
Lázaro permanecía, inmóvil, sentado sobre una piedra del arroyo. El pecho le hervía. Cabizbajo, como siempre desde el accidente, sujetaba la caña con mano blanda. Ningún pez sobre el paño. Ningún pez dentro del cesto. Nada. Ni el sedal ni el anzuelo ni el cebo querían distraerle la mañana. Se rascaba el pecho con fervorosa insistencia.
Tras levantarse de madrugada, había cogido la caña, la lata de cebo y la cesta y se había adentrado entre la niebla mañanera del bosque de encinas, pinos y hayas que rodeaba la masía, casa del abuelo, donde malvivía los últimos meses. Se había preparado un par de bocadillos, por si acaso le devolvía el apetito; no recordaba la última vez que le habían chirriado las tripas.
Había sido El hombre del Tiempo los últimos años. La prensa sensacionalista había hecho un enorme eco de su accidente. En algunos artículos se apuntaba, si bien de soslayo, su afición, el catapultador de la tragedia: la ufología. Incluso, creía haber vivido cuando era un crío un intento de abducción, justamente un fin de semana que pasó en la masía del abuelo.
En el hospital, estuvo un par de meses con medio cuerpo escayolado. Cada noche, sin embargo, sedado de pies a cabeza revivía la pesadilla, el accidente. Conducía el monovolumen, a su lado la mujer, detrás los tres hijos. Y esa maldita luz que surcaba el cielo a poniente. Emoción. Gritos. Derrape. Barranco. Lázaro había quedado atrapado en un amasijo de chatarra. Entre alaridos de impotencia, esperó la llegada de una ambulancia que salvara del sufrimiento a su familia. En vano, no obstante: su mujer había muerto en el choque; los niños, camino de urgencias; desgraciadamente, él sobrevivió.
Le prescribieron la baja indefinida. Las previsiones meteorológicas podían esperar. La mayoría de la gente no se fijaba mucho en el cielo. Para él, en cambio, había sido su perdición.
Después del entierro múltiple, abandonó el dúplex del Ensanche, donde lo acuciaban los retratos, y se instaló en el chalé del abuelo. A la hora de empaquetar, destrozó a golpes el telescopio de última generación y quemó todos los libros y vídeos sobre su oculta pasión. Mientras viajaba en el tren, camino de la montaña, recordó de pronto el hobby del abuelo: la pesca de trucha. Probaría suerte. Estaba dispuesto a cualquier cosa para mitigar el absurdo y mortal accidente. Además, estaba convencido de que el reencuentro con la infancia lo reciclaría, por dentro y fuera.
Una vez acomodado en la antigua casa del abuelo, la pesadilla desapareció. En su lugar, sin embargo, volvió la vivencia de aquella noche del sábado, justo después de celebrar la primera comunión. No faltaba nadie ni nada: el abuelo, Negro, el derbi, aquellos luces en el cielo y aquellas sombras tan extrañas que pululaban por el bosque.
Aquella noche, el abuelo le explicó un cuento para que se durmiera en breve: el partido estaba a punto de empezar. Al cabo de un rato, no obstante, el olor a palomitas lo despertó. Un grito a continuación. Un taco. Otro. Penalti. Gol. Alegría. Euforia. ¡Ganaremos! El pequeño Lázaro sufría, más que nada, por el marcapasos del abuelo. Inmediatamente, se calzó las zapatillas y se abrochó el anorak. Bajó las escaleras despacio. El abuelo no lo oiría. Habría sarao para rato. Negro alzó las orejas y le lamió la cara solo verlo. Fueron a dar un paseo. Se estiró sobre los matorrales y aprovechó para disfrutar de las estrellas que inundaban el firmamento. Se las podía distinguir, todas sin excepción. El abuelo se había entretenido en decodificar los secretos de los astros. Había una, de muy brillante, que parecía que se moviera, arriba y abajo. Aquella noche vaticinó su futuro: quería ser Hombre del Tiempo. De repente, el perro ladró. ¡Calla, que el abuelo nos oirá y nos reñirá! Se escondieron, de cabeza, en su rincón secreto.
Entonces, el suelo comenzó a temblar. Negro no paraba de ladrar ni de mirar hacia el pinar que los rodeaba. Más que ladridos eran aullidos. De pronto, se encendieron una hilera de luces cegadoras. El perro cada vez estaba más nervioso. Alguien se le aproximaba pisando la hojarasca. De detrás de los pinos, surgieron tres astronautas vestidos de papel de aluminio. Se detuvieron justo delante de ellos. Uno, el más alto y de color mostaza, se quitó un guante y colocó su mano de cuatro dedos sobre el pecho de Lázaro. Sintió un calor muy agradable y una carretada de cosquillas, como cuando su madre le untaba el torso y la espalda con un remedio farmacéutico para aligerar el constipado. Todo se desvaneció en un santiamén. Ni la estrella. Ni los astronautas. Ya no estaban. De vuelta al hogar, el abuelo roncaba en el sofá con la moviola de testigo.
Lázaro continuaba rascándose el pecho, cada vez más fuerte. Ya era suficiente. Total, por lo que estaba pescando… Una vez en casa, guardó los utensilios en el garaje y se dirigió al baño. A través de la ventana, le pareció distinguir una luz de mil colores que brillaba en el horizonte. El sol aún no había terminado de formarse del todo. Se asomó por el postigo, pero lo único que observó fue un coche fúnebre que se dirigía al crematorio, que encabezaba una hilera interminable de otros turismos.
Después de orinar, se miró al espejo. No recordaba la última vez que se había afeitado. Quizás ya tocaba. El pecho, sin embargo, era un picor constante. Inmediatamente, se quitó el jersey y la camiseta. Bajo el pelo del torso, algo ardía. Se reflejó, de nuevo, en el espejo: no le gustaron el pelo tan largo y mugriento. Se lo cortó, de raíz. Con la navaja todavía jugosa de espuma, se depiló el pecho. En el torso esquilado apareció un dibujo, un plano de la masía y sus alrededores. Distinguió una señal donde antes estaba su lugar de juegos de la infancia.
Desnudo, sin pelo en el cuerpo. De nuevo en el bosque. El cielo se había enrarecido de golpe. Había llegado a su rincón secreto. Todo continuaba casi igual. Más pinos. Pero Negro ya hacía muchos años que lo habían tenido que sacrificar. Cerró los ojos y viajó treinta años atrás. Las mismas huellas. La misma mano gélida que le acariciaba el pecho. El círculo de luz continuaba deslumbrándolo.
—¿Por qué habéis tardado tanto…?
FIN