EL TRANVÍA HA VUELTO      Octavi Franch
 
En el andén de la estación, un hombre de cabellos grises está sentado en una mecedora de mimbre. Esta mañana no se ha afeitado y, además, lleva la cabeza revolucionada. Vestido con un pijama rayado, un batín a cuadros y unas zapatillas forradas con piel de cordero, espera a que llegue su tren. Sobre la falda, tiene un una inmensa caja de Ibertren. Dentro hay un circuito de vías que representa, a la perfección, el primer trayecto del Tramvia Blau en 1902. Él, una eternidad a esta parte, fue partícipe de la inauguración de aquel tren mítico. Ahora, mientras, espera la llegada de su tren, Fabián Saladrigues empieza a recordar, por última vez, aquel viaje maldito.
 
Aquel día de su infancia, paseaba con su madre. Él era muy pequeño, un par de añitos como mucho. No tenía padre. Mejor dicho, sí que tenía, pero no la había conocido: había huido en un santiamén al enterarse del nacimiento de aquella criatura no deseada. Al cabo de los años, cuando era ya un adolescente, removiendo los recuerdos de su querida madre, descubrió el pasado turbio de su padre. Descubrió que hizo el servicio militar en la capital y que desapareció un domingo de permiso, mientras su novia la despedía en la estación, con lágrimas en los ojos, la barriga abombada y un mal presentimiento: el último beso le había dejado un regusto a adiós definitivo. Más allá de las colinas, su soldado se alejaba; ella sabía que no volvería a verlo nunca más. Los padres de la chica la acogieron hasta que dio a luz a un niño que copió, como un estigma de agorera, la mirada perdida de su progenitor. Cuando el niño nació, su madre envió una fotografía de ambos al fugitivo, pero nunca recibió noticia alguna.
            A partir de ese momento, su madre se arrastró con más pena que gloria para sobrevivir o criar a un hijo que no tenía culpa de haber venido al mundo en aquella situación. Una vez recuperada del esfuerzo del parto y del susto de la huida del padre del niño, comenzó a trabajar de criada en casa de una familia de nuevos burgueses del Ensanche. Allí, gracias a faenar en la cocina y a retirar la basura de todos los rincones durante doce horas al día, consiguió arrinconar la añoranza por su militar, con una terapia intensiva de olvido.
            Su hijo sopló dos velas elevadas sobre un pastel de nata, mantequilla y azúcar quemado. Repitió el deseo que había formulado el día de su primer cumpleaños: un marido para su madre y un padre para él.
            Por su parte, el heredero de la estirpe que habitaba el palacete donde ella trabajaba había crecido en un abrir y cerrar de almanaque. Se había convertido en un joven ambicioso y degenerado, reflejado en las acciones de su progenitor. Una tarde que los señores de la casa se habían ido al Liceo a disfrutar de una nueva versión de Carmina Burana, el primogénito aprovechó la ocasión, protegido por la soledad y el poder humillante del patrón, y desgarró las vestiduras de la camarera. Tras violarla con reiteración, la obligó a silenciar el incidente con la amenaza de tergiversar los hechos, con el consiguiente abandono del puesto de trabajo y la vergüenza divulgada en todas las villas de la Ciudad Condal.
            Al cabo de un par de meses de la violación, una serie de mareos acompañados de un lote de vómitos fueron el detonante para que la chica se adentrara en una crisis tan definitiva como irremediable. No podía consentir, de ninguna manera, llevar al mundo a otro hijo bastardo; otro, no.
            A través del periódico, se informó de la inauguración del primer trayecto del Tramvia Blau. Se adornó con su mejor traje de primavera-verano, una pamela y un parasol a juego. En la taquilla de la estación compró un billete, solo de ida, y cogió a su hijo en brazos. Se dio cuenta, a medio camino, que en la siguiente curva el tren que circulaba en sentido contrario se encontraría, en paralelo, con el suyo. No se lo pensó dos veces. Cuando ambos maquinistas, satisfechos, se saludaron haciendo sonar el silbato con la ilusión del primer día, se lanzó a la vía; su cuerpo —tan joven, tan lleno de vida, con un bebé en la entraña— quedó reducido a pedazos de carne sanguinolenta. Boquiabierto, Fabián se envenenaba de la magnitud de aquel horror.
 
Durante el resto de su vida, no pudo superar el trauma donde que había quedado atrapado: la imagen de su madre lanzándose a la vía. Recordaba, con cruel claridad, cómo lo abandonó con un beso en la mejilla y una frase que le corroyó la cordura, paulatinamente, hasta sepultarlo en aquella locura senil en la cual estaba inmerso: Lo siento, hijo. Perdóname, cuando seas mayor lo entenderás. Te quiero…
            Con el primer sueldo compró el primer tren eléctrico. LO fue ensanchando hasta que se convirtió en el mayor coleccionista de trenes a escala del país. Casi un siglo tardó en adquirir la pieza que le faltaba para completar su maqueta particular: el viaje inaugural del Tramvia Blau. La espera, sin embargo, había merecido con creces la pena. Nunca más subió, en vida, a un tren de verdad.
 
FIN