
En 51 años, el director nunca le había llamado al despacho. La secretaria del señor Llach fue a buscarlo a la cadena de producción, a la sala de máquinas. Esteban Sistachs apretaba tornillos y aflojaba tuercas; hacía ya 32 que ejercía esa dignísima tarea.
—Buenos días, Sistachs. Siéntese, hágame el favor —le invitó el director, señalando el sillón vacío ante sí.
—Gracias, señor… —muy asustado, le susurró Esteban.
—Verá. Le he hecho llamar porque, como ya sabrá, los miembros del Consejo apostamos por una política agresiva de renovación de la plantilla. Pretendemos darle otro aire, modernizar la empresa ahora que estamos a punto de cruzar la mítica frontera del dos mil.
—Sí, señor… —afirmó cabizbajo Esteban.
—Por lo tanto —prosiguió el señor Llach—, por esta regla de tres, hemos pensado que usted podría ser uno de los beneficiados de todo ello.
—¿Cómo…? —con ojos de merluzo le preguntó un sorprendido Esteban.
—En este caso concretamente, entregará su puesto de trabajo de forma inmediata: mañana, para ser más exactos —le anunció el director, con una sonrisa de nicotina.
Esteban lo cavilaba todo. Una promoción, me están ofreciendo una promoción, lo que siempre he soñado, concluía, ilusionadísimo, ante la expectativa laboral que le proponía el señor Llach, en persona. Un ascenso, encargado, responsabilidades. Tarde o temprano tenían que acordarse de su número de ficha, de su constancia, de su entrega, de su eficacia fuera de dudas.
—Gracias, señor Llach. No le defraudaré.
Cuando llegue a casa, lo primero que haré será contarlo a la mujer, se prometió feliz. Ya no necesitará tantas pastillas, que me la matarán un día de éstos. Qué bien, exclamaba en off, la señora Gertrudis se morirá de envidia; ¡que se joda, mala bruja!
—Disculpe, ¿qué ha dicho? —le preguntó el director, sin acabar de entender aquel último comentario.
—He dicho que «Gracias, señor» —en pie y con la mano extendida, insistió Esteban.
—Le acabo de despedir. ¿Es que tengo que decirle las cosas dos veces, pedazo de inútil?
Durante unos segundos, perdió el mundo de vista. ¿En la calle? ¿Despedido? Si tan solo tenía 51… Le quedaban, casi, diez para la jubilación. ¿Qué haría, ahora, en aquella nueva situación? ¿Cómo se lo explicaría, a Nieves? ¿Cómo soportaría el chaparrón de reproches de la suegra? ¿Cómo podía encontrar un nuevo empleo si se había pasado toda la vida apretando tornillos y aflojando tuercas? ¿Cómo saldría adelante su familia si solo era un vulgar oficial de segunda?
Cuando llegó a casa, actuó como si nada; un monótono día de su sedentaria vida. Después de comer, la siesta. Más tarde los toros, el paseo y la partida de petanca con el grupo. Una tarde cualquiera; como siempre.
Por la noche cena con la mujer y la señora Gertrudis. Aprovechando la tanda reglamentaria de spots, la suegra le recriminó, entre guisante y guisante:
—Tú escondes algo, Estebancito.
—Ya le he dicho mil veces que haga el favor de no llamarme Estebancito… Pues lo siento, no escondo nada. ¿Contenta? —le contradijo su yerno, histérico por segundos.
—Te pasa algo gordo, ¿verdad, hijo? —hurgó de nuevo la suegra.
—Déjelo estar, Madre. ¿No ve que viene cansado de trabajar? —apoyando a su marido, intervino Nieves.
—Ya te dije que no te casaras con él, que no te convenía este zopenco. Que sabe más la suegra por vieja que por…
—… ¡que por bruja! —acabó el refrán Esteban en su versión más ácida.
—Esteban, por Dios… —sin mucho éxito, sin embargo, intentó calmarlo su mujer.
—Estoy hasta las narices, de tu madre, ¡¿me oyes?! ¡Hasta aquí! ¡¡Los tengo llenos!!
—¡¡Chilla, chilla…!! ¡Que nos enterrarás a todos, vago!! Eres bien igualito al borracho de tu padre, que en el infierno esté…
—Mire, señora Gertrudis…: ¡le recuerdo que ésta es mi casa y, que si no le gusta, la puerta es muy ancha!
Escuchando la retahíla de acusaciones perversas e improperios puntiagudos, Nieves empezó a llorar. Sin mediar palabra, se levantó de la mesa y se encerró en la habitación de invitados.
