—Sí, pero no…
—Entonces…
Sin más pausas, la ministra de Interior continuó su alucinante relato. Era del todo cierto que el enfermo presidente Catedral confiaba en ella más que en ningún otro de sus ministros, todos escogidos a dedo por él mismo horas después de haber asumido el cargo de máximo mandatario de la nación. Pero había otro candidato que ansiaba el cargo y que disponía del apoyo de la mayoría de ministros; además, un factor le concedía el triunfo al alcance de los dedos: era un hombre.
—¿Pero quieres decir que es tan importante eso? —puso en duda Yolanda, indignada por aquel comentario tan machista.
—Según los sondeos de la última encuesta, solo un 23% de la población vería con buenos ojos que el Presidente de España fuese una mujer. He aquí la cuestión —precisó la ministra.
—¿Y esos datos son fiables? —desconfió Gisela, ceñuda como ella sola.
—No, esa es la gracia.
—Explica, explica… —la animó Xenia, con ganas de saber más cosas de toda aquella increíble historia.
—Mis fuentes me han facilitado unos datos que nada tienen que ver con los que os acabo de decir: el 67% estaría de acuerdo en darme una oportunidad. Aunque sea una mujer.
—Eso ya es otra cosa…
—Sí, pero no tengo el apoyo necesario para hacerlo público —se sinceró Nuria, probablemente la mujer más poderosa del país.
—Y crees que nosotras te podemos ayudar, ¿verdad? —intervino Yolanda, que ya veía venir por dónde podían ir los tiros.
—Me has quitado las palabras de los labios…
—Hablemos. A ver qué podemos hacer por ti…
Diez días más tarde del nocturno encuentro entre las tres socias fundadoras de D.O.N.A., la ministra de Interior y su escolta particular, se celebró una segunda reunión, esa vez en el despacho de la propia ministra en la calle Amador. Abajo y arriba de los pasillos, se podía respirar el ambiente de intranquilidad que emanaba el rato previo a la confirmación pública, y bajo la implacable ventana de los medios de comunicación, que la importante vida del excelentísimo Pedro Catedral se fundía estómago adentro. En una esquina, acompañadas las tres en todo momento por un policía que cumplía el rol de conserje, se toparon con las facciones agrias del candidato oficial a suplir al moribundo presidente: el excelentísimo ministro de Economía Alejo Céspedes. Sin ninguna palabra amable, Céspedes hizo vía a la vez que escudriñaba los pechos de Xenia, muy agraciada desde la pubertad.
De pie y silente se encontraron, de nuevo, a la vigilante perenne de la ministra. Se saludaron con un hola y una sonrisa. Seguidamente, entró Nuria Rosellón con una carpeta bajo el brazo. Se la notaba muy angustiada.
—Buenos días, chicas. Disculpad el retraso, pero llevamos una mañana…
—No sufras: nos hacemos cargo… —intentó Yolanda tranquilizar a la ministra, quien también llevaba una carpeta con el anagrama de la asociación—. Hemos venido para ayudarte, pero si molestamos…
—No, no, para nada… Está todo controlado. De aquí nada lo harán público, así que…
—Y de tu tema, ¿qué?
—De momento, sin novedades. Hasta de aquí tres días no se decidirá quién es el sucesor de Catedral.
—¿Quién tiene la última palabra? —quiso saber la fundadora de D.O.N.A.
—El resto de ministros con el portavoz a la cabeza.
—¿Julián Hórreo?
—Sí.
—¿Confías en él?
—A medias: es un pedazo de pan y muy bueno en su trabajo, pero está demasiado influenciado por Céspedes.
—Ya… —se resignó Yolanda—. Bueno, ¿quieres que te comentemos lo que hemos pensado para convertirte en la primera presidenta de España?
—¿Ya habéis trazado mi plan de salvación? Sí que sois eficaces…
—Es nuestro trabajo, Nuria.
Así pues, tanto Xenia como Gisela como la propia Yolanda destriparon la estrategia que pensaban tomar con el fin de que Nuria Rosellón pudiera demostrar al pueblo que ella era la candidata más adecuada para liderar las riendas de la nación, una vez hubiera cristalizado, por desgracia, el óbito del presidente Catedral. De primeras, tenían muy claro que el factor cabal no era otro que convocar un referéndum, y que el votante de calle decidiera quién tenía que ser el nuevo jefe o jefa del país. Como que para llevar a cabo eso se necesitaba la mayoría de la cámara parlamentaria, se guardaban otro as por si se declinaba la propuesta, lo que ya adivinaban de entrada. Montarían una campaña publicitaria —a través de la agencia de otra socia de D.O.N.A.— y mostrarían al mundo qué había hecho Rosellón por su país y lo que había deshecho su oponente, Céspedes. El tercer triunfo era una entrevista televisiva, en una hora de máxima audiencia, en la cual Rosellón evidenciaría, en directo, quién era y qué planes tenía para el futuro más inmediato de España. Todo bajo control.
