
A todos los pericos del mundo.
A los almogávares.
La madrugada del día de Navidad despertó bajo una espesa capa de escarcha, tan dura y brillante que parecía vidrio y no agua helada. Esto, sin embargo, no fue ningún problema para que los hermanos Garcés, Arnaldo y Xenia, decidieran pasar el día en la ciudad deportiva de su querido equipo de fútbol. Así pues, antes de que sonara el despertador de sus padres, pericos y socios desde que el mundo les había visto nacer, los gemelos cerraron la puerta de su casa, un ático en el barrio de Sant Andreu de Palomar, y acompañados de su fiel amigo de cuatro patas, Dragón, un precioso West Highland White Terrier de cinco años, travieso como Wu Lei y presumido como Diego López, bajaron con el ascensor hasta la calle. Dicho y hecho, los tres empezaron aquella aventura navideña de madrugada.
Como de Sant Andreu hasta Sant Adrià hay un camino bastante largo, Arnaldo, Xenia y Dragón decidieron que tomarían un taxi hasta la ciudad deportiva del Espanyol, el club de sus corazones, incluido el mismo Dragón, que era un mamífero irracional pero con un gusto exquisito para los asuntos futbolísticos. Incluso, sus dos amos, Xenia y Arnaldo, le habían enseñado a ladrar el nuevo himno en catalán, letra del inolvidable Palo, el abuelo Juan como le llamaban cariñosamente los dos niños blanquiazules. Caminaron un par de cientos de metros, bien abrigados con bufandas y sombreros de lana —con el escudo del Espanyol, claro— hasta que Dragón ladró un taxi para que se detuviera. Un segundo más tarde, los tres entraron en el coche amarillo y negro con la luz verde encendida.
—Buenos días, señor. ¿Sería tan amable de llevarnos a Sant Adrià? —preguntó Arnaldo al taxista, un chico de treinta y pocos, muy moreno de piel, de pelo rizado y con la barbilla muy bien recortada.
—¿A la Ciudad Deportiva? —quiso aclarar el tempranero taxista.
—Eso mismo —le confirmó Xenia.
—¡Guau! —estuvo totalmente de acuerdo, Dragón.
—Muy bien… ¡Pues vamos!
Al cabo de un par de minutos y aprovechando un semáforo en rojo, Arnaldo se dio cuenta de algo que hasta entonces no había visto. Ni su hermana ni su perro se habían dado cuenta de ello, tampoco. Colgado del retrovisor de dentro del taxi, había un banderín del Espanyol. ¡Qué alegría, de buena mañana!
—Disculpe, señor: ¿que es del Espanyol? —preguntó, curioso por naturaleza, Arnaldo, ante la mirada interrogativa de Xenia y la cola nerviosa de Dragón.
—¡Por supuesto, chaval! ¡Desde el mismo día que mi santa madre me dio a luz!
—¡Como nosotros! —lo celebró, Xenia.
—¡Guau, guau! —venga a ladrar de alegría, Dragón.
—¿Vosotros también sois del Espanyol? —se interesó, el taxista, sin dejar de mirar la carretera en ningún momento.
—Sí, señor: como nuestros padres —le informó, Xenia, orgullosa de pertenecer a una familia perica.
—¡Qué casualidad!, ¿verdad?
—Verdad.
—Guau.
Tras un instante de silencio compartido, el taxista abrió de nuevo la boca.
—¿Sabéis una cosa? No os pienso cobrar el viaje.
—¿Ah, no?
—No, y además os invito a desayunar. ¿Qué decís?
—¡Viva!
—Ah, y por cierto, me llamo Normando.
—Un placer, Normando.
—Guau.
Cuando llegaron a la ciudad deportiva blanquiazul, comenzó a nevar mucho. Aunque ni siquiera era de día. Hacía un frío que pelaba y el sol no se veía por ninguna parte. Sin embargo, los cuatro eran felices. Habían decidido pasar la Navidad juntos. Pensaban respirar Espanyol por todos lados.