—¡¿Ve lo que ha conseguido?! —refunfuñó Esteban ante la huida de su mujer.
—Ha sido por tu culpa, desgraciado —contraatacó la suegra—. Me la quieres matar, la única hija que he traído al mundo y me la quieres matar ante mis narices… Podrías hacernos un favor: vete y no vuelvas, querido hijo…
—¡¡La que se irá por la ventana es usted, como no calle de una jodida vez!! —le espetó Esteban recogiendo el mantel.
—¡Todavía no he terminado de cenar! —con un bocado de pan entre los dedos lo denunció la señora Gertrudis.
—¡Pues se fastidia! ¡A dormir, que ya es hora!
—¡Asesino! ¡Me quieres matar de hambre! ¡Torturador! ¡Secuestrador! ¡¡Mal hijo!!
—Y sigue… ¡Que no soy su hijo, caramba!
—Por suerte, Estebancito; por suerte… Te aseguro que si fueras mi hijo, ¡te habría estrangulado al salir de mi coño!
—¡¡A dormir, he dicho!!
—Ya voy, hombre, ya voy… Si me lo pidieras con un poco de amabilidad…
En el acto, la señora Gertrudis deslizó sus manos por los radios de la silla de ruedas. Tomó impulso y se encerró en su habitación. Esa noche no habría culebrón.
Esteban, mientras tanto, fue hasta la habitación donde se había refugiado su mujer. Picó con los nudillos con una brizna de musicalidad. Sin respuesta, sin embargo. Insistió.
—¿Qué quieres…? —le preguntó Nieves, hecha un sollozo.
—¿Puedo entrar, nena…?
—No…
—¿Por qué…?
—Quiero dormir. Ya hablaremos mañana…
—Mujer, ven a la cama, ¿quieres…?
—No…
—¿Ahora me castigas? Oye, que la culpa ha sido de tu madre, lo sabes perfectamente…
—Déjala en paz, ¿quieres?
—Lo siento…
—¿Qué te pasa, Esteban?
—Nada. Mejor te lo explico mañana… —evito la espina el marido.
—Buenas noches, pues…
—Buenas noches, reina. ¿Te has tomado las pastillas?
—Sí…
—¿Todas?
—Que sí…
—¿Te tomarás un par para dormir?
—Ya veremos… No te preocupes más, ¿quieres?
—Buenas noches, mi amor…
La conversación bilateral con la puerta había finito. Se iría a dormir, también. Un día bastante extraño. Primero, la despedida. Y después, la brutal discusión familiar. La suegra, la maldita suegra de las narices. No entendía cómo no la había empujado por el balcón, con silla de ruedas y todo.
29 años casados y aquella vieja decrépita todavía les amargaba la vida conyugal. Y, en breve, cumpliría noventa, la momia. Algún día tendría que abrir paso a los jóvenes; como había tenido que hacer él en la fábrica.
Al día siguiente Esteban se despertó, como cada día, a las cinco y cuarto. Demasiados años esclavizados por el timbre del despertador. También como de costumbre, la señora Gertrudis roncaba como una leona recién operada de las vegetaciones. Iría a ver a Nieves, a comprobar cómo había pasado la noche, sola. La puerta estaba cerrada por dentro. Que duerma, pensó Esteban.
A continuación se afeitó, se tomó el café con leche de desayuno y salió a comprarse el periódico. Fue el primer cliente del quiosco. En un banco del parque frente a casa, se sentó y leyó los sucesos, la editorial, los deportes, la cartelera y las cartas del lector; incluso, se tragó el zodiaco, los números de la suerte y las necrológicas. Consultó su reloj de bolsillo: las nueve. Nieves debía haberse levantado; y la suegra, también.
Tras vaciar el buzón, subió los dos pisos que le separaban de su inestimable familia. Al abrir, ninguna voz le deseó buen día. Solo los chirridos provenientes de la silla oxidada —como ella— de la suegra impregnaban de mala vida el hogar.
—¿Su hija ya se ha levantado?
—No lo sé… Míralo tú mismo, no se te caerán los anillos…
Golpeó a la puerta, de nuevo. ¿Nieves? Nena, abre… Un minuto. Dos. Cinco. Esteban, sin esperar ni un segundo más, reventó la puerta en mil fragmentos, empleando su hombro como ariete. Olor a moho. Subió la persiana. Nieves todavía estaba en la cama. Vestida y con el frasco de píldoras tranquilizantes en una mano; vacío. En la mesita de noche, una botella con un dedo de Agua del Carmen. Se le marcaba un rictus de santa en la cara.
