EL ÁNGEL ÁNGEL Octavi Franch

Ángel era un solitario, todo un anacoreta celeste. Siempre se acurrucaba bajo su penacho grisáceo cuando sus colegas de las nubes le apremiaban para ir a trabajar. Él sin embargo nunca tenía ganas, nunca le apetecía. Y no es que fuese un pedazo de vago, es que era un tipo retorcido.
Incluso el señor Pedro y el señor Pablo, sus jefes laborales, le habían tenido que llamar la atención en un par de ocasiones; siempre lo amenazaban con un traslado:
—Mire, joven: si no le gusta el trabajo, ¡en la Planta Baja falta gente!
Ángel, por otra parte, no se tomaba mal la represalia. Además, no le apetecía faenar en la Planta Baja. El encargado, que se llamaba Luis Cífer, era un borde que tiraba de espaldas con quien ya había tenido la oportunidad de trabajar en la Buhardilla, donde se habían enganchado de las alas un par de veces. Y es que el señor Luis no era santo de su devoción, que digamos…
Recordaba, como todo el mundo en esa cooperativa, cómo había ido a parar ahí el jefe del sótano. El señor Luis había aceptado la oferta que le había propuesto el jefe de la Planta Baja solo por la ganancia económica y por el nuevo estatus. El hijo del dueño, Chus, juró por su madre, la señora Paloma, que ya era necesario que se atuviera a las consecuencias. A él, nadie le robaba un oficial de primera como aquel —el mejor, de hecho— ante sus barbas; no pensaba quedarse de brazos cruzados, ¡ni mucho menos! Justo cuando se formó el revuelo de la fuga, con las alas entre las piernas, del hombre de confianza de Chus —su ala derecha—, Ángel pensó, todo inocencia, que él podía convertirse en el elegido para ocupar ese vacío en la élite del organigrama del equipo directivo. A continuación, presentó su currículo y rezó a todos sus conocidos para conseguir el ansiado cargo. Pero su talante conflictivo y los dos expedientes que arrastraba desde hacía tiempo —el primero cuando todavía no había mudado ni las plumas— acabaron siendo decisivos para rechazar su candidatura: no fue seleccionado entre los mejores, ni por aproximación. De la rabieta, se volvió todavía más ceñudo. No tardó ni medio segundo en solicitar una excedencia que le fue denegada al instante. A la desesperada, pidió un cambio de horario, solo para ir a contracorriente; y, mira por dónde, tuvo suerte: aceptó, encantado de la vida, el último turno.
Por la noche, sin embargo, el trabajo disminuía muchísimo. Aprovechaba que disponía de mucho más tiempo libre para estudiar: se proponía sacarse, como fuese, el carné de especialista. Quizás de esta manera el hijo del dueño se convencería, de una maldita vez, de que él era el mejor y de que no había sido nunca suficientemente valorado. La vanidad era su gran defecto; lo reconocía, sin embargo.
Las primeras noches tuvo un montón de trabajo, desagradable de todas-todas: conductores ebrios, aspirantes a violadores castrados, suicidas arrepentidos. Todos le tocaban, a él, sin excepción. Y pesados como ellos solos, pobrecitos… Le martilleaban con interrogatorios del tipo: ¿Por qué yo?, ¿y a dónde vamos ahora?, ¿y a usted no se le caen las alas de vergüenza de ir con esta pinta por el purgatorio? Estaba hartísimo de todos los mortales; estaba hasta los mismos alerones.
Viernes, no obstante, a última hora antes de marcharse de fin de semana, recibió el aviso urgente de recoger una mercancía, de las registradas como antigualla frágil de coleccionista.
Mateo era un viejo centenario que había expirado después de disfrutar, por televisión y en directo, de que su equipo de fútbol había ganado la Liga, por primera vez en la historia. Sencillamente, había sufrido una repentina taquicardia que se había acelerado hasta colapsarle los ventrículos y el riego sanguíneo.
Así pues, el cuerpo sin vida de Mateo permanecía sobre la alfombra de su comedor, con la cara chamuscada por el crepitar de la chimenea todavía encendida. Su alma, en cambio, continuaba sentada en el sillón, como si nada hubiera ocurrido. Pocos minutos antes de morir, había grabado las imágenes de la meta deportiva. De hecho, en el preciso momento del paro cardiaco se disponía a revivir los momentos más interesantes, en diferido. Pero no tuvo ánimo ni de pulsar el play.
El espíritu novato de Mateo se esperaba, pues, repantigado en el sofá que llegara su ángel particular, Ángel.
El ángel Ángel, por su parte, se liberó del casco integral anti polución antes de traspasar la puerta de la sala de estar, donde permanecía al acecho la esencia de Mateo.
—Dios os guarde… —lo saludó Ángel recién aterrizado. Mientras esperaba la tardía reacción del espectro, aprovechó para sacudirse las plumas teñidas de gris ceniza por culpa de la contaminación que lo había acogido apenas cruzar la frontera entre ambos mundos.
—Así que tú eres el mensajero, ¿verdad? —le preguntó Mateo versión difuminada.
—Servidor por la gracia divina. Mi nombre es Ángel y si puedo hacer algo por vos…
—¿Y contigo representa que tengo que viajar hasta tan lejos? Ni soñarlo… ¡Lo tienes claro, majete! —bocinaron los desechos de Mateo. Tras repasar, una última vez, de botas a casco al recién llegado, negó con la cabeza en silencio y se acercó al mando a distancia del vídeo.
—No se preocupe, jefe: ya no funciona. De hecho, nada ya no funciona en su nueva situación.
—¿Cómo dices, joven…?
