EL NIÑO QUE NO CREÍA EN LOS REYES MAGOS Octavi Franch y Almondróguez
 
Esto era un niño que tenía cinco años y pico y que se llamaba Aleix. Año tras año los Reyes Magos de Oriente le habían traído, siempre, los juguetes que había pedido cuando les enviaba la carta por el buzón real. En su casa, un pisito en medio del Ensanche de Barcelona, ya no le cabían los juguetes. Tenía de todo: un Scalextric que llegaba hasta el comedor de largo que era, todos los Playmobil del mundo —menos los que llevan armas, porque no le gustaba la violencia— y una colección de más de cien muñecos de peluche. Aunque parezca mentira, no le gustaban los videojuegos de marcianos ni los cómics de Bola de Dragón: decía que le daba miedo que se mataran todo el día; ¡como si no hubiera cosas más bonitas que hacer que dispararse o estrangularse los unos a los otros!, se quejaba el niño, con toda la razón.
         Sus padres, Javier e Isabel, estaban muy orgullosos de que su hijo rechazara todo tipo de violencia. Incluso, su padre, los días que llegaba pronto a casa después de trabajar en una oficina durante todo el día, se ponía a jugar con él con los Playmobile inventaban, juntos, historias que pasaban en la granja, o bien en una ciudad imaginaria, o bien en el desierto con un oasis con camellos y todo que montaban en un rincón del comedor. En cuanto a su madre, Isabel, también jugaba con su hijo siempre que tenía un momento. Últimamente no tenía muchos, porque estaba embarazada y llevaba una niña, que se llamaría Mariona, dentro de su redonda barriga. Aleix estaba contentísimo de tener una hermanita; tenía muchas ganas de que saliera de la panza de su madre para contarle, sobre todo, lo que es la Noche de Reyes, lo que representaba para él y para el resto de niños del mundo.
         Un buen día, no obstante, en el patio del colegio al que iba Aleix, un niño que siempre se metía con los otros, que les contaba una mentira detrás de otra y que, a veces, les quitaba el desayuno, le dijo mientras perseguían una pelota en el medio del campo de fútbol de la escuela:
         —Escucha, tú, Aleix, ¿ya sabes quiénes son los Reyes?
         —¿Qué quieres decir? —preguntó, sorprendido, el niño.
         —¿Que si ya te han dicho quiénes son, en realidad, los Reyes? —insistió el otro niño, que se llamaba Nando.
         —No te entiendo: los Reyes son tres y siempre se han llamado de la misma manera: Melchor, Gaspar y Baltasar.
         Nando empezó a reírse del pobre Aleix, que no entendía nada de nada. A continuación, el niño le gritó:
         —¡Los Reyes no existen, son los padres!
         —¡Eso es mentira, Nando! ¿Por qué dices mentiras, no sabes que a los niños que dicen mentiras los Reyes nunca les traen nada?
         —Si no me crees —insistió Nando—, cuando llegues a tu casa se lo preguntas a tus padres; ya verás lo que te dicen, ya…
         Aleix se aguantó las lágrimas durante el resto de la mañana. Pero cuando su madre le fue a buscar a la puerta del colegio, se le lanzó al cuello y empezó a llorar sin consuelo, ¡pobrecillo!
         —Hijo mío, ¿qué te pasa, por qué lloras? —le preguntó, de repente, Isabel, que no entendía por qué su hijo lloraba tanto.
         —Un niño me ha dicho, en el patio, que los Reyes no existen, que sois los padres…
         —Eso es mentira y tú lo sabes; todos los niños saben que los Reyes son tres, que se llaman Melchor, Gaspar y Baltasar, y que vienen de muy lejos, de Oriente, del desierto.
         —¿Y si los que mentís sois vosotros, eh?
         Frente a aquella pregunta, la madre de Aleix decidió llevar al niño para casa; su padre, Javier, seguro que lo convencería y sabría explicarle la verdad.
         Dicho y hecho, Aleix y su madre llegaron a casa. Javier aún no había llegado. La empresa donde trabajaba se dedicaba a fabricar figuritas para el belén y aquellos días, solo faltaba una semana para que llegaran los Reyes Magos, tenía más trabajo que de costumbre y siempre llegaba un poco más tarde, a la hora de las noticias.
         Después de bañarse, hacer los deberes y cenar, Aleix se fue a su habitación. Isabel entró, como cada noche, a darle un beso de buenas noches. Ella, por culpa de su gran barriga, ya no podía agacharse, así que el niño le dio el beso cogido a su cuello. Todavía llorando, le dijo:
         —¿Quiénes son los Reyes, mamá?
         —Ya te lo he dicho —intentaba explicarle Isabel—: son los de siempre, los mismos que nos traían los regalos, a tu padre y a mí, cuando teníamos tu edad. Cómo quieres que yo te mienta… ¿No sabes que te quiero más que a nada en el mundo?
         —Sí…
         —Vamos, cuando venga tu padre te lo volverá a explicar, seguro que le entiendes; entre chicos, ya se sabe…
         Aleix, después de dar un beso a la barriga de su madre justo en el lado donde dormía su hermanita, se metió en la cama esperando que su madre apagara la luz y se fuese. Cuando Isabel dejó la habitación, el niño encendió la lámpara de la mesilla de noche y cogió la carta de los Reyes que tenía medio escrita bajo la almohada. Tan solo faltaban siete días para que vinieran y todavía no sabía la verdad: ¿Quiénes eran los Reyes? Empezó a llorar otra vez y, enfadado como una mona, rompió la carta en pedacitos muy pequeños. Finalmente, se durmió con dos grandes lágrimas que le resbalaban mejillas abajo.
         Al cabo de una hora su padre, Javier, entró en silencio para comprobar si su hijo todavía estaba despierto y desearle buenas noches. Después de ver cómo Aleix ya se había dormido, recogió los trozos de papel de la carta a los Reyes, sonrió y se los guardó en el bolsillo de los pantalones.
 