La señora Gertrudis perdía la cordura por momentos. No tenía ningún derecho a reprochárselo. Se sentía culpable. Nieves estaba muy delicada, debería haber tenido mucho más cuidado. Condenada de por vida al viacrucis de píldoras, jarabes y fórmulas de hierbas milagrosas. Ten cuidado, que un día te equivocarás de pastilla y… No puedes tomar alcohol, que te lo ha dicho la naturópata… La pesadilla de Esteban era que su mujer muriera antes que la señora Gertrudis. Aquella arpía motorizada parecía eterna, como la malandanza, como su trabajo en la fábrica.
Pactaron una tregua hasta después del entierro. No se dirigieron la palabra. No se consolaron. No lloraron juntos. Un sepelio de lo más íntimo. Ellos dos y una prima monja que estaba de misionera en Alepo. Aceptó, tras un largo tira y afloja, que la enterraran en el nicho familiar que, más tarde o más temprano, acogería la mortaja de la suegra.
A media tarde llegaron a casa. Se recluyeron en las respectivas habitaciones. Ninguna palabra; ningún comentario; ningún reproche; ningún esbozo de pelea. Esteban no podía conciliar el sueño, de ninguna de las maneras. Se entretuvo hojeando el periódico. Con el revuelo de la ceremonia fúnebre todavía no lo había podido leer. Página tras página, hasta los clasificados. Era necesario que encontrara trabajo, muy pronto. Si no cometería una locura, como su Nieves. Con el lápiz en la oreja, repasó los anuncios. Trabajaría de lo que fuera con tal de empezar de cero; una nueva vida, sin su mujer; y, a poder ser, sin la suegra. De momento, no había ninguna vacante para él. No se daba por vencido, ni mucho menos.
Continuó leyendo, medio maquinalmente, y sus ojos divagaron un rato en el apartado de Compraventa. ¿Por qué no, pensó? Se lo miró con detenimiento. Coches, equipos de música, ordenadores, bicicletas de montaña, laúdes. Todo el mundo vendía, claro. Pero la gracia estaba en comprar a buen precio y que no te dieran rata por conejo. Aburrido, curioseó las Compras. Quizás podía desprenderse de la herencia de Nieves —cuatro trastos desordenados cubiertos de un palmo de telarañas— y ganar el primer dinerillo. Porque la indemnización correspondiente a la jubilación anticipada no duraría mucho y el paro era infrahumano. Se negaba, ¡qué cojones!, a sobrevivir como un indigente el resto de sus días. Y, además, tenía que contar con la señora Gertrudis. Una carga que dañaría, sin duda, su precaria economía.
Se le cerraban los ojos cuando se percató del anuncio. Enmarcado en rojo, en la sección de Compras, textualmente, se leía:
COMPRO SUEGRAS
El corazón, saltimbanqui desbocado, se le precipitaba por la garganta. Había alguien que se dedicaba a comprar suegras, abuelas impertinentes —con silla de ruedas o no—, abuelas a punto de momificarse, hechiceras que se lavaban la cara con formol; como la señora Gertrudis, la cuñada psicópata de Ironside. Durmió abrazado a aquella página del periódico.
A las siete pasadas, llamó al número de la reseña. Una chica, de voz agradabilísima que verbalizaba con acento indefinido, le facilitó día y hora para una entrevista. Esa misma tarde podía ir, si quería. Por supuesto que iría se dijo, entusiasmado, Esteban. No es necesario que lleve la mercancía; con una fotografía de carné era más que suficiente.
Alguna debía haber, en algún lugar… Removió el cajón de los recuerdos de Nieves, ante la mirada atónita de la suegra, que lo observaba desde la puerta. Seguían sin hablarse. Renegaba, la señora Gertrudis. Él, en cambio, no podía aguantarse ni la risa. Encontró una. Salía incluso favorecida, la mala pécora… Seguidamente, se guardó la foto en el bolsillo de la americana, recogió el desmadre y se fue, sin decir ni pío. Ya en la calle, se imaginaba la suegra en el balcón, que lo escudriñaba, que le criticaba, que lo odiaba, que le tiraba escupitajos porque estaba convencida de que iba a ver una mujerzuela… Detuvo el primer taxi en dirección a la Gran Vía.
