EL AJUAR      Octavi Franch
 
Nuria Franquesa era la heredera más cortejada del pueblo. Con presentes a todas horas, los herederos disponibles la acuciaban, mañana, tarde y noche. Esto sucedía desde que Arcadio Casademunt, su prometido de la infancia, se había alistado como voluntario con los republicanos hacía dos años y pico; y aún no había vuelto. No habían recibido ninguna noticia, de ningún tipo. Lo daban por desaparecido. Incluso el padre de Arcadio, el señor Arturo, había enviado una carta al cuartel general del bando rojo, con el fin de averiguar el paradero de su hijo. Le contestaron que lo sentían mucho, pero que desconocían el lugar donde se encontraba su hijo en aquellos momentos; y si estaba vivo o muerto.
            A pesar de la ausencia de su novio, Nuria no desistía y no pensaba olvidarlo nunca. Cada noche encendía una vela roja y contaba el rosario mientras lloraba con amargura hasta que se dormía, rendida.
            La deseaban como esposa todos los hombres libres del pueblo, esto es: solteros, solterones y viudos. Quien tenía más números para llevarla al altar era José María, el mejor amigo desde que jugaban al escondite de Arcadio. La amistad que unía a los dos chicos era casi de hermanos. Pero José María había decidido arriesgarse a perder a ese amigo a cambio de disfrutar de la vida, en matrimonio, junto a la mujer más codiciada del pueblo. Cuando volviera Arcadio, en caso de que volviera, ya le daría suficientes razones para que lo pudiera entender.
            Miguelín era el solterón de la masía de los Planas. Había nacido lisiado y por ese motivo, a sus cuarenta recién cumplidos, aún no se había casado. Hacía solo un par de meses, sin embargo, que había ido a Barcelona para volver a operarse los dos brazos. Dicen que la ciencia hace milagros; en ese caso, estuvieron muy cerca. Soñaba con Nuria, a pesar de su defecto.
            El alcalde del pueblo se llamaba don José Antonio. Nacido en una aldea de Huesca y criado en la academia militar de Zaragoza, había aparecido un buen día en las postrimerías de la guerra. Durante su juventud había sido guardia civil. Incluso, lo habían condecorado al mérito y al valor en diferentes ocasiones. Un trozo de metralla, empero, frustró su carrera como oficial de la benemérita. Sin embargo, enviudó a los pocos meses de haberse instalado en aquel valle del Pirineo. Doña Rosario, su esposa, era una mujer casta, introvertida y discretísima. Endomingada, solo asomaba de casa para ir a misa. Las malas lenguas comentaban que don José Antonio la había matado a palizas, debido a su humor huraño y su afección desmesurada al moscatel. La versión oficial fue que la dueña del ayuntamiento murió víctima de una bronconeumonía. El doctor que la atendió constató que la enfermedad se había complicado a última hora. Según el médico, la causa había sido el clima seco de la comarca.
            Bastante conocida en todo el valle era la fama de huraño putero del alcalde. Sin embargo, su cargo impuesto por el gobernador de Lleida —pariente suyo lejano— le proporcionaba una amnistía suficientemente generosa para hacer y deshacer a su antojo. El pueblo, mientras tanto, estaba inmerso en estado permanente de alerta. No sabían qué podía devenir de aquella mente tan retorcida ni de aquella mirada que siempre exigía venganza; pretendía paliar como fuese su desgracia, su cojera.
 
