EL MAESTRO, EL DISCÍPULO Y LA RECIÉN LLEGADA      Octavi Franch
 
—Felicidades, Legnadroc: una vez más, has llegado antes que los demás; te has vuelto a superar.
            —Vuestro más humilde servidor, Señor… —sonrió, con las mejillas encendidas, el discípulo a su patrón.
            —Te puedes ir. Si necesito algo, ya te llamaría. Ahora, déjame solo con ella —ordenó el Maestro al mismo tiempo que observaba, con el rabillo del ojo, a la recién llegada, la Número 13.
            Después de hacer una reverencia, Legnadroc se despidió con un trino de tenor castrado y con el brazo derecho en alto. Entonces, el Maestro giró la cabeza y contempló, sonriendo y chorreando baba, a la chica que acababa de llegar en compañía del bueno de Legnadroc.
            —Bienvenida, Sonia.
            —Gracias… —le contestó, miedosa y aterida, mientras se limpiaba con el dorso de la mano las salpicaduras de sangre y víscera que le maquillaban el rostro.
            —Todavía no sabes dónde estás, ¿verdad?
            —No… No estoy segura…
            -Ya, no te hagas mala sangre, esto les pasa a todos. Te acostumbrarás enseguida. Todo, en esta vida, es cuestión de tiempo. Y tú, ahora, tienes todo el del mundo.
            Una vez pronunciadas estas palabras, Sonia rompió en un llanto desgarrador, se tapó la cara con ambas manos y se sentó sobre el suelo rocoso, el cual olía a azufre. Frente a él, impertérrito y sereno, el Maestro la miraba sin ningún ápice de tristeza ni de remordimientos. No podía compadecerse. No lo hacía por nadie. Era su trabajo. Y no tenían cabida los sentimientos. De repente, el Maestro le ofreció una garra para que se incorporara. La chica se asió, con más asco que miedo.
            —Escúchame, Sonia, te tengo que contar un montón de cosas. Cuando antes empecemos, antes podrás volver.
            —¿Me lo jura?
            —No me hagas jurar, que lo tengo prohibido. Pero te lo prometo, si te vale mi palabra.
—¿Tengo otra opción?
            Ambos callaron. Sonia continuaba limpiándose las facciones de trocitos de carne y de cerebro. Mientras tanto, el Maestro empapaba el suelo con una bocanada de baba espesa y maloliente.
            —No te ha importado bailar con la muerte los últimos años —comentó el Maestro.
            —No mucho, la verdad…
            —Tenías ganas de acabar con todo. De volver con tu padre.
            —Sí…
            —Pronto lo verás. Todo depende de ti.
            —¿De verdad? ¿Lo ha visto?
            —Hace mucho tiempo, cuando llegó, como tú: con una bala en la cabeza.
            —Eso ya lo sé…
            —¿Todavía sueñas con eso?
            —Cada noche…
            —A partir de hoy, dejarás de hacerlo.
            —¿Y ha preguntado por mí?
            ¿Tu padre? Cada día. No es necesario que te preocupes, sabía que no tardarías demasiado en venir.
            En ese preciso momento, un racimo plateado se deslizó por mejilla reptiliana del Maestro. Sonia, sorpresa e indecisa a la vez, se le acercó:
            —Perdone, ¿está llorando?
            —Sí, ya lo ves… Aunque pueda parecerte mentira, también tengo arrebatos de emotividad. El vínculo con tu padre siempre me ha trastocado, del todo.
            —¿Por qué?
            —Por mis padres… Demasiado tiempo sin verlos, ¿sabes?
            —¿Usted tiene padres?
            —Como todos, hija…
            —¿Quiénes son?
            —Ellos.
            —¿Ellos?
            —Sí…
            —¿Y cuando los volverá a ver?
            —Nunca. No me dejaron opción. Bueno, de hecho solo hay dos posibilidades, pero…
            —¿Cuáles?
            —La primera que una día de estos cometa un error, me castiguen y me destituyan. Es decir, imposible porque soy perfecto.
            —¿Y la otra?
            —Que quede una plaza vacante. Y es tan y tan difícil que eso suceda…
            Durante breves instantes, ambos lloraron su pena particular mientras el otro se cargaba de empatía.
            —Bueno, ahora tengo que marcharme y tú tienes que ir a reunirte con tu padre.
            —¿Sí?
            —Sí, hoy tengo que terminar un trabajo personalmente. Y no puedo dejarlo para mañana. Ya llego tarde.
            —Oiga…
            —Dime, Sonia.
            —¿Seguro que esto no es el Cielo y que usted no es Dios?

FIN