
Justo después de tomar el desayuno, la princesa Zeta —la que, a partir de ese mismo momento, ya no se llamaría nunca más así— volvió a enfrentarse, por enésima, a sus protectores legales, el rey Cedilla y la reina Cu. Estaba más que harta de que la educaran con aquel método tan y tan burgués, pasado de moda y, sobre todo, machista.
—¡Ya no os aguanto más! ¡¡Hasta aquí podíamos llegar: me voy!!
—¿A dónde te vas, desagradecida? —le criticó, una vez más, su padre, el rey más rico del planeta.
—¡A cualquier lugar! ¡¡Hasta nunca!!
—Pero, hija, no te lo tomes así: ¿no te das cuenta de que lo hacemos por tu bien, por tu futuro, por el futuro de nuestra familia? —llorosa la madre intentaba hacerle entrar en razón.
—Lo siento, madre: eso ya es cosa mía.
Dicho y hecho, la exprincesa Zeta se largó de su hogar materno y probó suerte tras la frontera arquitectónica de la muralla que cercaba tanto el palacio, en el que ella malvivía, como el resto de casas donde los súbditos del reino, que ella estaba llamada a mandar algún día, la esperaban resignados.
Pronto oscureció y el sol dejó de lucir. La luna, no obstante, aquella noche no estaba para monsergas.
La exprincesa Zeta caminó durante casi toda la noche y solo encontró una manera de no pasarlo peor de la cuenta: pensar y encontrar un nombre que la identificara en aquella nueva vida que acababa de estrenar. Finalmente, agotada por el esfuerzo mental, la niña se dio por vencida, durante unas horas, y se durmió en el regazo de un gran abeto de ramas enharinadas.
Cuando la mañana volvió a ponerse en marcha, el bueno de Woownyahr salió de su madriguera reglamentaria: el estómago de un abeto inmenso que tenía la particularidad de lucir siempre unas ramas superblancas. Pero he aquí que la sorpresa fue mayúscula, cursiva y doblemente subrayada cuando se percató de la presencia furtiva de una niña preciosa, con la cabeza rapada, que vestía como la sobrina perversa de la bruja más bruja del bosque y que roncaba, a la vez que atemorizaba, a la gran mayoría de bestias que allí habitaban. La niña, todo hay que decirlo, no le daba miedo pero tampoco no veía nada claro eso de asustarla y hacerla huir faldas para que os quiero. Se acercó poco a poco, con la delicadeza que supo encontrar en su corazón de lagartija talla XXL.
—¡Como me vuelvas a poner la mano encima, pervertido con escamas, te pego una tortazo que te encojo las alas de golpe, so zoquete!
Bien, la exprincesa dio los buenos días de esta manera tan espectacular como grosera, lo cual provocó que el dragón Woownyahr le dijera todo aquello que no corresponde. No le quedó otra opción que tomar medidas drásticas contra aquella niña desvalida, pero con un carácter digno del peor bandolero de la comarca.
—Querida doncella…
—Soy exprincesa, así que cuida tus modales, ¡bestia pringosa!
—Insisto: exprincesa como te llames…
—Antes me llamaba Zeta.
—Encantado, felicidades, enhorabuena, por muchos años, tú que lo veas…
—¡Debes hablarme de usted, trozo de serpiente mutante!
—Sí, lo tienes claro, chata. Como te iba diciendo, antiguamente llamada Zeta, éste que tú estás pisando, insultando y humillando es mi trozo de bosque. Y cuando digo mío, quiero decir mío, ¿ha quedado claro? Te puedo mostrar, si no te fías, mi contrato de alquiler. ¿Entendido?
—Sí, pero…
—Ni pero ni nada: ahora mismo coges y…
—No llevo nada donde cogerme.
—Pesadita la niña… Pues te coges, a ti misma, das media vuelta y te vas con papá y mamá. ¿De acuerdo, como te llames actualmente?
—Ka.
—¿Qué? —preguntó el dragón.
—Ka.
—¿Qué? —No es ningún error del transcriptor, es que la niña estaba sacando de quicio a Woownyahr. Nota del autor.
—Ka: a partir de este momento me llamaré Ka. Para ti, señorita Ka.
—Ah…
—No: Ka.
—Ya te he entendido, guapa, Ka a secas.
—Eso mismo. Ka. Suena bien, ¿verdad?
—Mujer, si tú lo dices… Pero vamos al grano: ¿quieres irte de una puñetera vez, por favor, gracias?
Permanecieron mirándose, fijamente, a los ojos: ambos los tenían verdes. De pronto, no obstante, Ka empezó a llorar. Qué le pasa, a ésta, se preguntó alarmado el dragón.
—Me he ido de casa. No tengo a dónde ir. Nadie me quiere. Mi madre…
—… Para, para, por favor: que pareces una refugiada rumana de la línea 1.
—¿Qué es la línea 1? —quiso saber la exprincesa Zeta.
—Nada: ya se ve que no viajas mucho por la capital.
Después de un breve silencio que Ka aprovechó para secarse el llanto y Woownyahr para rebajar sus pretensiones de expulsar a la niña de su territorio, el dragón se prestó a socorrerla.