Una mañana de domingo, Nuria fue a la iglesia como siempre acompañada de sus padres y sus tres hermanas pequeñas. Ese día, sin embargo, don José Antonio se quedó boquiabierto, prendado y excitadísimo. De hecho, la había observado en silencio todos aquellos años. Tan solo estaba esperando que hiciera el último tirón, que se convirtiera por completo en mujer; entonces sería suya, nadie podría arrebatársela, se juró. Se enamoró de la blancura de su piel, de sus pecas rojizas dibujadas en las mejillas, de sus ojeras enfermizas y los 45 kilos de anemia que envolvían sus huesos. Durante todo el sermón, no dejó de mirarla en ningún momento. Cada vez lo veía más claro: sería su nueva esposa.
            Nuria no se dio cuenta de nada; pero su madre, sí. La señora Consuelo, la madre de la chica, certificó de reojo sus sospechas. Solo Dios podía detener aquella fijación. O Arcadio, si volvía pronto.
            Definitivamente, don José Antonio se había encaprichado de aquella doncella. Al día siguiente, se entrevistó con los señores Franquesa para pedirles la mano de su hija mayor. No se podían negar. La decisión estaba tomada de antemano. En aquella entrevista nadie recordó a Arcadio.
            Estordida e impotente, Nuria escuchó cómo su padre aprobaba la decisión del alcalde y encajaban de manos. A continuación se encerró en su cuarto, se estiró en la cama y besó el retrato de su prometido, con más sentimiento que nunca.
            Arcadio había sido liberado, junto con tres soldados más. Había estad tres años en una prisión en Teruel. Debido a la explosión de un mortero en una trinchera, le habían tenido que amputar una pierna. No escribió a Nuria, porque pensaba que llegaría antes que la carta. Dentro de un pañuelo de hacer fardos, empaquetó los cuatro recuerdos de la guerra perdida, incluida la bayoneta de su fusil, un amuleto que quería que lo acompañara el resto de su vida. Inmediatamente después, subió al primer carro y comenzó a soñar el reencuentro con su amada.
 
El primer domingo de septiembre se fijó la fecha de la boda entre Nuria y don José Antonio, cuando el calor comenzara a diluirse. La señora Consuelo, por su parte, inició la dote tal y como hizo a su misma edad; ella, empero, se casó por amor y todavía perduraba.
            Así pues, don José Antonio se vio obligado a preparar el ajuar. A raíz de la muerte de su esposa y, sobre todo, de su amancebamiento con el alcohol, su patrimonio había disminuido mucho. Solicitó un préstamo a su protector, el gobernador de Lleida, e hipotecó el caserío donde vivía, solo. De esa manera, ambos novios aportarían al hogar una cantidad similar de bienes.
            Una tarde, don José Antonio se presentó en casa de los padres de Nuria. El motivo de la visita no era otro que el ofrecimiento de un presente, con el propósito de sellar el futuro vínculo. El regalo en cuestión era un abrecartas de plata. En el mango llevaba grabado el escudo de armas de los Puertollano, el linaje del alcalde. Charlando con su próximo suegro y sorbiendo una copa de coñac, don José Antonio se quedó en el comedor, mientras la señora Consuelo aprovechaba la ocasión para ir a ver a su hija. Tomó el obsequio y se lo llevó a la habitación de Nuria para mostrárselo. Alegando una migraña primaveral, la muchacha no había salido de su cuarto a recibir su nuevo prometido.
            —Nena, soy yo, abre… —ordenó, la señora Consuelo.
            —¿Qué quiere…? ¿Ya se ha ido? —preguntó Nuria, refiriéndose a don José Antonio.
            —No, todavía no, hija. Está con tu padre. Escucha, coge esto: es el presente de bodas —le dijo su madre, mientras le acercaba el abrecartas.
            Cuando Nuria lo tuvo en sus manos, sintió la frialdad del metal. Entonces, vislumbró con diáfana claridad cómo sería su vida al lado de aquel hombre. A continuación, cerró la puerta de su habitación y colocó el pestillo. Lloró hasta que llegó el atardecer. Al fin, había tomado ella sola una decisión en el momento más importante de su vida.
            Con dos copas de más, don José Antonio se marchó al atardecer. Iba tan ebrio que se despidió del padre de Nuria con un beso en la mejilla y un efusivo «Buenas noches, padre». Aquella misma noche, Nuria se cortó las muñecas con el abrecartas. Prefería morir, desangrada, antes que perder la virginidad con aquel alcohólico. La anemia que sufría, sin embargo, le impidió morir. No tuvo fuerzas suficientes para hacer un corte suficientemente profundo. Después de que su madre le vendara las manos, Nuria escondió el maldito regalo en un cajón de la mesita de noche. A partir de ese desagradable incidente, todo cambió en aquella aldea ilerdense y, de manera radical, en Can Franquesa.
Por su parte, Arcadio había llegado a Fraga. En un par o tres de días, llegaría a casa. La fotografía de su prometida, que guardaba en el bolsillo de la camisa, cada vez estaba más amarillenta entre los besos y las lágrimas.
 