Después de recibir la aprobación por parte de la ministra, las tres chicas se encaminaron hacia su oficina. Todavía tenían que solucionar un par de flecos con el fin de que la operación de catapulta de Nuria Rosellón al trono del país tuviera el éxito que todas esperaban.
El preámbulo de la comunicación oficial de la muerte de Pedro Catedral fue aprovechado para que la viuda del ya expresidente del país tuviera una conversación, privada, personal y decisiva para el futuro de España. No es necesario mencionar que Rosa Centeno era íntima amiga de Nuria Rosellón, desde que coincidieron en un primerizo mitin antifascista en la plaza del Sol en las postrimerías del franquismo. Todavía no había tenido ni un instante para digerir la desaparición corpórea de su marido, el compañero de toda una vida, el político más querido por los españoles. Ya lloraría más tarde; la verdad es que tenía el resto de su insulsa vida para intentar mitigar la pena, sin cura, que le estaba provocando el punto y final de su esposo. Hablaba con la garganta seca y con los ojos a punto de explotar.
—Nuria, querida, tengo que decirte una cosa que… que no sé cómo… decírtela…
—Tranquila, Rosa: ya hablaremos otro día, no hay prisa alguna. Me sabe muy mal que en tu situación quieras…
—Calla, por favor: solo será un momento, de nada…
—Como tú digas… —bajó la guardia la ministra.
—Pedro quería que tú fueses la nueva presidenta, no es ningún secreto.
Nuria Rosellón asintió en silencio mientras sujetaba las manos de su querida amiga.
—También ya debes saber que la mayoría de ministros han votado, en secreto, para que Céspedes sea el nuevo hombre fuerte de la Moncloa.
—Sí…
—Bien, entonces solo me hace falta recordarte, como así me lo ha ordenado Pedro, que pienses que ante todo está la amistad y después la política. ¿Estás de acuerdo, Nuria?
—Por supuesto. ¿Por qué me lo preguntas? ¿Ya no confías en mí?
—Solo he hecho lo que me ha ordenado Pedro en su lecho de muerte. Ahora todo depende de ti… Me voy… Ya nos veremos, ¿vale?
—¿A dónde vas?
—A la rueda de prensa.
—¿Que no la tenía que dar Julián?
—Sí, pero Pedro me ha pedido que haga lo imposible para darla yo. Al menos lo tengo que intentar, ¿no crees?
—Ya sabes que tienes, y que siempre tendrás, mi total apoyo.
—Nos vemos, Nuria…
—Eso espero, Rosa…
Llorosas ambas mujeres, se despidieron hasta que las cosas estuviesen mejor trenzadas. Mientras la recién viuda de Catedral enfilaba el pasillo que desembocaba en la sala de prensa de Moncloa, la ministra Rosellón descolgó su móvil y se puso en contacto con Yolanda Prado, presidenta de D.O.N.A. Tan solo quería informarle de que encendiera el televisor: adivinaba que una de muy gorda estaba a punto de acontecer. Como tenía que ser.
Cuando Julián Hórreo, portavoz del gobierno español, ya estaba a punto de dirigirse al centenar largo de reporteros gráficos y periodistas de pluma que se habían acumulado con el fin de tomar nota del óbito del presidente del país, apareció tras la cortina de terciopelo rojo su viuda, Rosa Centeno, la mujer más triste de España. De un ojazo, arrinconó al amigo de su marido y se hizo ama y señora del micrófono. Los flashes empezaron a llover encima de su demacrado rostro. Era el momento de decir las cosas claras, por su nombre y en castellano, evidentemente.
—Queridos periodistas. He tomado la responsabilidad de comunicarles que mi marido, el presidente Pedro Catedral, acaba de fallecer. La causa ya la conocen todos ustedes, no es necesario que se la recuerde. Bien, aparte de informarles de la fatal noticia, también me veo obligada, por orden expresa de mi esposo, a notificarles que Pedro, antes de cerrar definitivamente los ojos, me ha dicho dos cosas: una privada, que nunca haré pública, y otra que afecta a todos los ciudadanos de nuestros país: la única persona capacitada para ser el nuevo líder de España no es otra que la ministra de Interior, la excelentísima Nuria Rosellón. Ahora, ustedes ya deben saber lo que tienen que hacer. Buenas noches a todos y a todas…
Pronunciado el breve parlamento, la viuda del expresidente recién fallecido se desmayó. En todas las portadas de los periódicos sensacionalistas, esa fue la imagen de cabecera; en los de la prensa seria, no obstante, la portada fue otra bien distinta.