         El día 5 de enero, la víspera de Reyes, Aleix no quiso salir a la calle para saludar a los Reyes Magos, como el resto de niños, y coger tantos caramelos sin azúcar como pudieran. Sus padres intentaron hacerle cambiar de opinión, pero no hubo manera. Así que se quedaron los tres en casa y vieron dos películas de Walt Disney que habían alquilado en el videoclub.
         Aleix no pudo dormir bien en toda la noche. Se arrepentía de no haber enviado la carta a los Reyes. Se preguntaba todo el rato: ¿Y si los Reyes existen, como han existido toda la vida, y Nando me dijo una mentira, porque siempre dice mentiras y por eso no le traen nada, solo carbón?
         Se despertó inquieto, sudado y con mucha sed. Además le parecía haber escuchado un ruido en el comedor. Se levantó, se puso las zapatillas y la bata, y salió sin hacer ruido —no fuera caso de que despertara a sus padres— para ir a la cocina a beber un vaso de agua.
         Justo cuando abría la puerta del comedor, gritó. No se lo podía creer: los reyes Melchor y Gaspar estaban delante de él dejando un montón de paquetes sobre la mesa del comedor. Casi todos llevaban su nombre y algunos el de su padre o bien el de su madre. Eran ellos, de verdad, de carne y hueso y los acababa de descubrir en el comedor de su casa.
         Huy, cuando lo explicara a Nando, ¡le caería la cara de vergüenza por ir contando mentiras a todos los niños! Aleix no pudo aguantar la tentación y se acercó a los dos Reyes.
         —Perdonad, ¿no ha venido Baltasar?
         Melchor, el más anciano, con el cabello y la barba blanca, y con una barriga más propia de Papá Noel, le dijo sonriendo:
         —Hola, Aleix. Pues no, ha ido a casa del vecino porque ha pedido una consola y está probando que funcione bien; bajará enseguida…
         Aleix se sentía el niño más feliz del mundo: había tenido la suerte de ver, con sus ojos, dos de los tres Reyes Magos, los auténticos, los únicos, los genuinos. Gaspar, por su parte, también le saludó; curiosamente, tenía los ojos del mismo color que su padre.
         —Buenas noches, Aleix. ¿No les dirás, a tus padres, verdad, que nos has visto?
         —No, os lo prometo.
         —Deberías ir a dormir, sino cogerás frío —le recomendó el rey Melchor, que se aguantaba la barriga como podía.
         —Ahora mismo voy. ¿Me haríais un favor? —pidió Aleix antes de volver a su cama—. ¿Le daréis un beso muy grande al rey Baltasar cuando le veáis?
         —Pues claro, de tu parte —le contestaron los dos Reyes, a la vez.
         Después de abrazarse y repartirse besos, los dos Reyes se fueron a casa de la vecina y Aleix, que ya volvía a creer en ellos, se metió de nuevo en su cama. Debía dormirse corriendo: al día siguiente le esperaban un montón de juguetes.
         Cuando se despertó, corrió hacia la habitación de sus padres y les estiró fuera de la cama; tenía prisa por abrir los regalos y jugar con todo antes de desayunar. Su padre, con cara de haber dormido poco, le dijo:
         —¿Pero qué juguetes quieres que te hayan traído, si rompiste la carta?
         Aleix no esperaba aquella pregunta; ya no se acordaba. Era verdad, la había roto y no había hecho ninguna nueva. ¿Cómo podía ser, entonces, que los Reyes supieran qué juguetes quería? Su madre le sacó de dudas:
         —No te preocupes, hijo. Tu padre y yo enganchamos todos los trocitos de papel de la carta y la enviamos por ti. ¿Qué te parece?
         Aquel fue el día de Reyes más feliz de Aleix. Nunca más dudó de si los Reyes Magos existían de verdad o eran los padres. Él estaba del todo seguro quiénes eran.
         ¿Tú también, verdad?
 
FIN