Demasiado deprisa, el día del casamiento se acercaba. Nuria maldecía la velocidad del tiempo. Arrodillada encima del almanaque, blasfemaba su desdicha. El intento de suicidio no había resuelto nada, todo lo contrario. Don José Antonio aún tenía más ganas de llevársela a su caserón y poseerla. Para que no lo volviera a intentar, la vigilaría como a un preso político; aunque la tuviera que atar en el establo como una perra.
 
Domingo. Doce del mediodía. Era el día señalado por el destino. La mañana se había levantado nublada. Incluso, había llovido a primera hora. Con virulencia, el viento azotaba el campanario. Era un día oscuro, gris, raro, que invitaba a la melancolía; y a la tragedia.
            La plaza del pueblo, sin embargo, estaba a tope, por obligación. Todo el mundo reprobaba aquel acto. Agricultores, comerciantes, mujeres de sus labores, todos los vecinos, sin excepción, repudiaban más que nunca aquella boda y, con especial énfasis, la figura de don José Antonio.
 
Mientras se pulía las cejas, las pestañas y el bigote, Nuria hizo un breve paréntesis en el aderezo que llevaba a cabo y, aprovechando un descuido de su madre, asió el abrecartas, el primer obsequio de su inminente marido, y acarició la hoja con las yemas de su mano derecha.
 
Conocida y cargada de mil recuerdos, Arcadio pisaba el polvo de la calle principal del pueblo. Por fin había vuelto del frente, del Ebro. Volvía a casa, al hogar. En los brazos de su amor, anhelaba cicatrizarse las heridas de la batalla. Miró el cielo enrarecido. Las nubes, espesas y grises, no presagiaban nada bueno. Por las calles del pueblo, no vio a nadie. De primeras, se extrañó. Después recordó que era domingo y que debían estar todos en misa. Se arrastró, aferrado a una muleta y cargado con el exiguo bulto. A medio camino, tropezó con José María, su amigo del alma, y ​​Miguelín, el solterón de Can Planas. Ambos paseaban abajo y arriba, bastante absortos. A sorbos, compartían una botella de anís. Arcadio se sorprendió mucho de verlos juntos y, además, borrachos.
            —¡¿Qué hacéis por aquí, zánganos!? —los saludó, Arcadio.
            Al compañero de la infancia y el tullido, les recorrió un escalofrío que los heló de golpe. De pies a cabeza, observaron a su interlocutor y comprendieron que era, de todas todas, Arcadio. No sabían ni que estuviese vivo ni que le faltase una pierna. Ninguno de los dos vecinos encontró las palabras adecuadas para devolverle el saludo. Fue José María quien dio el primer paso.
            —Hola, Arcadio. Cómo te va, hombre… -—le dijo, sin ánimo de mirarlo a la cara.
            —Buenos días, hermano. ¿No me abrazas? —le recriminó, Arcadio.
            —Por supuesto, ven…
            José María caminó hasta donde estaba Arcadio y chasquearon las manos en sus espaldas. De escorzo, Miguelín lo miraba todo. No sabía qué decir ni qué hacer. Arcadio, sin embargo, se le adelantó.
            —Buenos días, Miguelín.
            —Buenos días, Arcadio. Bienvenido a casa… —llegó a murmurar, el vecino.
            —¿Sabéis dónde está Nuria? —con la mirada llena de iluminada ilusión preguntó, el mutilado.
            —En la iglesia, claro… —le contestaron, los dos vecinos a la vez.
            —Y vosotros, ¿no vais a misa? —preguntó, Arcadio, extrañado.
            —Hoy no hay misa, Arcadio —le contestó, José María, mientras Miguelín les daba la espalda para que no vieran cómo sollozaba.
            —¿Ah, no? ¿Y por qué? —preguntó, un sorprendido, Arcadio.
            —No lo sabes, ¿verdad? —quiso confirmarlo, el amigo.
            —¿Qué hay que saber?
            —Nuria…
            —¿Qué? —con una mirada de miedo, exigió Arcadio.
            —Se casa…
            —¿Se casa? ¿Con quién?
            —Con el alcalde. Un fascista de Huesca.
            Tras escuchar aquella explicación, a Arcadio, se le enturbió el corazón. Seguidamente, se tambaleó y cayó al suelo. Los dos vecinos le ayudaron a incorporarse.
            —Llevadme a la iglesia, por favor… —suplicó, Arcadio.
            —¿Estás seguro? —le preguntó, José María.
            —Sí, del todo…
            —Piensa que Nuria está muy cambiada… —comentó, el bonachón de Miguelín.
            —¿Qué quieres decir con eso?
            —A lo mejor ya no te quiere.
            —¡¡Animaladas!! Por favor, por lo que más queráis, llevadme a la iglesia… Tengo que arreglar toda esta locura …
            José María y Miguelín lo acompañaron. Curiosamente, Arcadio no quiso desprenderse del paquete que llevaba, por nada del mundo. Se apoyó en la muleta y recorrió el camino hasta la plaza de la iglesia, en el más sepulcral de los silencios.
 
