LA MUERTE DEL DR. DE RODRIGO      Octavi Franch
 
El Dr. Félix de Rodrigo y Fuentes —cruz de San Jorge en los años ochenta— murió, hoy hace un año, víctima de un ataque al corazón; de apoplejía, según indican los más atrevidos.
El doctor era reconocido mundialmente por su obra científica, su legado a la humanidad, la llamada Biblia natural: palabra de animal. Durante más de 50 años se dedicó exclusivamente a investigar y catalogar, con el máximo rigor, todas las especies de animales del planeta. Este trabajo se refundió en la mejor y mayor enciclopedia sobre el reino animal. Compuesta por 25 volúmenes, a todo color, más un apéndice monográfico de la fauna autóctona de Cataluña y el resto de territorio de habla catalana. Fue un encargo de la editorial Aliar, su patrocinador. Dicha editorial se hacía cargo de todos los gastos del doctor, a nivel de material de investigación y los continuos viajes que realizaba a los lugares más recónditos de la Tierra. La enciclopedia fue un gran éxito de ventas y se tradujo a más de 10 idiomas.
Aparte de la enciclopedia, el Dr. Félix de Rodrigo y Fuentes también publicó otros libros. Uno de ellos fue un ensayo titulado Darwinismo II: todo sigue igual. Se consideró la revisión definitiva sobre la teoría de Darwin. El doctor era de los que estaban convencidos, del todo, de que el hombre descendía directamente del mono —Chita, Lucy, da igual—. Este zoólogo escribió también, aunque no se publicó hasta después de su muerte, una tesis psicológica sobre uno de los personajes más emblemáticos del mundo animal —sin tener en cuenta los políticos, se sobreentiende—: Copito de Nieve. Se trataba de un opúsculo que recopilaba una serie de entrevistas, de carácter psicotécnico, que el doctor había realizado al GGB (Gran Gorila Blanco), como lo conocía en la intimidad. En esta recopilación de preguntas y respuestas, se pudieron descubrir los secretos más íntimos y mejor guardados de Copito de Nieve y su entorno. Por ejemplo, uno de los más sorprendentes fue la confirmación —mucha gente y, sobre todo, muchos animales ya lo sospechaban de hacía años— que Copito de Nieve era el auténtico Rey de la Selva y que su nombre monárquico era Copito I de Nieve —primero y único que se sepa—. Precisamente, el GGB sufrió una depresión cuando se enteró de la muerte del doctor, su mejor amigo, su psicólogo y confesor. Incluso, en plena euforia lagrimal en las postrimerías del funeral, confesó entre sollozos que lo consideraba el padre que perdió en la salvaje Guinea Ecuatorial. Lo tuvieron que ingresar con carácter de urgencia porque amenazaba con quitarse la vida. Principat Digital, tan objetivo y patriota como de costumbre, consiguió la exclusiva para registrar y retransmitir en directo el acto, en el caso de que Copito de Nieve lo llevara a cabo. Solo faltó por concretar si el incidente se difundiría por TV3 o bien por el Canal 33.
Pero la muerte sorprendió al Dr. Félix de Rodrigo y Fuentes en la televisión, justamente. Fue durante un debate, en directo, de los más acalorados y conflictivos que se recuerdan. El tema era El origen del hombre. El doctor habló horas y horas de su enciclopedia, de su ensayo posdarwiniano y de su experiencia en el terreno durante buena parte de su vida. Él no tenía ninguna duda: el hombre era el último eslabón de la cadena de homínidos. Era el ser más perfecto que caminaba por la Tierra. Y, por ese motivo, dominaba el globo.
En aquella tertulia, sin embargo, asistió un personaje de renombre en la paraciencia y el esoterismo. Era argentino y se llamaba Germán Posse. Aportó, durante todo el programa, las pruebas científicas presentadas por el doctor. Posse tenía todas las respuestas a las preguntas que el doctor no podía contestar. Este detalle empezó a poner cada vez más nervioso al Dr. Félix de Rodrigo y Fuentes. Nunca se había encontrado a un contrincante tan preparado, tan documentado, tan definitivo. Incluso, lo envidiaba. Los otros miembros de la mesa callaron; el moderador, también. Desde aquel momento, el programa se convirtió en un mano a mano entre ellos dos. Uno defendía al hombre y al mono, y el otro al hombre y al alienígena. Cuando el doctor escuchó la palabra extraterrestre, sufrió una lipotimia primero y un principio de infarto después. Posse se disculpó por la dureza de sus revelaciones. Pero se justificaba argumentando que alguien debía decir la verdad, de una vez por todas. El público votaba, a través del teléfono, la teoría que más lo contentaba. En ese momento, iban empatados. Posse quería ganar aquella batalla televisiva y el doctor ya no podía hacer nada más para recuperarse y tomar la delantera; se le habían acabado los recursos y las excusas. El argentino se arriesgó y fue a por todas. Pidió permiso al presentador para mostrar algo que cambiaría la concepción de la vida por parte de toda la humanidad. Nadie se atrevió a decir ni que sí ni que no. El Dr. Félix de Rodrigo y Fuentes hacía rato que se había rendido y lloraba, de miedo y de vergüenza. Germán Posse aprovechó la ocasión y abrió el maletín que tenía en el regazo. Enseñó su contenido a los compañeros de debate y al respetable: un libro. Estaba lleno de polvo y de telarañas. Abrió la cubierta: el libro databa 100 millones de años antes de Cristo. Todos chillaron y las azafatas se desmayaron. El público que había en el plató se pellizcaba las mejillas, sudaba y se orinaba encima. El libro en cuestión era un diario. Lo había escrito un alienígena, un astronauta, el primero que pisó el planeta. Detallaba, paso a paso, las diferentes colonizaciones y los experimentos genéticos que practicaron con diferentes animales terráqueos, desde los dinosaurios, los mamíferos y, especialmente, el simio. Intentaba manifestar que el hombre sí descendía del mono, pero no por vía natural como afirmaba el Dr. Félix de Rodrigo y Fuentes. Uno de los expertos invitados al programa preguntó a Posse:
—Pero, ¿cómo puede asegurar que este diario es auténtico?
—Porque era de mi tatarabuelo.
Los pocos que quedaban enteros y de pie alucinaron el resto de sus vidas. Dicho esto el argentino se levantó, se desenroscó la cintura y le salió del estómago una docena de tentáculos que llenaron la cámara de viscosidad verdosa.
El Dr. Félix de Rodrigo y Fuentes, por su parte, no pudo resistir aquella imagen y dejó de moverse y, más tarde, de respirar.
 
FIN