Lógicamente, a esas horas tan frías del día no había nadie rondando por los alrededores de la Ciudad Deportiva. De repente, no obstante, vieron luz en la cafetería y corrieron para calentarse lo antes posible. Como de costumbre, la carrera la ganó Dragón. Solo cruzar la puerta de la calle, Arnaldo se dio cuenta de que algo raro pasaba. Su hermana también lo notó enseguida; por algo eran hermanos gemelos. Por su parte, Dragón no paraba de ladrar. En cambio, Normando se había quedado totalmente pálido y temblaba todo él. Una voz gruesa, sin embargo, les invitó a entrar:
—Amados pericos del siglo XXI, bienvenidos a nuestra fiesta…
El hombre que les hablaba era un caballero armado con una espada inmensa y llevaba un escudo adornado con unas franjas blancas y azules. A continuación, se presentó:
—Supongo que me conocéis, ¿verdad?
—Pues ahora mismo…
—Ya veo que la historia no es tu asignatura preferida…: soy el almirante Roger de Flor, para serviros.
No podía ser. Roger de Flor. ¿El de la calle del Ensanche?
—¿Ah, sí? No lo sabía, que hubieran puesto mi nombre a una calle… Qué curioso, ¿verdad?
—Pero escúcheme —se atrevió a conversar Arnaldo, con Dragón retorcido bajo sus piernas y con su hermana escondida detrás—, ¿nos está diciendo que usted es el auténtico Roger de Flor, el de los Almogávares?
—¿Qué es un grupo musical, eso? —preguntó el bueno de Normando, quien siempre había ido un poco pez con la asignatura de Ciencias Sociales.
—¿Pero cómo es posible que no conozca, apreciado soldado, a los Almogávares? ¡¡Por la gloria bendita de en Wilfredo el Velloso, el Conde de Urgell y el almirante Colom!!
—Yo te cuento, Normando —puso paz de por en medio, Arnau—: los Almogávares eran los soldados catalanes que, a comienzos del siglo XIV, conquistaron todo el Mediterráneo. Y, curiosamente, los colores de su estandarte de batalla eran el blanco y el azul. Lo he dicho bien, ¿señor Roger de Flor?
—Perfectamente, muchacho. Pero tú ya debes saber que no es ninguna casualidad, ¿verdad?
—¿El qué?
—Nuestros colores y los vuestros, claro —intentó aclarar el misterioso aparecido.
—¿Qué quiere decir, señor? —sacó la cabeza Xenia, quien intentaba calmar el pobre Dragón, poco acostumbrado a aquellos encuentros con los personajes más célebres de la enciclopedia.
—Que los jugadores del Espanyol son los nuevos almogávares. La verdad es que siempre lo han sido —explicó el increíble caballero blanquiazul, todo seriedad.
Alucinado y helado a partes iguales, Normando se acercó a la barra del bar y se preparó un chocolate ardiendo.
—¿Queréis algo, chicos?
—Sí, será mejor que nos sentemos alrededor de una mesa y os acabe de explicar toda la historia que si no, no la entenderéis del todo…
Y ya tenemos al extraño caballero que aseguraba ser Roger de Flor en persona, los dos niños, el perro y el taxista sentados en una mesa, cada uno con una taza humeante delante de ellos.
—Mirad, hijos: cuando nosotros perdimos la última guerra en las costas de Grecia, tardamos muchos y muchos siglos en encontrar una nueva manera de combatir, esta vez sin armas, evidentemente. En vez de espadas decidimos que utilizaríamos los pies y la cabeza, y que nuestro enemigo siempre sería el ejército de la villa de al lado, unos bárbaros que no hay ni Dios que los entienda. ¿Habéis comprendido algo de lo que acabo de decir?
Los cuatro se miraron. Normando dijo la suya.
—Es decir: que los almogávares y los jugadores del Espanyol, sean de la época que sean, son la misma cosa. Quiere decir eso, ¿almirante?
