EL FÉRETRO DEL TÍO SEGISMUNDO      Octavi Franch
 
Mamá y yo esperamos la llegada del Intercity que ha salido de Ginebra a media mañana. Y, con él, en su interior, mezclado con equipajes de todo tipo y bultos de diferentes tamaños y diseños diversos, viaja el ataúd. Un féretro —metálico, ideal para un trayecto tan largo— que cumple las funciones de valija diplomática.
            Según me ha contado un montón de veces Mamá, el tío Segismundo desapareció un atardecer de otoño poco después de la muerte de Franco. No recuerdo, demasiado bien, los detalles del revuelo que se montó ni las represalias que sufrió la familia; yo no hacía mucho que había celebrado mi segundo cumpleaños. Solo sé, a ciencia cierta, que Mamá lloró durante mucho tiempo cada noche. Ella creía que no la oía, pero sí lo hacía. Y lloraba, también, con ella, en silencio, como solo saben llorar los cobardes o los que desconocen lo que se está cocinando en su casa.
            Mamá tiene frío. La he invitado —he insistido media docena de veces, como mínimo— a una bebida caliente. Pero no quiere. Se espera, impaciente, nerviosa, con destellos en la mirada. Espera al tío Segismundo dentro de la caja mortuoria. Cree que no me he fijado, pero ha girado la cabeza tres veces para secarse las lágrimas.
            La pantalla donde se informa de las llegadas y salidas por la vía 5 nos señala que el tren lleva un retraso de más de tres cuartos de hora. Todavía no hemos almorzado. Deberíamos tomar algo. Mamá, sin embargo, no tiene hambre.
            —Ay, puaj, no me hables de comida, Sergio, hijo mío, que me entran náuseas…
            A mí también, Mamá, a mí también…
            Al fin, Mamá accede a sentarse un rato en uno de los bares de la estación y come un par de bikinis y un café con leche. Yo prefiero un buen bocadillo de jamón. Quizás, una vez haya llegado el tío Segismundo, no podré comer tan bien durante un tiempo. Quién sabe.
            —El tío, Sergio, tuvo que huir, ¿sabes? —me susurra, Mamá, después de comprobar a ambos lados que nadie cotillea sus confidencias.
            —Eso ya lo sabía, Mamá, es lo que me has contado toda la vida —le respondo, mientras bebo el último sorbo de mi agua con gas.
            —Al tío también le gustaba mucho el Vichy, como a ti.
            —Mira por dónde, una afinidad con el Fugitivo, ¡qué bien!
            —No hables así de Segis, ¿quieres?
            Segis, nunca le ha llamado así; al menos delante de mí.
            El retraso se incrementa: una hora y veinte minutos.
            —¿Por qué huyó exactamente el tío Segismundo, Mamá? —aprovecho para documentarme sobre el pasado del difunto que, a estas alturas, debe estar cruzando la frontera natural de los Pirineos.
            —Por todo, Sergio, por todo y por todos…
            —¿Qué es todo, Mamá? ¿Quién es todo el mundo? ¿La familia? ¿Tu familia?
            —¿Qué quieres decir?
            –-Si se fue por culpa de… —pero no me deja terminar la frase.
            —No digas tonterías, ¿entendido?
            —Sí, vale, pero ¿qué más?
            —El tío escapó de la cárcel, de la tortura, de la ejecución. Tu tío se dedicaba al… comercio, podríamos decirlo así.
            —No te acabo de entender, Mamá…
            —Contrabando, hijo: tu tío Segismundo era contrabandista.
            —¡No jodas!
            —Sergio, por el amor de Dios, ¡no blasfemes!
            —Lo siento, Mamá. ¿Y cuál era su especialidad?
            —Presos políticos.
            —Ahora me he perdido…
            —Intercambiar fascistas por comunistas, al mejor postor.
            —Pero… eso es…
            —Monstruoso. Ya lo sé hijo, ya lo sé. Hace muchos años que vivo con esta vergüenza.
            Mamá volvió a llorar, esta vez sin esconderse. Le doy mi pañuelo. De nada, madre, de nada. No acabo de entender por qué se muestra tan afectada. De hecho, no era ni su hermano, sino el marido de su hermana la mayor, la tía Antonia, que en paz descanse.
            —Mamá, ¿estás bien?
            —No me hagas caso, hijo… Ya sabes que soy una sentimental…
            —Sí, mujer, pero por un cuñado, muerto, que hace siglos que no lo ves…
            —El tío Segismundo era tu padre.
            Después de medio segundo de espeso silencio, contraataco.
            —Gracias, muchas gracias por la sorpresa, pero esta ya la sabía.
            —¿Qué has dicho, hijo?
            —Y también sé que tú no eres mi madre biológica.
            —Pero, Sergio, cómo, cómo…
            —Pensando, Mamá, pensando mucho, rompiéndome los cuernos durante todos estos años. Nunca me han cuadrado las mentiras que me decías sobre la muerte de Papá.
            —Lo siento, hijo. Creía que hacer lo mejor para ti…
            —No tienes la culpa, no es necesario que sufras por eso. Nunca te reprocharé nada. Te quiero y te querré siempre como la madre que has sido, te lo prometo. Pero eso no significa que no quiera saber, ahora mismo, la identidad de mi madre de verdad. ¿Quién es, Mamá, mi madre?
            —No lo sé, Sergio…
            -—Sí que lo sabes. No me mientas más, por favor. Solo te pido que no me llenes más de mentiras.
            —No la vi nunca, hijo, te lo juro por lo que más quieras…
            —Por mi padre.
            —No seas tan cruel, ¿quieres?
            —Lo siento… Por favor, ¿quién era mi madre?
            —Una espía nazi.
            —Venga, mujer, ¡y ahora me explicas una de indios!
            —Te lo juro. Tu padre se enamoró de ella y la escondió una temporada en Perpiñán. Allí se quedó embarazada de ti.
            —Sigue.
            —No sé mucho más. Al cabo de unos meses huyeron al norte, hacia París, me parece.
            —¿Y?
            —Y hasta ahora, Sergio. Yo me ofrecí para hacerme cargo de ti. Ninguno de los dos se opuso.
            —¿Por qué no me llevaron con ellos?
            —Supongo que tenían miedo.
            —¿De qué?
            —De que algún día descubrieras la verdad.
            —¿Y, podríamos decir, que la he descubierto?
            —Toda.
            —Mentirosa.
            —Sergio…
            —¡Ni Sergio ni hostias! ¡¡Eres una mentirosa de mierda y lo único que mereces es que te encierren en el nicho con el hijo de puta de mi padre!!
            —Hijo, ¿por qué… por qué me insultas? Te he dicho toda la verdad, te lo juro…
            —Desgraciada… ¡Tantos años en Barcelona y no has aprendido ni a disimular el acento alemán!
            Ahora es cuando Mamá llora más. Se está atragantando. La gente ya hace bastante tiempo que nos observa. Me la suda. Llora, Mamá, llora, porque todavía te queda una larga temporada de lágrimas. Palabra.
            Por el altavoz, se anuncia la inminente llegada del tren que transporta los restos de Papá, del extío Segismundo. Vía 5, la nuestra, la mía, la buena; la definitiva.
            Dejo a Mamá con su pena y me voy corriendo. Quiero ser de los primeros en saludar a Papá. Ya llega, ya está aquí, ¡por fin! Tengo que darme prisa, si no…
            He saltado, estoy saltando, comienzo a caer. Chillidos, las ruedas que se deslizan y salpican chispas y mi cuerpo que comienza a partirse en dos.
            Adiós, padre. ¿O debería decir Hola?
 
FIN