
Desde hacía poco, Ruth ya caminaba solita con las dos piernas sin ayuda de nada más. Todos los días, hasta entonces, se desplazaba por su casa —un dúplex que compartía con sus padres, Ana y Miguel— a gatas, pero un buen día decidió probar suerte con los brazos arriba; y se salió con la suya.
La canguro que cuidaba a Ruth, Vanessa, aparte de dedicarse a vigilar a niños y a niñas, también estudiaba Empresariales en la facultad. Justamente esos días previos a las fiestas de Navidad, estaba de exámenes. Y, como no dormía nada de nada, se quedó frita delante del televisor que no escuchaba, pero que al menos le hacía estar despierta para poder oír a Ruth en caso de que le pasara algo. Y así fueron las cosas aquella noche del 22 de diciembre…
Ruth aún no lo sabía, pero había nacido con un don, con un sexto sentido: se comunicaba con todo aquello que no se movía, vivo o muerto.
Lo primero que hizo cuando oyó cómo soñaba la canguro, Vanessa, fue agarrarse a la escalera que unía su cama con el parqué de su habitación, con mucho cuidado ya que tenía muy claro que se podría hacer daño de verdad. Seguidamente comprobó que tuviera los pañales secos, se puso las botas de ir de aventuras y cogió su muñeco favorito, Opp, un animal de color fucsia que no estaba muy claro si era carne o pescado. Una vez preparada para enfrentarse a una nueva noche de misterios por toda la casa, Ruth abrió la puerta de su habitación —no chirriaba, claro está, porque si no se hubiera podido despertar en cualquier momento— y salió a oscuras: su objetivo inmediato era el comedor; allí intuía que estaba durmiendo la substituta a horas de sus padres. Y así era: hasta le caía una gota de baba. Pobrecita, ella no pensaba despertarla… Pista libre, se felicitó al mismo tiempo que daba un beso a su compañero de aventuras nocturnas, Opp.
Eran las primeras Navidades que disfrutaba de verdad, porque las del año anterior se las había pasado con media cabeza dentro de su madre y la otra mitad intentando saber cómo era el mundo por fuera. Lo que más le impresionaba de las fiestas navideñas era la variedad de adornos que había por todo la casa: cintas doradas y plateadas que colgaban del techo, hojas de mentira con piñas todavía más falsas, herraduras de la suerte clavadas delante y detrás de cada puerta. Pero, con enorme diferencia, las dos cosas que la tenían alucinada de verdad eran el árbol, por un lado, y, sobre todo, el belén.
Del abeto de imitación, lo que más le gustaba era la cantidad bestial de bolas que colgaban de él: ¡sufría porque un día se hundiera el piso! Pero lo que le llamaba la atención de todas-todas era el pesebre, el diorama de un día en Belén pocos días después del supuesto nacimiento de Jesús de Nazaret, rey de Palestina.
Se acercó a un palmo del pesebre después de haberse subido a una silla, con mucho cuidado. Le encantaban los reyes, los ángeles y el caganer. Pero su favorito continuaba siendo la estrella. Una vez más, se concentró y fijó los ojos en la bombilla, la cual hacía creer que la estrella que guiaba a los Reyes Magos desde las lejanas tierras de Oriente hasta la cueva donde nació el mesías era de verdad, y no solo un milagro de la electricidad…
De repente, empezó a hacer un frío que le heló hasta los rizos. La calefacción no creía que se hubiera estropeado; siempre sudaba muchísimo cuando estaba encendida. No entendía de dónde provenía aquel aire que le cortaba las mejillas. Y, todavía menos, no comprendía cómo había podido desaparecer la planta baja de su casa y en su lugar haber aparecido un bosque, un cielo completamente estrellado y una peste a zoológico que tiraba para atrás…
Bien, como no tenía nada mejor que hacer que investigar qué le había sucedido, Ruth se sacudió las manos y caminó hasta que encontró a un misterioso personaje. Era anciano, tenía la barba larga y blanca y vestía un ridículo pero alegre vestido rojo y blanco. Además, acariciaba la cabeza de una bestia que no había visto nunca: era como un caballo sin pelo y con unos cuernos enredados.