La oficina estaba en las afueras, en un polígono de la Zona Franca. Tuvo que abonar 12 € —más la propina de rigor— del trayecto. No le dio importancia. Ninguna. Solo pensaba en la ganancia de la transacción comercial. Mira, quizás sacaré 1000€…
Una secretaria —Esteban dedujo que era la misma que le había atendido por teléfono horas antes— lo acompañó a una salita. Sentado en una silla kitsch, los carteles publicitarios que adornaban las cuatro paredes le hablaban en su idioma:
VÉNDETE LA SUEGRA, ¿NO VES QUE SOBRA?
DI NO A LA MADRE POLÍTICA. ¡FUERA LA NEOLÍTICA!
MADRE SOLO HAY UNA. NO ACEPTES IMITACIONES
Una vez leído el último rótulo, sacó la fotografía de la señora Gertrudis y corroboró que aquellas citas le eran totalmente adecuadas. La vendería, se juró. Volvió, al cabo de un cuarto de hora, la recepcionista y le rogó que la siguiera. Dos puertas más allá, llamó. Un hombre de unos treinta y pocos, pero con el cabello blanquecino, le pidió que se acomodara en una de las butacas posvanguardistas que rodeaban el escritorio. Antes de sentarse lo saludó con una efusiva encajada de manos. A continuación, ofreció a Esteban un cigarrillo con filtro, light y mentolado. No, gracias. Bueno, vamos al grano, pues. No le podía mencionar ni su nombre ni la empresa que representaba. Razones de seguridad, le argumentó.
—Mire —tomó la iniciativa el hombre de pelo canoso—, nos dedicamos a la compraventa de suegras, como usted ya sabe. Nos distinguimos por el precio, más que justo, que pagamos: el más alto del mercado. Que encuentra a alguien que le pague más, nosotros le subimos la oferta un 10%. ¿Qué le parece? —le preguntó con un deje entre portugués e italiano, aunque también podría ser murciano.
—¿Y qué hacen con ellas?
—Las volvemos a vender, naturalmente. En eso consiste nuestro negocio. Compramos barato y vendemos caro. Como cualquier otra firma comercial.
Esteban no acababa de compilarlo del todo. A ver, ¿cómo alguien podía querer a la suegra de otro? No jodamos, eso es de frenopático…
—No se extrañe tanto, señor Sistachs. Le puedo jurar que es lo más normal del mundo.
—¿Quiere decir…? No puedo imaginarme a nadie que quiera a mi suegra, se lo aseguro. Y encima, pagando… No me entra en la cabeza, de verdad.
—Eso es porque usted no conoce el mercado. La inflación. El PIB. La coyuntura. El euro. Seguro que no sabe cuántos clientes tenemos…
—No sabría decirle…
—Mil —informó el hombre de negocios.
—¿Al año? —preguntó Esteban, poco receptivo en aquellos asuntos de suegras arriba y abajo.
—¡Al día, estimado señor Sistachs!
—Pero, escúcheme, veamos… ¿Quiere decir que hay tanta gente que busca a una suegra?
—Por supuesto, dónde va a parar… Además, también tiene que tener en cuenta que exportamos e importamos. No conocemos límites ni fronteras: todas las razas, todas las culturas, todas las religiones; en definitiva: suegras de todo el mapamundi.
Era inaudito, de verdad. Si lo había entendido bien, la señora Gertrudis ¡podía ir a parar a Andorra!
—Y quién podría estar interesado en mi suegra —con el miedo en el cuerpo se atrevió a plantear Esteban.
—¿Cuántos años tiene la señora?
—Ochenta y nueve…
—Huy, éstas van buscadísimas. Me las quitan de las manos, oiga. Sepa que hay muchas personas en el mundo, muchas más de las que se pueda llegar a imaginar, que han perdido, por desgracias de la vida, a su madre y buscan, a la desesperada, a una sustituta, a una segunda madre; a una suegra, en una palabra.
—¿Está seguro…?
—A montones. No me durará ni un día, ya le digo… Por cierto, ¿nos ha traído alguna fotografía reciente?
—Sí, una. Tenga… —se la acercó Esteve.
—Todavía tiene presencia, ¿verdad?
—Hombre, si usted lo dice…
—Y, dígame, señor Sistachs… ¿Es muy gruñona?
Ahora es cuando me la mete doblada, pensó Esteve.
—Un poco… A veces… se cabrea… Pero nada, se le pasa enseguida, ¿sabe…?
—¡Perfecto! ¡Inmejorable! ¡Estupendo! Le felicito, de verdad, señor Sistachs. Haremos un buen negocio usted y yo…
—¿Ah, sí…?
—Mire, esta mañana mismo nos ha llegado, por correo electrónico, un pedido. Un iraní, afincado en Múnich, está como loco por adquirir una suegra occidental, blanca, de entre 75 y 100 años y que casque por los descosidos. ¿Se da cuenta? La suya es idónea. No hablemos más… ¿Cuánto quiere?
