EL MANUSCRITO SECRETO DEL PADRE CLEMENTE            Octavi Franch
 
Pasmados por el haz de nieve, tan inusual como impío, que revestía los callejones circundantes de la iglesia de Sant Marçal de Relat, los vecinos de la aldea de Avinyó se amontonaban en el dintel de la cámara donde el párroco del pueblo, el anciano padre Clemente, murmuraba su última oración.
            Durante el último trimestre, empero, Paquito, el monaguillo de can Manyarich, había sido testigo del empeoramiento que había llevado al bueno de su maestro y superior a la agonía en la vista de la pronta muerte: se había ido apagando como la llama de una vela por Todos los Santos. Padre espiritual, consejero, amigo. El joven monaguillo consideraba al cura como todo esto y muchas cosas más. Desde que se había quedado huérfano a los doce años, Paquito se refugió en el único lugar donde encontró el calor para enderezar su corta vida y poder vislumbrar un futuro como Dios manda. ¡Estaba tan y tan contento de poder desarrollar la tarea de mano derecha de su dios particular! Pero como está escrito en el Libro Santo, toda vida nace y muere, porque así la reclama el Todopoderoso cuando le llega la hora de partir. Lloraba y lloraba, sin que ninguno de los habitantes del pueblo pudiera hacer nada para aliviarle la pena. Empezaba a sentirse solo; de nuevo, huérfano.
            Cada uno de los miembros de la vecindad entraban y salían de la alcoba donde la muerte estiraba la sombra alargada del alma del cura que había confesado, bautizado y casado a los hombres, mujeres y niños de Avinyó los últimos 49 años. Una vida digna del mejor de los hombres de Dios. Por lo tanto, no fue de extrañar que más de una lágrima rodaba mejilla abajo en aquella larga hilera de gente que se arrodillaba en la cabecera y besaba, por última vez, el anillo de oro que el padre Clemente lucía en su mano izquierda. Mientras tanto, Paquito intentaba asimilar la inminente pérdida de la figura carismática —e imprescindible, según argumentaba el propio alcalde, apenado hasta el tuétano— del eclesiástico. Los ataques de tos eran cada vez más continuos. Regurgitaba sangre y su imagen enfermiza se consumía por segundos.
            —Que Dios se apiade de su alma… —rezaba una campesina que, además de las labores del campo, limpiaba la basura que se acumulaba en la iglesia.
            —Amén… —le contestaron todos los presentes, al unísono.
            El atardecer aterrizó con su manto claroscuro de rojos y naranjas y, de repente, los pocos vecinos que todavía quedaban en el lecho de muerte del padre Clemente se despidieron y le desearon, de todo corazón, paz, serenidad y un último suspiro lo más agradable posible, teniendo en cuenta, por desgracia, su falta vitalidad. Así pues, Paquito y su maestro se habían quedado solos; solo Dios y el Cristo que reinaba en las paredes desnudas y grises de la iglesia acompañaban a los dos hijos de Dios, en aquella hora de la oscura entrante. Tras cerciorarse de que ya no hubiera cerca ningún vecino, el padre Clemente hizo una señal a Paquito para que se le acercara al oído.
            —Ay, Paquito, hijo, tengo que marcharme…
            —¿Tan pronto, Padre? —pudo intervenir el chico, con un sollozo saltador que le impedía hablar con naturalidad.
            —Sí, hijo… Ya es la hora… Pero no llores, querido Paquito… Porque estoy viendo a Dios, te lo juro… Me está esperando en el Cielo, en su iglesia particular…
            —No os esforcéis más, Padre, por el amor de Dios…
            —Lo tengo que hacer, hijo: te tengo que confesar algo… muy importante… antes de irme…
            —¿A mí, Padre?
            —Por favor, tráeme el Libro Sagrado…
            —¿Cuál? ¿El de los domingos?
            —No, el otro…
            —¿Aquel que siempre me habéis dicho que ni lo mirara de lejos?
            —Sí… Y date prisa… —le suplicó el cura con un penúltimo esputo de sangre.
            Paquito corrió escaleras arriba y bajó los escalones de cuatro en cuatro: había tardado, exactamente, veinte segundos.
            —Aquí tenéis, Padre…
            —Siéntate, hijo, cerca de mí…
            Hojeó varias páginas de la Biblia hasta que encontró lo que buscaba: un pergamino manuscrito fechado, en Rocamaura, en el Languedoc, el nueve de septiembre de 1314. Y lo firmaba un tal Bertrand de Got, más conocido como el papa Clemente V.
            —No veo, hijo… Hazme el favor de leerlo por mí…
            —Como mandéis, Padre… Perdonad, Padre, pero está en latín…
            —¿No te lo he enseñado?
            —Me temo que no, Padre…
            —Ve leyendo, yo iré traduciendo…
            —De acuerdo…
            El texto del manuscrito decía lo siguiente:
            Yo, Clemente V, santo pontífice de la iglesia católica con sede en la ciudad occitana de Avinyó, con mano temblorosa pero mente pura y clara, ruego por mi alma, viendo como Dios me ha dirigido la muerte para el viaje eterno. Antes de que abandone el mundo de los vivos, empero, quiero constatar, por los siglos de los siglos, que, como juraban mis antepasados, suplico al Todopoderoso para que los próximos descendientes de mi linaje se conviertan, al menos uno de cada generación, en hijo de Dios en la más extensa expresión. Yo, con mi función santa, he tocado casi el techo, pero todavía alguno de estos descendientes pueda superar mi proeza.
            Que Dios os acompañe en su santa empresa…
            Y lo firmaba Clemente V, papa de Avinyó. Tieso hasta el vello de la nuca, Paquito se puso de rodillas y besó la mano santa del padre Clemente.
            —¿Quién lo habría sospechado, Padre: tataranieto del papa Clemente V…
            —Ya lo ves, hijo… Lástima que no haya podido cumplir su último deseo…
            —No digáis eso, maestro. Vos lo sois todo, absolutamente todo en este pueblo. ¿Qué sería de nuestras almas sin vuestras bendiciones, vuestros sabios consejos, vuestras misas del domingo…?
            —No… es lo mismo… Y tú lo sabes, hijo…
            —Es… diferente…
            —Gracias, Paquito, gracias por todo…
            —No os vayáis todavía, ¡por favor! —gritó, alarmadísimo, Paquito comprobando que el corazón del padre Clemente ya no latía—. ¿Padre? ¿Padre Clemente…? —insistió el tristón monaguillo.
            —… Paquito…
            —Decidme, Padre, ordenadme lo que deseéis, ¡por favor!
            —¿Me concedes un último deseo?
            —¿Cómo hizo vuestro antepasado?
            —Eso ya no es posible: soy hijo único…
            —¿Qué desgracia para vos!
            —Mañana, cuando te levantes, cuelga una sábana blanca en el campanario… ¿Harás esto por mí, Paquito, hijo?
            —Por supuesto, Padre, contad con ello…
            Paquito, todavía de rodillas y con la mirada completamente empañada, se secó el llanto que aún le colgaba y cubrió el rostro del cura con la colcha. Al día siguiente, a primerísima hora, al amanecer, llevaría a cabo el deseo del padre Clemente, tal y como le había mandado.
 
Años más tarde, Clemente XVI, es decir Francisco Truy de los Truy de Vic, anunció en su despacho del Vaticano a su ejército de arzobispos el nombramiento de un nuevo santo: San Clemente de Avinyó.
 
FIN