Un ejército de policías empujaba al gentío de chismosos que pretendían, ilusos, ofrecer su pésame a la viuda Centeno. En la recepción del Hospital de los Apóstoles, sin embargo, había una lista muy corta que contenía las identidades de las únicas personas que podían visitar a la enferma. Por suerte, una de ellas era Yolanda Prado.
Después de mostrar su DNI un montón de veces a varios agentes de policía, la líder de D.O.N.A. consiguió adentrarse por la estrecha rendija de la puerta de la habitación de la UCI. De golpe, se encontró con una cara conocida y querida. Se había pasado allí toda la noche. A las diez y cuarto, daría su primera rueda de prensa como nueva cabeza visible de la nación. Hacía cara de no haber dormido demasiado. Poco importaba en aquellas trágicas circunstancias.
—Has venido… —la saludó con un abrazo y dos besos Nuria Rosellón, exministra de Interior del gobierno de España.
—No me habría perdido por nada del mundo tu primer día como Presidenta —se sinceró Yolanda, orgullosa de la situación que ella misma había ayudado a provocar.
Después de la alegría dieron paso a la tristeza, siempre más hiriente e indeseable.
—¿Cómo está?
—Mejor. Saldrá de esta.
—Me alegro… ¿Y tú? —se interesó la portavoz de la asociación feminista.
—Nerviosa, alucinada, feliz. No sé cómo expresarlo…: es una mezcla de muchas cosas, ¿sabes? Es como cuando vives un momento que siempre has soñado pero que, cuando llega, se te agarra a la boca del estómago y no te deja maniobrar con facilidad. Tú me entiendes, ¿verdad?
—Más o menos, Nuria…
Una vez dialogado el tema, la presidenta Rosellón consultó su Viceroy y se estremeció hasta la nuca.
—Lo siento, pero me tengo que ir… ¿Me acompañas?
—Por supuesto, he venido para algo… ¿Y ella? —preguntó señalando con la cabeza a la viuda.
—Está sedada. Tranquila: yo me encargo de que no le falte de nada… ¿Vamos?
Y se fueron hacia la sala de prensa, la misma que pocas horas antes había acogido a todos los profesionales de la información del país para escuchar, de primera voz, la muerte de Pedro Catedral, la persona que más confiaba en la nueva presidenta, la ufana, simpática y anhelante Nuria Rosellón. A su lado, angustiada y contenta a partes iguales, Yolanda la seguía y se sentía segura de todo. Ya era hora que la vida la recompensara con un instante de gloria como aquel.
—Buenos días a todos y a todas. A continuación, les detallaré los principales puntos de la puesta en escena del nuevo gobierno. Pero, antes de nada, quiero comunicarles dos cosas: la primera, que el nombre del presidente Catedral quedará en breve inmortalizado con un monumento en el centro de la ciudad, todavía por concretar dicho lugar. Y, segundo, que la asociación feminista D.O.N.A., que preside la señorita Yolanda Prado, aquí presente, pasa a hacerse cargo de todo aquello relacionado con la mujer maltratada. Dicho esto, pasamos a interpretar el decálogo que…
Aquella noche cenaron en el restaurante vegetariano de costumbre, pero las botellas de cava se iban vaciando una tras otra. Incluso Toya, la camarera migrante, también se sumó a la improvisada fiesta. Bebidas pero no borrachas, las tres mujeres fuertes de D.O.N.A. celebraron la tremenda noticia que había dejado ir, como si nada, la presidenta Rosellón a primera hora de la mañana, en rueda de prensa oficial.
—Hermanas, solo quiero decir que todo esto no habría sido posible sin vuestro incondicional trabajo —pudo articular Yolanda, toda ella hecha una breva.
—No, mentira: sin ti no habríamos podido tirar adelante este proyecto —la rectificó Gisela, quien ya no se aguantaba de pie desde hacía un buen rato.
—Os tendrían que hacer santas, a las dos —precisó Xenia, mareada del todo.
—¡Salud! —chilló una eufórica Toya, a la vez que las cuatro chispeaban sus copas.
FIN