LA SOMBRA QUE LO SABÍA TODO      Octavi Franch
 
Ya no me quedan ni fuerzas para hablar. Pienso despierto. Estoy medio drogado; o drogado del todo. Pero despierto al fin y al cabo. Todavía, sin embargo, puedo diferenciar qué es sueño y qué es realidad, cruda realidad. Cuando sueño no me duele nada. Despierto, respirar es todo un calvario…
            Ahora empiezo a dudar. No puedo asegurar si estoy soñando o no, o si estoy despierto, demasiado, incluso. No sé cómo, de verdad que no lo sé, pero ante mí se ha abierto una brecha en la pared. Alguien —¿quién?— ha dibujado una puerta, lejos, entre nieblas de ceniza. Finalmente, la puerta se ha abierto. El chirrido de las bisagras me chasquea en medio del cerebro. Vaho. Una nube de vaho rodea la puerta. De entre la niebla sale una sombra, metálica. Viene hacia mí. Viene a buscarme. Lo sé. Estoy completamente seguro. Puedo escuchar su murmullo, su aliento apestoso de azufre. Bajo la ropa lleva algo. Parece un libro, grueso y de tapa dura.
            ¡Que no venga, por favor! No la quiero ver, ¡todavía no! ¡¡No!! Aún no estoy preparado para morir. Lo siento, pero… ¡Vete! ¡Huye! ¡Vuelve con los tuyos, mala bestia! ¡Vuelve a tu infierno! ¡No puedo morir! Todavía no, por lo que más quieras…
            No pienso dejar este maldito mundo sin saber qué pasará conmigo, con mis cuadros, con mi obra. No, no lo puedo consentir. No me iré ahora. Te jodes, ¿me oyes? Vuelves por donde has venido, que yo no te he pedido que vengas. ¿Me estás escuchando? Pues, entonces, ya sabes lo que tienes que hacer. Te das la vuelta y te vas. ¡Abres la puerta de nuevo y te das el piro!
            Me muero. Me estoy muriendo. Lentamente. En silencio. Soy un condenado. Un moribundo. ¿Lo soy ya? ¿Qué habré hecho tan mal para ganarme este sufrimiento? ¿Qué? Pienso, de verdad, que lo pienso. Pero no saco nada en claro. Nunca.
            Ya no siento nada. Nada de nada. Las drogas, ya se sabe. De hecho, siempre han estado presentes, de una manera u otra, en mi vida. Antes me permitían alucinar, creer que me convertiría en el mejor. Y ahora me aligeran el sufrimiento; la pena; el castigo. Acostado en la cama. Sin poder hacer nada. Solo esperar. Esperar que la sombra de metal se me acerque un poco más.
            La ilusión de mi vida siempre ha sido la misma: leer mi nombre en el cartel de una exposición mundial o en una subasta donde se vendieran mis óleos por cifras de nueve ceros. Pero ya no estoy a tiempo.
            Pronto dejaré de sufrir…
            Hace unos días que me siento, todavía, más débil. Noto, incluso, las costillas puntiagudas; me tensan la piel. El sexo me estorba. Y me meo encima. Qué asco todo…
            Tantas horas, tantos días, tantos años dedicados a un único sueño, ¿para qué? Para nada. Moriré siendo el mismo desgraciado, uno cualquiera, un sin nombre, el mismo Señor Nadie que era el día que mi madre me parió. Durante toda mi vida me he dedicado a dibujar miles de rostros, miles de cuerpos, miles de sentimientos. Una imagen tras otra. Un trazo, una pincelada, una barnizada. Una nada convertido en un todo. Mi vida tirada al cubo de la ropa sucia. Todo. Todo por un sueño. Un capricho de niño consentido. Patético.
            Me acabo de despertar. Qué sueño más extraño… Quizá debería decir una pesadilla.
            Estaba en el Paraíso. Una especie de oasis mediterráneo. Palmeras a su alrededor. En la falda de una pirámide coronada por una estrella de cinco puntas, paseaba por un camino de azafrán. He aparecido en un cementerio. De repente, he escuchado unas voces que discutían sobre arte. Dentro de una hilera de nichos estaban Velázquez, Da Vinci, Michellangelo y Dalí. Han parado de disertar, de golpe. Entonces se han girado, los cuatro a la vez, y me han señalado otro nicho, uno que quedaba vacío; para mí.
            Sé que la hora de irse está cerca. La sombra no me quita el ojo de encima mientras camina —¿Andan las bestias?—. La niebla le medio esconde las facciones. Lo hace para no asustarme. Pero no puede engañarme. Sonríe.
            Babea. Ahora que ya está mucho más cerca, puedo fijarme: las garras son más afiladas de lo que pensaba.
            ¿Por qué esta agonía? ¿Por qué este tormento? Por qué. Nadie me responde. Nadie puede. Solo puede la sombra. Por eso ha venido a verme. Para explicármelo. Ven, sombra; ven pronto…
            Ya no te tengo miedo. Quiero irme contigo, por favor…
 
La sombra se ha plantado ante mí. A un palmo. Todavía sonríe. Aunque chorrea baba. Viste una especie de gabardina, como de plástico. Se desabrocha los botones. Sí, lo he acertado. Ocultaba un libro. Es un tomo de una enciclopedia. Abre la tapa. Me levanta la cabeza. Me ayuda a incorporarme. Todavía puedo leer, más o menos. Es una edición del año… ¡¡2020!! ¿Quién eres, sombra? Se lame la garra derecha. Pasa páginas hasta que encuentra la que estaba buscando. La encabeza mi apellido. Una foto mía, hace un par de años, antes de la enfermedad, en medio de la hoja. Dos páginas y media radiografían mi vida, mi obra, conexiones con otros pintores contemporáneos, corrientes de influencia. Todo. Es todo. Comparan mis retratos con La Gioconda y Las Meninas. Incluso, una sala del Louvre lleva mi nombre. Soy el Hijo Predilecto de mi barrio, después de todo. Por fin…
            Ahora ya puedo cerrar los ojos, para siempre. Ahora ya estoy preparado para morir.
Gracias, sombra…
 
FIN