El cuartel de la guardia civil se había presentado en pleno al pueblo, vestidos de gala y con el fusil abrillantado. Con sus destellos de charol, los tricornios cegaban a todo dios. Don José Antonio, nervioso como nunca, no quería que surgiera ningún imprevisto a última hora. Quería tenerlo todo bajo control, por si los vecinos provocaban un altercado. Se aparejó con el mismo frac que vestía cuando se casó por primera vez; las sensaciones, sin embargo, no eran las mismas, ni mucho menos. Estaba demasiado nervioso, aturdido y bebido. Solo lo había felicitado el gobernador de Lleida. Con desprecio e, incluso, con una chispa de odio, la gente del pueblo lo miraba y mascullaba entre dientes. Nuria no se lo merecía; ni Arcadio tampoco.
            Cuando Arcadio atisbó, entre la muchedumbre, el vestidito blanco de su amada, se juró entre sollozos que recuperaría a su novia aunque muriera en el intento. El tullido se colocó apenas detrás del alcalde. Nadie se había dado cuenta todavía de su presencia, de su regreso. Después de deshacer el paquete, sacó la bayoneta. A continuación, se abalanzó sobre don José Antonio. Un corte, preciso pero no mortal, en la mejilla derecha.
            Tan solo unos segundos duró el alboroto. Suficientes para que los miembros de la benemérita presentes actuaran deprisa. Más de un vecino fue golpeado. Allí mismo, esposaron a Arcadio para ejecutarlo, sin más preámbulos, en la puerta de la iglesia. Mientras los soldados ultimaban las armas para fusilarlo, Nuria y él se acotaron. Después de una rancia docena de segundos, ella continuó con la mirada perdida, más pálida y delgada que nunca. No lloró, ni una sola lágrima. Caminó hacia él, desenvainó el abrecartas de plata que llevaba escondido en una liga y le segó el cuello. Mientras Arcadio moría con las vísceras que se le escapaban por el socavón de la garganta, la chica le susurró:
            —¿Cómo te has atrevido? ¿Creías que me estropearías el futuro, pedazo de cateto y además tullido? No me hagas reír, Arcadio, que ya me has hecho perder bastante tiempo todos estos años…
 
FIN