ESPEJISMO EN MEDIO UN OCÉANO DE ARENA      Octavi Franch
 
Llegaron las vacaciones de verano. Inocencio decidió hacer un largo viaje, a un lugar exótico, a la otra punta del mundo. De esa manera podría enviar una postal a su mejor amigo, Curro, que siempre estaba viajando a los lugares más salvajes y atractivos del planeta.
Junto a su oficina había una agencia de viajes. Una tarde, después de salir del trabajo, se acercó a ella. Miró durante un rato los trípticos y los carteles del escaparate. Se agobió. No sabía hacia dónde ir. Mar o montaña; calor o frío; América o Asia; en avión o en barco. No lo tenía nada claro. Por lo tanto, lo pospuso para otro día.
Al día siguiente fue al videoclub, como cada noche, y alquiló la película de moda, la que había arrasado en los Óscars: El paciente inglés. A los cinco minutos de metraje ya lo había decidido: iría al desierto. Le hechizaron las dunas, las travesías en camello y, sobre todo, el embrujo de la fantasía que rodeaba los espejismos. Él creía que eran una farsa pero, de alguna manera, le atraían.
Al día siguiente entró, por fin, a la agencia de viajes. Escogió Egipto. Quince días de baños de sol y duchas de arena. Era feliz. Se contempló un instante en una de las lunas del escaparate; a continuación llegó a la conclusión de que, incluso, tenía un aire a Ralph Fiennes. Le enseñaron un catálogo con los mejores y más lujosos hoteles. No lo quiso ver. Dijo que no le importaba lo más mínimo. No estaría mucho en el hotel. Solo quería pasear por el desierto día, tarde y noche. Antes de irse de la agencia, le advirtieron:
—Vaya con cuidado. Si se pierde en el desierto, puede sufrir alucinaciones, espejismos.
Inocencio era incrédulo por naturaleza y, por lo tanto, no creía en fantasmas ni en apariciones causadas por la insolación.
 
Por fin llegó el día. La noche anterior había hecho la maleta. No faltó en ella ni la brújula ni la cantimplora, por si acaso. También cogió un frasco de cristal con el fin de llenarlo de arena.
El avión aterrizó a la hora prevista. Firmó el libro del hotel y subió corriendo las escaleras para ir a su habitación. Se cambió de ropa y se vistió con un conjunto de explorador. Se miró y sonrió: sahariana, pantalones cortos a juego, botas de montañero y mochila con un equipo de supervivencia. Solo le faltaba el toque de gracia: el salacot. Se lo encasquetó y pensó que no le importaría llevar esa ropa el resto de su vida. Acto seguido llenó la cantimplora de agua del grifo, se colocó la brújula en el cinturón y bajó al hall. En una máquina expendedora de comidas sintéticas, se proveyó de una docena de chocolatinas. Alquiló un jeep y condujo por el caos de los callejones del centro de El Cairo. Era día de mercado. Al cabo de un par de horas, llegó al desierto. El sol todavía quemaba bastante. Aparcó el todoterreno y comprobó la brújula: todo correcto. Comenzó a caminar, tranquilamente. No tenía ninguna prisa. Estaba de vacaciones y quería disfrutar de los placeres de aquellas tierras llenas de misterios. De pronto, se acordó del tarro de cristal. Abrió la mochila con tanto ímpetu que el frasco fue a petar al suelo y se rompió en innumerables pedazos. En todo ese desierto tan solo había una piedra; y le había tocado a él. Se resignó con un «Qué le vamos a hacer» y siguió su camino. Ya encontraría, pensó, cualquier otro recipiente para rellenarlo de arena. Propuso encaminarse hacia el sol. Así después, cuando se cansara, solo debería dar media vuelta y seguir sus propias huellas. Dicho y hecho.
            Caminar y caminar. Llegó a un mar de arena y no supo salir. Esa noche tuvo que dormir en una colchoneta de arena y huesos fosilizados.
Durante días caminó en círculo hasta que cayó, abatido y sin esperanzas de encontrar a alguien que le ayudara a volver a la civilización. Se bebió la última gota de la cantimplora. Más tarde se comería la envoltura de la última golosina.
Un atardecer, sin embargo, una figura nebulosa comenzó a tomar forma en el horizonte. Inocencio no se dio cuenta de ello hasta que alguien o algo le despertó con una caricia en la mejilla. De un salto, se levantó.
—¿Quién es usted? ¿Qué quiere? ¡Váyase!
—¿No ves que soy un genio? —le preguntó, todo arrogancia, el aparecido.
—¡Sí, hombre! ¡Con lámpara y todo! —le contestó Inocencio, más iluso que nunca.
—Mira, aquí la tienes —se la mostró el genio.
—Ya… Y se supone que tú has salido de ahí dentro, ¿verdad? —le planteó, con la mosca en la oreja, Inocencio el Explorador.
—Exacto —le confirmó el genio.
—Sí, sí…
 —¿No me crees?
—Pues no.
—¿Por qué? Porque no eres más que una alucinación, producto de una insolación. Un espejismo.
—Mira, me llamo Eugenio, soy el genio de este desierto y ésta ¡es la lámpara mágica! ¿Quieres, todavía, alguna prueba más? —le replicó, visiblemente enfadado, el genio.
—Y ahora me dirás todo eso de los tres deseos…
—¡Pues claro!
—Pues mira —intervino Inocencio—: puedes ahorrarte dos. Solo te pediré uno.
—¿Cuál? —le preguntó el genio, preparado para cumplir el deseo que le ordenara su nuevo dueño.
—¡Que te largues de aquí y no vuelvas nunca más!
Eugenio, de inmediato, se evaporó como por arte de magia. Inocencio sonrió, se estiró de nuevo en el suelo y continuó durmiendo.
 
            Al día siguiente los destellos del astro rey le saludaron con un buen día, más radiante que nunca. Inocencio había pasado una noche intranquila, llena de pesadillas donde aparecía un genio con lámpara y todo. Tras desperezarse, alzó la vista y avistó el horizonte que le esperaba, un día más. Intentó dar un paso, pero se desplomó de inmediato. Se percató, sin embargo, de que no había sido por el desfallecimiento provocado por las reiteradas insolaciones y la deshidratación eterna. No. Había tropezado con algo. Desde el suelo, se giró para descubrir con qué objeto había trastabillado. La forma y el color le resultaban conocidos. Era la lámpara, la lámpara mágica de Eugenio. Fue su salvación. Ya sabía qué utilizaría para recoger la arena que había prometido llevarse de recuerdo…
 
FIN