FARINGITIS CRÓNICA     Octavi Franch
 
Padecía de anginas, con puntualidad, a finales de septiembre. Martín Coll, el enfermo de amígdalas, pasaba de la manga corta al palestino, uno bastante grueso, el cual se lo enfundaba desde las cejas hasta la espalda.
En la época de tránsito sexual —entre los catorce y los dieciséis y medio—, la enfermedad empezó a quemarle la garganta. El escozor lo dejaba afónico. Le apareció por primera vez, acompañado de las perdigonadas del acné y del primer brote de rizos en el pecho, entre los pezones. Con el fin de cicatrizar los cráteres faciales se aplicaba un algodón, bien empapado en un ungüento revolucionario —a base de extracto de semen de ballena azul y placenta concentrada de cachalote albino virgen—. Por lo que se refiere a la pelusa del pechamen, se la frotaba cada mañana con un montón de vitaminas, capaces, según el prospecto del herbolario, de hacer crecer secuoyas en el desierto. En cambio, la quemazón que le incendiaba la campanilla, día sí y día también, degeneraba por momentos.
Martín Coll, por otro lado, había celebrado su mayoría de edad con la garganta totalmente quemada. Se había acostumbrado a los 39 de fiebre de media, los antibióticos ya no le abrasaban el estómago y tampoco le salían lentejas rojas en los mofletes. Todos los otorrinolaringólogos que visitaba lo despachaban rápido, un montón de excusas sin ningún sentido y le recomendaban un ¡Hágaselo mirar, joven! Además, que en la seguridad social ya lo tenían muy visto.
Solo le quedaba una opción: la medicina natural.
            Gracias a un anuncio, publicado en la revista de paraciencia que compraba cada mes en el kiosco, había conseguido la dirección de un médico hindú, licenciado en hierbas y otros potingues viscosos de olor putrefacto, eso sí, todo muy natural. Las referencias eran muy esperanzadoras: los especialistas lo consideraban el mejor sanador de dolencias que afectaban la nariz, oído y garganta, pero en versión macrobiótica.
No se entretuvo más y llamó al número de contacto y enseguida le concertaron día y hora para una visita de carácter urgente.
De esta manera, Martín, abrigado con el pañuelo hasta el flequillo, se presentó en la consulta del Dr. Mehl Farigg-Holla. El médico, de inmediato, lo diagnosticó, tan solo escudriñando su mirada. El origen de la infección estaba muy claro: estaba arraigado en su pasado, en su feto y en su información genética.
—¿Perdón…? —intentó comprender, inútilmente, a la primera el comentario del médico.
—Veamos, Martín, ¿me permites que te haga una pregunta, digamos, personal, referente a tu madre? —le preguntó el doctor con turbante, justamente después de hurgarse, más allá de las muelas del juicio, con un palillo de dientes.
—¿Mi madre? ¿Qué tiene que ver ella con mi enfermedad? —Martín continuaba sin verlo claro, febril y tosiendo esputos bañados en pus.
—Todo —aseguró el Dr. Mehl, sin pensarlo.
—Disculpe, pero no le sigo…
—Es muy sencillo, ya lo verás… ¿Tu madre abusaba de las felaciones?
El chaval, con la cara más roja que nunca, tragó saliva infectada, se secó el sudor febril de la frente y se incorporó para responder al doctor.
—¿Quiere decir si mantenía sexo oral con mi padre?
—Con tu padre o con el que sea, eso es lo de menos. Es la única explicación, ¿sabes? Cumples todos los síntomas de padecer la llamada Angina crónica de la leche cortada —informó el Dr. Mehl, mientras aplastaba una arruga de sus pantalones bombachos.
—Hombre, que yo sepa —intervino, prudente, Martí—, lo hacían con bastante frecuencia. Por lo que se ve —continuó relatando el paciente—, la mujer tenía su habilidad.
—Estaba enganchada; Martí, siento mucho decirte esto, pero tu madre era una adicta a la lechada fálica.
—¿De verdad?
—Puedes estar seguro, hijo…
—Entonces, ¿cómo se acaba de relacionar este asunto de las chupadas con mi dolor de garganta? ¿Que es hereditario, tal vez?
—Más o menos. Veamos, ¿tú madre está muerta?
—Sí
— ¿De qué murió?
—De una forma de cáncer muy rara, una alteración del tiroides que se complicó a última hora convirtiéndose en un tumor, como un huevo, que se le formó en la tráquea —aclaró el chaval, recordando la tragedia familiar.
—Concretamente, se trataba de una acumulación de orgasmos fosilizados no reciclados.
—Ah…
—Y, por cierto, ¿tu padre aún vive?
—No, desgraciadamente también murió de cáncer. Pero de otro tipo, de una modalidad más estándar, por decirlo de alguna manera. Verá, después de morir mi madre, mi padre se fue consumiendo, poco a poco. Hasta que en el ataúd solo pudieron vestirle con la carcasa de piel y huesos y su mirada fija ya en el otro barrio…
—De hecho, tu madre se la chupó tantas veces que lo dejó seco. Bueno, al menos se lo montaban de coña… Mira, Martín: naciste con la misma tara. Tienes la fuente del mal concentrada en los genes.
—¿Y se puede hacer algo?
—Solo una cosa: gárgaras.
—¿De qué?
—De flujo vaginal
—¿Cómo? ¿Usted pretende que haga gárgaras comiéndole el coño a una tía?
—Técnicamente, no es correcta esta definición: no es requisito indispensable que el sujeto femenino colabore hasta tal extremo. Solo ha de aportar su vagina en estado lubricado.
—Vale, si solo es eso… ¿Usted está de broma, no?
—¿Qué te angustia?
—Hombre, usted mismo…Yo, la verdad, ¡no me veo capaz de ir buscando a ver si encuentro a una mujer que vacíe su orgasmo en mis ganglios! ¡No joda!
—No tienes que ir a ningún sitio: van a tu casa.
—¿A casa? ¿A mi casa? ¿Que están locas las tías estas?
—No, hombre, no, no te me exaltes: son donantes. Mira, si te apetece echa un vistazo al banco de datos. Consulta nuestra web…
—No, creo que no será necesario… Me lo creo…
—Martín, no tienes que preocuparte de nada. Son voluntarias que creen, a ciegas, en la medicina alternativa que yo predico. La mayoría son mujeres que han padecido enfermedades graves, sin explicación médica y sin cura posible. Han olido el aliento de la muerte y principalmente, han perdido la fe en la medicina convencional. Además, son de confianza y están registradas, no te preocupes por eso…
—Sí, doctor, todo lo que usted me está explicando es muy bonito, pero hay un problema.
—¿Dime?
—Cómo se lo diría yo, soy alérgico a las vaginas…
—¿Eres homosexual?
—Eso mismo
—Ningún problema. La abuela siempre decía que lo mejor que había para el dolor de garganta era leche tibia recién ordeñada…
—Gracias, doctor: lo probaré.
—Pero ten cuidado: no abuses, recuerda qué le sucedió a tu madre, que en paz descanse…
 
FIN