
EFÉLIDE Octavi Franch
El lunar le había vuelto a crecer; un poco más, todavía. Ya no era una lenteja, sino un garbanzo.
Norberto de Negro era un capricho de la naturaleza, sin ton ni son. Era pálido, como cualquier hombre blanco. En cambio todos sus antepasados, su mujer e incluso su descendencia —cinco hijos y once nietos— eran de color; eran muy negros.
Cada mañana, después de levantarse, se contemplaba el lunar que lucía en medio de la mejilla derecha y encogía los hombros. Quien no se conforma es porque no quiere, se decía.
Durante toda su vida, los mejores dermatólogos del país le habían confirmado que se trataba de un caso insólito para la ciencia. No había ninguna explicación plausible. Los doctores le comentaban, extraoficialmente y fuera de consulta, que solo podía curarle un milagro.
Eso mismo le decía su mujer, Berta, cada noche antes de apagar la luz de la mesilla de noche: Norberto, no te hagas mala sangre. Ya verás como nuestro Señor te dará color…
Él, sin embargo, no se conformaba con esperar un milagro; o la muerte. No. Norberto lucharía los años que le quedaran. Además el lunar parecía, de un tiempo a esta parte, más grande.
Viajaba continuamente a los Estados Unidos con el fin de probar la última tecnología en pigmentación artificial. Los médicos estadounidenses no le auguraban demasiadas esperanzas, tampoco. Por más pruebas que le practicaran, su piel seguía tan blanca como siempre, casi albina. Solo el solitario lunar se oscurecía y se ensanchaba. Habían analizado las diferentes capas de su piel, su ADN, sus glóbulos, su semen; nada. No había solución. Moriría tan blanco como había nacido. Sin embargo, Norberto no perdía la fe; ni el lunar.
Cada día era, pues, un poco más infeliz. Combatía la pena participando en un sinfín de actos solidarios para ayudar al Tercer Mundo, sobre todo a los países africanos. También colaboraba con una asociación altruista vinculada a Greenpeace. Luchaba contra el racismo, la xenofobia y la esclavitud. Como alcalde había erradicado, durante su primer mandato, el problema racial: los blancos, los negros, los amarillos y los rojos convivían en armonía y sin ningún tipo de conflicto étnico. Incluso, premiaba con subvenciones y rebajas fiscales a todas las empresas que contrataran personal de otra raza que no fuera la blanca. Dos de sus propios tenientes de alcalde, de hecho, no eran blancos. No le llenaban de felicidad todas esas muestras de civismo universal, pero al menos le aliviaban el calvario.
Berta decidió, el día de su pedida, traer a tantos hijos al mundo como su cuerpo le permitiera. Su única ilusión era que naciera uno, por lo menos, como el padre. De ninguna manera quería que su hombre se sintiera como el personaje de ficción que le tenía obcecado: El patito feo. Había incitado, asimismo, a las nueras y a las hijas a imitar su tarea de humanidad conyugal; ellas, sin embargo, tampoco habían tenido suerte.
Ciertamente, El patito feo era la oculta pasión de Norberto. Compraba cualquier edición del cuento, allá donde fuera. Aprovechaba todos sus viajes oficiales para acercarse a la mejor librería de la ciudad visitada. A esas alturas, poseía una colección de medidas bibliotecarias de diferentes versiones del mencionado relato.
Por su cumpleaños, cuando la depresión le laceraba el espíritu, salía de incógnito del Ayuntamiento. Acompañado tan solo por un guardaespaldas —negro como el petróleo, por cierto— se dirigía a la tienda de un librero del centro del Casco Viejo. Una vez allí, con polvo hasta las cejas, suspiraba cuando encontraba uno que le faltaba o que desconocía.
Un buen día, sin embargo, aunque el lunar iba in crescendo, cansado de experimentos y tanteos alternativos con medicina naturista, se aplicó una sobredosis de rayos UVA; nada de nada, al contrario.
Al cabo de un año de haberse expuesto a la luz artificial, su médico particular le diagnosticó cáncer de piel, en el último estadio. Le quedaban meses de vida, tal vez menos. Incluso peligraba la consistencia del lunar, su tesoro.
Ante aquel ultimátum se encerró en su biblioteca privada, donde releía, uno tras otro, todos los volúmenes de su fábula de cabecera.
El lunar, no obstante, continuaba intacto. Era un buen presagio, sin duda, pensaba. Resistió los empujes de la enfermedad durante medio año; al séptimo mes, se rindió.
Cuando ya se encontraba en las últimas, reunió a toda la familia. En primer lugar, les agradeció la paciencia que habían mostrado con su neura de cambiar el color de su piel. Después del discurso suspiró. Acababa de morirse, sin sufrimientos.
La ciudad en pleno quiso despedirle como se merecía. Se había instalado la capilla ardiente en la entrada del Ayuntamiento. Todo el mundo quería decirle adiós. Durante 48 horas, el pueblo lloró su pérdida. En la incineración, incluso, asistieron los embajadores de todas las naciones con sede en la capital.
Antes de quemar los restos de Norberto, su mujer suplicó entre sollozos ver a su marido una última vez y besarle el lunar. Fue mirarle la cara y caer en redondo. Sus hijos corrieron hacia ella. Todos, a la vez, chillaron y comenzaron a abrazarse, los unos con los otros, los otros con los unos. Acabaron entonando, en coro, Amén, con la melodía del anuncio de mahonesa. Con sus propios ojos, habían sido testigos de cómo el lunar del difunto se había expandido tanto que ya le cubría la totalidad de las facciones. De lejos, parecía negro de toda la vida.
FIN