—Querida Ka: ¿qué te parece si te quedas en mi casa hasta que aclares qué quieres hacer de ahora en adelante? No te cobraré nada y tendrás un plato en la mesa, no te puedo asegurar si será frío o caliente, pero te prometo que podrás llenarte la panza tres veces al día. ¿Cómo lo ves?
Por lo que se ve, lo debió ver bastante bien porque se le tiró en plancha y lo besuqueó de arriba abajo.
Ya hacía demasiados siglos que Woownyahr no acogía a nadie en su casa. Quizás había llegado el momento de ponerse al día de lo que sucedía más allá de los últimos árboles que cubrían el lago. A lo mejor, alguien había oído hablar de su labor.
En medio de una conversación banal sobre gastronomía vegetariana, Ka cambió de tema radicalmente.
—¿Sabes una cosa? Creía que los dragones erais de otra manera…
—¿Qué quieres decir, exactamente?
—No lo sé: diferentes…
—Más altos, más gordos, más verdes. ¿Cómo?
—Más malos.
—¿Aún no te han enseñado en palacio que los seres vivos no son ni malos ni buenos, que todo depende de quién los juzgue?
—No te entiendo, disculpa mi ignorancia… —avergonzada, la muchacha.
—Los dragones somos animales mitológicos, pero también somos de carne y hueso: tú puedes comprobarlo —Mientras Woownyahr charlaba, Ka iba asintiendo con la cabeza—. Yo, por mi parte, te puedo asegurar que he conocido de toda clase, de dragones, desde los clásicos que quemaban poblados y se comían a las herederas a los tronos, hasta otros que eran más miedosos que una exprincesa perdida en el bosque.
—Escucha, que yo no… —intentó decir la niña.
—No hablaba de ti ahora, niña, no te enfades… Bueno, como te iba diciendo: yo soy un dragón atípico, quizás el dragón más diferente de los que hayan salido jamás de un huevo.
—¿Por qué?
—No tengo fuego.
—¿Cómo?
—Ahora te lo enseño.
El dragón se levantó del sofá de hojas secas y ramas tiernas sobre el que se había espatarrado, respiró profundamente y cogió aliento con fuerza. Nada, ni una brizna de fuego. Solo aire, una ventolera que apagó las velas de todos los duendes que intentaban hacer la cena.
—Qué pasada, colega…
—Lo que yo te diga…
—¿Y por qué eres así?
—Es una herencia. Todos los machos de mi alcurnia hemos sido privados del don del fuego: estamos condenados a ser instrumentos que veneren la ecología.
—¿Perdón?
—Soy un dragón ecologista.
—Continuó sin entender ni jota…
—En vez de provocar incendios, los apago.
—Flipante…
—No está mal, no muy bien pagado, pero se puede vivir sin demasiados quebraderos de cabeza, no te creas… —aclaró un orgulloso Woownyahr.
—Ecologista, qué palabra tan bonita…
—Pasable. Ahora, lo que me tiene intrigadísimo es tu cambio de nombre.
—Antes me llamaba Zeta, como mi yaya.
—La famosa reina Zeta…
—¿La conoces?
—No, pero seguro que debe salir en algún libro de texto, ¿me equivoco?
—No, para nada. Pues como te estaba explicando: cuando decidí irme de casa, abandonar mi carrera de princesa mediocre y olvidar mis obligaciones como futura monarca del bosque, decidí que lo primero que debía hacer era repudiar de mis orígenes. Así que ya lo tienes: ahora me llamo Ka.
—¿Por algún motivo especial?
—Es un homenaje.
—¿A quién?
—Al movimiento okupa.
—¿Okupas? ¿Estos no son aquellos que siempre van de acampada?
—Los mismos. ¡Viva los Sex Pistols, la litrona y la revolución de los tatuajes!
—No te aturulles, Ka. Entonces…
—¿Entonces qué?
—¿Qué piensas hacer con tu vida a partir de ahora?
—No lo tengo demasiado claro… Quizás nuestro encuentro no haya sido gratuito…
En seguida, Woownyahr se mosqueó: ay que ésta se me quiere declarar…
—¿Crees en el destino?
—Soy un animal mitológico, tú misma…
—Montaremos un negocio, sin ánimo de lucro, por supuesto.
—No te sigo, querida Ka…
—Fundaremos la primera cooperativa ecologista y okupa del bosque. ¡Fuera el capitalismo! ¡Viva el triunfo de la clase obrera! ¡Adelante la igualdad de las mujeres y los dragones!
—¿Y a qué nos dedicaremos, exactamente?
—Reciclaje.
—Me suena…
—Sí, dragón: limpiaremos el bosque, entero.
—¿Y una vez limpio?
—Lo cuidaremos por siempre jamás: que nadie no lo vuelva a ensuciar.
—Tiene buena pinta.
—Trato hecho.
En pocas horas Woownyahr y Ka, la exprincesa Zeta, firmaron los estatutos de fundación de la cooperativa ecologista y okupa. Al cabo de pocos días, el bosque se llenó de chicos y chicas con la cabeza rapada, vestidos con camisetas rojas y negras y llenos de piercings. Nunca más se vio una partícula de basura en ningún rincón de aquel bosque.
FIN