—Que digo que ya no se pondrá en marcha la tele, no pierda más el tiempo. Escúcheme, de verdad, es viernes y me gustaría muchísimo acabar a mi hora, ¿sabe?
—¡No jodas! ¡Pero esto no puede ser!
—Tampoco se ponga así, hombre…
—Pero hijo, ¿no sabes qué milagro ha sucedido esta tarde? Tienes remota idea, ¿eh? —le expuso el anciano mientras doblaba la bufanda del equipo de sus amores.
 —Afirmativo: se acaba de morir —sentenció, impávido, Ángel, cansado de siempre ver las mismas caras y escuchar las mismas tonterías.
—Hemos ganado la Liga, la primera en cien años y pico.
—Perdón…
—Hemos tocado el Cielo… —informó el abuelo al tiempo que besaba el escudo de su amado club cosido en la bufanda que sostenía entre ambas manos.
—Perdone, pero no creo que esa apreciación sea del todo exacta. Justamente ahora mismo nos vamos para allá.
—Lo dudo, chico. El Cielo es lo que ha pasado esta tarde en el estadio. ¿No has visto todavía los goles?
—Es que no tenemos televisión nosotros. Y la verdad es que tampoco tenemos tiempo para perder con esas humanidades.
—Te explico —Haciendo caso omiso Mateo, eufórico—: Primera parte, minuto 33. Córner a favor nuestro. Sergi lo lanza y Facundo, desde el punto de penalti, se tira en plancha y se mete dentro de la portería, con pelota y todo. ¡Brutal!
—Muy bien, jefe, pero, de verdad, que tengo unas ganas de irme que ni le cuento…
—Espérate un momento, chato: Segunda parte. Cambio táctico: sale Matías por Wu. Faltaba energía, sabes qué quiero decirte, ¿verdad? Bueno, da igual, la cuestión es que el contrario ataca, en claro fuera de juego, y, para variar, nos pitan un injusto penalti en contra. ¿Tú crees que hay derecho?
—No, pero…
—El capitán de ellos que planta el balón. Diego que lo mira. Chuta. Y con la mano cambiada, mira lo que te digo, frota el cuero con la punta de los dedos. Al palo, al larguero y fuera. ¡La locura! —Y…
—Y la jugada del siglo, claro: Marc que la abre a un lado, con la autoridad de siempre. Esteban que la toca de primeras para Matías y este, con la izquierda, a Jonathan. Un recorte, otro. Se va hacia el banderín. Hace bailar el esférico entre tres defensas y, no te lo pierdas, de tacón se la pasa a David, quien saca las telarañas de la escuadra derecha.
De repente, Mateo cayó encima del sillón y empezó a llorar a moco tendido. «Y ahora qué le coge a este», pensó, histérico, Ángel.
—De verdad, lamento muchísimo que se lo tome así. Pero tampoco puede ser tan egoísta, hombre. Que tenía más años que su amado club…
—No, si tanto me da haberme muerto…
—¿Entonces? ¿Se puede saber por qué demonios se pone de esta manera?
—Es que el miércoles…
—¿El miércoles qué?
—Me gustaría pedir un aplazamiento, si fuese posible.
—Hombre, lo puedo consultar. Supongo que no habrá ningún problema. Solo son tres días de nada…
—Hazlo, hijo, consulta a quien quieras, ¡por el amor de Dios! Puedes utilizar el teléfono, si quieres, como si estuvieras en tu casa.
—A mi casa deberíamos haber ido hace mucho rato, jefe…
A continuación, Ángel extrajo su móvil vía satélite con antena parabólica y pulso el código de la central.
—Buenas noches. Soy Ángel, ficha 1369/F. Pásame con la secretaria del Señor del Triángulo. Sí, es una emergencia. Espero, gracias.
Al poco, Ángel pudo hablar con la persona requerida para tal menester.
—Hola, Cris. Se trata de una solicitud de aplazamiento de 72 horas para la última entrega de hoy. Sí, Mateo, sí. Lo tengo aquí delante. Un caso especial, muy especial diría yo… De acuerdo, espero pues.
Mientras tanto, Mateo esperaba ansioso para saber si era aceptada su demanda.
—Un momento que lo pregunto, que yo tampoco lo sé. La compañera me pregunta el motivo.
—¿El motivo de qué?
—Del aplazamiento, evidentemente —precisó Ángel.
—La Copa.
—¿Cómo?
—La final de Copa. La jugamos el miércoles. Y además es un derbi, tú dirás…
—Claro… De esto, que este tío es un fanático del Olímpico, como el dueño. Ya, me lo temía. Bueno, pues, ningún problema. Ahora mismo voy. Adiós.
Después de recoger la antena de su inalámbrico sideral, Ángel dio la buena noticia a su último cliente del día.
—Felicidades: le han concedido un aplazamiento especial de 72  horas, pero ni un segundo más, ¿eh?
—¿Aunque haya prórroga?
—Aunque haya penaltis: palabra bendita de ángel.
—¡Viva!
Mientras Mateo empezaba a saltar por toda la casa, Ángel consultó su reloj de arena de bolsillo y comprobó que llegaría tan tarde a su hogar que se le habían esfumado las ganas que tenía de ir de juerga con sus colegas de la Planta Baja, los únicos con los que se sentía algo a gusto.
—Tengo una pregunta —dijo el abuelo.
—Y yo otra. Vos primero, jefe.
—¿Por qué yo?
—Muy sencillo: todo el mundo sabe que el Cielo es blanquiazul.
—Claro… Y tú, hijo, ¿qué quieres saber?
—Antes de volver, ¿me podría explicar qué demonios es el VAR, que no hay ni Dios que lo entienda allí arriba?

FIN