—Buenas noches, niña. ¿Te has perdido?
—Todavía no lo sé, señor… —le contestó Ruth.
—¿Señor? ¿No sabes cómo me llamo?
—Pues la verdad es que no: soy demasiado pequeña para saber muchas cosas, ¿sabe?
—Ya, me hago cargo… A lo mejor te suena mi nombre: Papá Noel. O Santa Claus.
—Ahora que lo dice… Sí que me es familiar, sí… ¿No sale en la tele usted?
—En la tele, en la radio, en los periódicos…, en todas partes. En estas fechas, soy el protagonista. Bueno, uno de ellos, que tengo una competencia que ni te cuento…
—Encantada. Yo me llamo Ruth y no tengo demasiado claro qué me ha ocurrido.
—Ya que nos sinceramos, yo tampoco. De hecho, este no tendría que ser mi escenario. No estoy bien visto por aquí, ¿sabes?
—No, pero lo siento.
—No sufras. Además, estaba descansando un poco antes de levantar el vuelo e irme a casa a reponerme. La noche del 24 tengo tanto trabajo…
—Pues que le vaya muy bien, Papá Noel.
—Igualmente, Ruth. Y ves con mucho cuidado con unos animales con lanza que corren por aquí destrozando todo lo que es de color amarillo. ¿Me harás caso?
—Por supuesto.
Y así se despidieron. Ruth, por su parte, continuó su desconocido trayecto.
Al cabo de un rato indeterminado, Ruth tropezó con tres hombres altos y delgados que montaban unos extraños animales que le recordaban un disco que tenía su padre en su gigantesca colección de música antigua del siglo XX. Lo más curioso del caso es que uno era rubio, el otro pelirrojo y el otro afroamericano. Hacían cara de agotados, de haber viajado durante muchos días. Los tres, no obstante, le desearon buenas noches. Hablaban, eso sí, a la vez; los tres:
—Buenas noches, querida niña. ¿A dónde vas a estas horas tan oscuras?
—No lo sé. Solo sigo esa estrella —informó Ruth mientras señalaba la luz que daba destellos en medio del cielo y que entendía que era la misma que conocía de su casa.
—¡Mira por dónde! ¡Nosotros también!
—Entonces, supongo que os tengo que acompañar.
—Bienvenida a bordo.
La cogió por las axilas el señor de piel oscura, que al instante le comunicó que se llamaba Baltasar, rey Baltasar.
—¿Como el exjuez? —le preguntó la niña.
Poco después, al cabo de un puñado de movimientos de joroba, Ruth y sus tres nuevos amigos llegaron a una cueva que estaba llenísima de gente y de todo tipo de animales de granja; no cabía ni un chupete. La cola era tan larga como la que últimamente veía por televisión en las noticias. Y la verdad es que parecían incluso las mismas personas… La diferencia, no obstante, era que las que estaba contemplando en aquel momento llevaban encima o al lado un animal: un cerdo, un pato, una cabrita. Quizá era Expoanimalia y ella no se había enterado… Su amigo Baltasar le preguntó:
—¿Quieres venir con nosotros? Tenemos un pase especial: no hace falta que hagamos cola.
—Por qué no…
Dentro de la cueva, había una mamá y un papá. A los costados tenían un asno y una vaca, en el techo un niño con alas y, delante de todo y todos los presentes, un bebé que tenía pinta de haber nacido hacía pocos días. Se llamaba Jesús. No sabía muy bien por qué, pero todo el mundo parecía creer que aquel niño era especial, que era el elegido para hacer un montón de cosas buenas hasta que muriese, que era capaz de hablar con todo aquello que no se movía; como ella.
De repente, lo tuvo clarísimo: aquello era una señal y solo podía significar una cosa: cuando llegara a casa, sus padres le dirían que, muy pronto, tendría un hermanito. Lucharía para que se llamara como aquel niño tan bonito que había conocido en aquel extraño viaje nocturno, todo gracias a haber perseguido una estrella eléctrica que le guiñaba un ojo cada noche. No se iba a perder, por nada del mundo, la próxima Navidad.
FIN