EMPAPADO Y ENCERRADO      Octavi Franch

Nemesio era el heredero de Industrias Químicas Tristán. Todo estaba listo para celebrar el primer siglo de vida de la empresa, líder en el sector y cimentada en los últimos cien años por la perseverancia, el ahorro y la mano férrea mostrada con los asalariados. Tanto su padre, Nemesio II, como su abuelo, Nemesio I, habían enseñado las garras e, incluso, habían arañado a más de un moscón del sindicato o del comité de empresa. Tal y como les convenía, ya fuese por vía sanguínea como por rama genealógica, Nemesio III continuaba con la misma política de precariedad y cinturones estrangulados.

Una tarde, saliendo del despacho de la factoría, Nemesio Tristán, el Heredero, recapitulaba sobre las últimas órdenes, firmas y aprobaciones que debía llevar a cabo. Demasiadas responsabilidades, demasiadas prisas, demasiado estrés. Y él apenas acababa de cumplir los treinta. Tan solo era un pipiolo, recién licenciado por Esade, un bohemio apestado por arrebatos de transfuguismo empresarial, un chupatintas avispado y enchufado en el cargo de Director General por obra y gracia de sus antepasados. Ambos, tanto el padre como el abuelo, todavía remoloneaban, disecados incluido escritorio, en el museo de Químicas Tristán.

            Mientras pulsaba el botón de su ascensor particular, pensaba en los 61 despidos que había tenido que firmar, las 27 jubilaciones anticipadas e indecorosas que tuvo que autorizar, y las 14 negaciones de prórrogas de trabajadores temporales. Y todavía no había tomado ninguna resolución sobre el candente tema de las ETTs; mañana, se juró, mañana me lo miraré…

            Una vez situado en el aparato elevador, seleccionó el código correspondiente a la planta más baja, el tercer sótano, el parking del Consejo de Dirección. La agenda del día siguiente estaba bastante apretada: a las 9, reunión con los delegados comerciales; a las 12, balance contable del segundo trimestre con los auditores foráneos; a las 14, almuerzo con el proveedor de materias primas; y a las 17, cita con su cuarta secretaria en el Hotel Mandarín, habitación 236.

A dos metros de distancia, accionó el mando para que se desactivara la alarma de su nuevo coche, el último BMW deportivo —descapotable, 24 válvulas y tracción total— que había salido al mercado. Se lo acababa de comprar en el Salón del Automóvil. Nada, 180.000 € que ya compensará, debidamente, su analítico en contabilidad interna. Todavía olía a nuevo, a piel blanda, a brillo metalizado. Se fue hacia la sauna. Necesitaba cinco minutos de relax, sin obligaciones mercantiles, sin ningún acreedor que le acuciara con no sé cuántas letras no abonadas en el plazo. Abrir un paréntesis en su ajetreada vida de empresario modelo.

Siempre iba el viernes. Terminaba temprano, a las doce pasadas, y, antes de comer, se zambullía y emergía al cabo de un par de horas, tiempo más que suficiente para resucitar a un ejecutivo de su nivel. Era el único lugar donde podía desprenderse de las preocupaciones que se aferraban como sanguijuelas tercermundistas.

—Buenas noches, señor Tristán. Estábamos a punto de cerrar, pero para usted…

—Gracias, Gema. Será solo un momentito…

—Lo que sea necesario, no se preocupe. ¿La compañía de siempre?

—No. Esta noche no.

Mientras se abrochaba el albornoz con el logotipo del local, Nemesio comenzó a sudar como nunca. Normalmente le costaba bastante entrar en calor, abrir los poros y empaparse con el hervor de la caldera. Pero esa noche se había dejado fluir y ya goteaba, rodillas abajo, una balsa de nervios y quebraderos de cabeza aguados. Bueno, hoy saldré nuevo de verdad, se auguraba entrando en la habitación número 0, la de los clientes más selectos; como él. Alguna música en particular, le había preguntado segundos antes la relaciones públicas del establecimiento; sí, Travelling in the hell, de Argent Shadows. Siempre se había decantado por el pop sinfónico de los 80 y aquellos irlandeses de corazón británico eran sus preferidos.

La puerta chirrió, el vaho lo cubrió desde el flequillo hasta los tobillos y, entonces, se dejó caer sobre el banco de madera. Casi sin interés, observó como la aguja del termómetro se disparaba más allá de los 50 grados. Debería salir un minuto, una ducha helada y de nuevo adentro. Pero el pomo no cedía. Se había quedado trabado. Lo volvió a intentar. Nada. Los primeros acordes de la segunda canción del CD sonaban por el altavoz de la cámara de madera y humo. ¿Hola? Nadie le contestó. La música estaba demasiado alta. No le oiría nadie. Otra ojeada: 60 y subiendo. A tientas, con los ojos rellenos de sudor, resbaló y se rompió una muñeca, una rótula y tres dedos de la mano derecha. Gritó, de dolor, de pánico, de calor. El estribillo del cuarto tema del disco le recordó que había dado órdenes de no ser interrumpido en su sesión de relajación nocturna hasta que no se llegara al final del vinilo. No lo aguantará. Se ahogará antes de la sexta. De rodillas, se acercó hasta la báscula y se pesó: 78 kilos; había perdido doce en menos de diez minutos. El termómetro volvió a acelerarse: camino de los 80. Moriría al baño maría, qué poco burgués, deducía a la vez que comprobaba cómo todo el pelo se le había caído de un puñado y las uñas se le ablandaban e iban a parar al suelo, una tras otra. No veía demasiado: notaba como una gelatina compacta se le deslizaba por las mejillas; intuía que eran sus ojos a medio deshacer. Tragó, con arcadas, los empastes que se le diluían por la garganta. La lengua era un chicle que ni se estiraba ni se encogía. Una rendija, sin embargo, se vislumbraba entre la bocanada de fuego que crepitaba a su alrededor.

Una figura nebulosa comenzó a solidificarse en una figura humanoide.

—Bienvenido, Nemesio.

—¿Quién eres? ¿Ya me he muerto?

—No, todavía no. Pero no tardarás mucho, te lo aseguro.

—No te veo la cara…

—Mejor que no la veas, no te gustaría nada.

—¿Qué quieres de mí?

—Tu cuerpo, evidentemente.

—No te entiendo…

—Siempre he querido saber qué se siente cuando uno es poderoso, cuando uno puede disfrutar de todo el dinero del mundo y puede tratar a las personas que tiene bajo su cargo como títeres de feria.

—Pero… yo no soy así…

—No, tú eres peor, Nemesio. Peor que tu padre y tu abuelo juntos.

—Entonces, estoy en…

—Sí, Nemesio, lo has acertado. El rojo siempre ha sido nuestro color, no sé por qué te sorprendes tanto…

—Hombre… No me lo imaginaba tan…

—¿Tan qué?

—¿Cuánto quieres por dejarme escapar?

—Nada, Nemesio. A mí, no me puedes comprar. Los del Nuevo Sindicato somos incorruptibles. ¡Que te quede muy claro, pedazo de burgués escaldado!

FIN