
Virginia Folla pudo ver, por fin, cómo el trabajo pesado de los últimos años daba sus frutos: se había convertido en la primera mujer que dirigía la Orquesta Sinfónica del Liceo.
Respecto a los instrumentos elegidos para conseguir el título de directora, habían sido el órgano —de cuerda—, la flauta travesera —metal— y el triángulo —percusión—; durante más de diez años se había dedicado, con pasión desmesurada, a improvisar vías alternativas de afinación para perfeccionar su arte, tanto con las manos como con la boca.
Para poderse pagar los estudios en el Conservatorio, daba clases particulares en su céntrico apartamento, concretamente situado en el Barrio Chino. En su pobre pisito, al principio, afinaba los instrumentos de sus alumnos, sin importarle ni la medida, ni el color, ni la forma. Así, una vez que el instrumento en cuestión estaba en condiciones de interpretar la primera lección, Virginia Folla se desnudaba, todo armonía. Invitaba seguidamente a sus alumnos, mayoritariamente hombres, a imitarla. Se justificaba explicando que aquella era la única manera de que la música se introdujera por el conducto correcto en sus cuerpos y, así, llenarse totalmente del placer en mayúsculas de una melodía bien interpretada. Después del primer día de clase, los estudiantes le imploraban que les dejase volver antes de la fecha prevista para una segunda lección. Pero ella siempre se negaba y les mandaba ejercicios para practicar en casa, solos y en la más estricta intimidad, con el fin de no perder el ritmo del curso. Por su parte, los discípulos siempre volvían con los deberes hechos y deseosos de recibir una nueva demostración de la experiencia de su maestra.
Incluso, tenía alguna alumna; le hacían cierta gracia los duetos femeninos.
Virginia Folla era así: no tenía nunca un no para nadie: sus manos y su boca siempre estaban en disposición del que lo necesitara.
En cambio, cuando estaba triste porque alguno de sus alumnos no aprendía tan rápido como ella deseaba, se quitaba de encima la angustia de su intérprete interno con un solo dedo, una serie de solos. Eso la transportaba a su infancia, época durante la cual se dio cuenta, definitivamente, de que su vida iría encaminada a la música y que se ganaría la vida como una de las mejores profesionales.
La noche que la declararon ganadora, el jurado se reunió un fin de semana entero en el Hotel Arts. Allí, los candidatos y las candidatas tenían que demostrar quién era el más cualificado o cualificada para desarrollar esa tarea de tanta importancia dentro del panorama musical actual. Con mucha diferencia, Virginia Folla fue la mejor y además en todos los aspectos: sopló la flauta con aquel giro de lengua que tanto y tanto satisfizo a los grandes maestros presentes, acarició los mayores, los menores y los sostenidos encima del piano, y se tocó el triángulo ante todo el mundo sin pudor ninguno. La votación fue unánime: inmejorable.
Y por fin, llegó la noche de su estreno en el Liceo. Al concierto acudiría lo mejor de lo mejor de la ciudad: miembros de la aristocracia, políticos de lengua afilada, militares de alta graduación y eclesiásticos con el cirio en la mano. También estaban invitados otros músicos de prestigio, la mayoría de los cuales ya habían compartido un momento que otro con Virginia Folla, interpretando cualquier pieza que les apeteciera tocar. Todos habían coincidido: era insuperable.
Aquella noche el guardarropa no daba abasto. Todo el mundo se desprendía de los vestidos con el fin de fluir, con más intensidad, en aquel espectáculo del cual narraban los entendidos que convulsionaba tanto el cuerpo como el alma.
Así pues, cuando Virginia Folla se presentó en el escenario desnuda, balanceándose por la alfombra, le cayeron sobre su cuerpo un puñado de florecillas de punta. Incluso un fanático le rogó que le afinase el instrumento, en directo; ella, con una sonrisa tan peliaguda como pastosa, le pidió que esperara a finalizar el concierto, que después se instalarían en su camerino y lo probaría con mucho gusto.
El recital, por otro lado, tuvo una duración de unas cinco horas. Fue un éxito rotundo, sin ningún error, ni uno, tal y como ya se preveía. Después del repertorio inicial, hizo tantos bises como su público, entregado desde la primera nota, le suplicaba. Siempre actuaba de la misma manera, y por esta y otras muchas razones era conocida en todo el mundo: se escupía en las manos y frotaba la batuta hasta que le quedaba dura y brillante, la apretaba con delicadeza y seguridad a la vez, y la movía arriba y abajo. Inmediatamente, el público se rendía ante ella: tanto hombres como mujeres querían más y más.
Al cabo de un rato, Virginia Folla se dirigió a los espectadores y les anunció que tenía preparada una sorpresa: como colofón del recital interpretaría su pieza favorita, una obertura de cinco violas. Para llevar a cabo esta tarea de exhibición, había seleccionado un violador —instrumentista de viola—, un francés, un griego, un tailandés, un búlgaro y otro proveniente de un paraíso africano, un afrodisíaco. Los cinco, a la vez, enseñaron al respetable sus instrumentos. Curioso, como mínimo, que las mujeres asistentes aplaudieron hasta echar humo y, paralelamente, los hombres comentaron que tampoco había para tanto, a excepción de un par muy depilados y perfumados que se emocionaron de sobremanera.
Seguidamente, los cinco violadores rodearon a la maestra. Virginia Folla dio las órdenes a seguir: el francés a la altura de la boca, el griego entre las piernas, el búlgaro de espaldas, y el tailandés y el afrodisíaco uno en cada mano. Estaban preparados para llevar a cabo aquella melodía con una composición original y arriesgada. La suavidad del tempo relajó a los miembros del público, pero no tardaron mucho en volver a levantarse de aquel relax: la directora ordenó el cambio deseado a crescendo. Entonces, los cinco intérpretes aceleraron sus instrumentos con extrema virilidad; Virginia Folla lo aprobó con la mirada. La gente todavía quería más y la directora no tuvo otro remedio que aceptar aquella propuesta: presto. ¡Qué alegría reflejada en las caras de todos y todas, tanto espectadores como músicos! Por otro lado, el violador francés se retiró, exhausto por su interpretación pero contento por saber que había dejado, sin lugar a dudas, un buen sabor de boca a su maestra. Ella, ya libre de aquel instrumento francófono, anunció un nuevo cambio de ritmo: forte. El resto de violadores ya no podían más. Le suplicaron con los ojos que se acabase, lo más rápido posible, la interpretación; exigía alcanzar el clímax del tema. Con muchas ganas como pocas veces, Virginia Folla concedió a medias el deseo: fortissimo. No transcurrió ni un minuto para que el tailandés y el afrodisíaco cayeran, reventados y empapados en un sudor como gelatina, sobre la alfombra del escenario. Esta obra maestra solo podía acabar de una forma: el trío finiquitó con un forte fortissimo, el cual llenó de felicidad tanto la platea como los balcones.
Durante una hora bien larga, los cinco violadores y su diva, abrazados y besándose cada dos por tres, hicieron reverencias con la totalidad del público en pie.
Pero mira por dónde, aquel calor acumulado durante demasiado tiempo se convirtió en cortocircuito y el cortocircuito en espira y la espira en llama y la llama en incendio y el incendio en una tragedia en la ciudad. No hace falta preocuparse, porque el nuevo Liceo ya está a punto de inaugurarse. Y cuenta con la participación, para esta ocasión, con la mejor directora de orquesta de todos los tiempos, la única capaz de dirigir con maestría a cinco violadores tan diversos.
FIN