—Exactamente, noble soldado. Lo habéis entendido a la primera. Así da gusto venir a visitar a los Almogávares del futuro. Mi más sincera enhorabuena, de todo corazón.
—Entonces —prosiguió Xènia—, ¿Borja Iglesias, Sergi Darder y Roberto son, de alguna manera, almogávares?
—Huy, este último, lo que vosotros llamáis portero, sobre todo: este es el más almogávar de todos. Os lo juro…
—Yo tengo una curiosidad, señor De Flor —comentó, Arnaldo, con ganas de saber más de todo.
—Dime, hijo, dime…
—¿Qué vio la final de Copa?
—¿La de la capital de Castilla? La de Madrid, quiero decir… Claro, en primera fila en el anfiteatro Barcino. A mi lado tenía a Ricard Zamora, Mauri padre, Lara hijo, el bueno, y el capitán Jarque. Disfrutamos de ella tanto… ¡No te lo puedes ni imaginar!
—¿Pero se puede saber dónde está ese anfiteatro que dice usted? Porque a mí no me suena de nada, y mira que conozco todos los locales de nuestra ciudad… —apuntó Normando, que siempre tenía la guía de Barcelona en la cabeza.
—En el Cielo, claro.
—Me lo temía… —se resignó Arnaldo.
—Guau…
—¿Con los ángeles? —quiso aclarar, Xenia, quien no acababa de verlo claro.
—¿Que tienes alguna duda de que el Cielo es blanquiazul? —preguntó, Roger de Flor, sonriendo.
—Hombre…
—Hijos míos, os juro que el Cielo es tan blanquiazul como verde es el bosque y marrones las montañas. Además, no es la primera Navidad que visito uno de los lugares más emblemáticos del Espanyol…
—¿Ah, no?
—No, lo cierto es que cada año bajo a la Tierra y cumplo el ritual. Antes iba al estadio de la carretera de Sarrià, pero como lo derribaron y no me hace ninguna gracia subir hasta la Montaña Mágica ni ir al nuevo estadio al lado de los dinosaurios voladores, pues esta Navidad me ha tocado venir hasta aquí, a la nueva y espectacular Ciudad Deportiva del Reial Club Deportiu Espanyol de Barcelona. Un sueño hecho realidad, para todos los pericos. ¿Está de acuerdo?
—Sí, todo un éxito —acordaron, los cuatro, a la vez—. ¿Y cuándo tiene que irse, si se puede saber?
—Pronto, por desgracia. El brebaje tan solo hace efecto durante 24 horas. Y ya llevo más de la mitad. ¡Qué le vamos a hacer!
—¿Y cómo es que siempre baja en Navidad? —le interrogó, Xenia, quien ya no le tenía ni un poco de miedo.
—Porque es el regalo que siempre pido, conjuntamente, a los Reyes Magos de Oriente y a Papá Noel, quienes, por cierto, también tienen el carné de simpatizante de nuestro querido equipo, el Reial Club Deportiu Espanyol de Barcelona.
De repente, un ensordecedor trueno estalló contra el suelo y una lluvia de rayos sacudió todo Sant Adrià. Se fue la luz, incluso. Cuando volvió la corriente eléctrica, el enigmático caballero había desaparecido. Ni rastro del escudo con los colores blanquiazules. Decidieron, por unanimidad, dar por terminada la aventura en la Ciudad Deportiva del Espanyol, el equipo de sus amores. Ya habían tenido suficiente emociones.
De vuelta al hogar, Normando, a las manos del volante del taxi, les propuso volverse a ver el próximo día que hubiera partido. Encantados, los dos niños aprobaron la iniciativa de aquel hombre tan simpático que les había acompañado en aquella flipante experiencia. Antes de que bajaran del taxi, sin embargo, el taxista les recomendó que no contaran ese secreto a nadie: la mayoría de la gente no lo entendería y era mejor que solo lo compartieran con los que también defendían los colores más bonitos del planeta. ¿Porque alguien se ha preguntado por qué el cielo y el mar son blanquiazules?
FIN