—Mire, es que hay otro problema… —cortó la firma del cheque con un arranque de timidez Esteban.
—¿Cuál? No querrá echarse para atrás, ahora…
—No, no es eso, no… Es que mi suegra está… cómo decirlo… impedida. Depende de una silla de ruedas, ¿sabe?
—¡Ningún problema, hombre, ni uno!
—¿Cómo dice?
—Pues que el iraní este que le digo resulta que es veterinario. Ya me dirá usted dónde está el problema… Pero volvamos a los negocios: cuánto, ¿por favor?
—No sé qué decirle… la verdad…
—Mire, le seré franco, señor Sistachs… Usted me cae bien, si me permite que le diga. Tenía previsto ofrecerle un precio estándar, pero en este caso haré una excepción y subiré un 25%: 15. 000 €.
—Perdone, ¿ha dicho…?
—16. 000 €. Ni un céntimo más —confirmó el representante comercial al tiempo que estampaba Por Poder.
Un cálculo tras otro. Se le iba la cabeza. Con ese dinero y lo que sacara de la venta del piso podría irse a vivir a la montaña; o montar un negocio, un estanco, por ejemplo; o volverse a casar con una muchacha que lo mimara a todas horas. Podría hacer lo que le apeteciera.
—¿Qué? ¿Qué me dice, jefe?
—¿Cuándo dice que se la tengo que traer?
—Usted no se preocupe por eso. La iremos a buscar nosotros. No es necesario que sufra lo más mínimo. Deme la dirección, si es tan amable…
Mientras caminaba de arriba a abajo por el pasillo de su casa, parecía que las paredes le iban a escupir el estucado a cada paso. Lo pasaría bastante mal, era consciente. Se había acostumbrado a compartir las penas con aquellas dos viejas. Añoraba las disertaciones, los insultos, los portazos. Se iría de ahí al día siguiente.
Una vez hecha la maleta —cuatro trapos amarillentos, un traje ramplón y dos corbatas de duelo—, Esteban cenó un arroz hervido con dos pastillas de Avecrem, una tortilla francesa —de dos huevos, por fin se lo podía permitir— y una manzana golden desmigajada con rallador. A continuación, se estiró en el sofá —antes de tres plazas, ahora tan solo de una— y zapeó hasta que se entregó a un sueño pintado de calabaza en el cual la banda sonora era su clásico ronquido de tarde. Al cabo de una horita larga, sobresaltado, se levantó de un brinco, cayó de rodillas y escuchó, entre acojonado y purgado, el suceso de ultimísima hora que narraba el presentador del Telediario Noche:
Buenas noches. Tenemos que anunciarles un suceso terrorífico, apocalíptico y terriblemente inhumano. Miembros del cuerpo especial de los Mossos de Esquadra encargado de los delitos sexuales han desactivado una red de prostitución de la tercera edad. La banda, que actuaba en diferentes ciudades de Catalunya, como Barcelona, Badalona, Hospitalet y Puigcerdà, estaba liderada por el súbdito belga, con pasaporte serbio, René Scifo-Ceulemans, conocido por el apodo de monsieur Burdel, detenido hace escasamente dos horas, en compañía de su colaboradora habitual que se hacía pasar por su secretaria. El cerco policial, iniciado el pasado verano, ha concluido satisfactoriamente esta noche en un polígono de la Zona Franca, donde los mafiosos del sexo habían instalado su base de operaciones. A pesar de todo…
¿Qué estaba diciendo ese desgraciado de medio pelo? ¡No, no podía ser, de ninguna manera, hombre! Ya lo entendía, era una película de terror de ésas que echan de madrugada… Pulsó los botones del mando a distancia. El 5. El canal era el correcto. En la pantalla, arriba a la derecha, se apreciaba, claramente y sin duda posible, una fotografía del cabecilla de la banda, el tal René. Era él, el hombre de pelo blanquecino que le había firmado, horas antes, un talón por valor de 16.000 €. Se había confiado como un bebé en el pezón de su madre. Y le había salido fatal; peor, imposible. Su Nieves no se lo perdonaría jamás, ni estando muerta.
Esa noche, sin embargo, no pudo pegar ojo. Incluso le tentó probar las pastillas de Nieves, pero desistió, en principio. Todavía pensaba vivir muchos años. Disponía de todo el tiempo del mundo para recuperar las horas de sueño. Además, tal vez había hecho un favor a su suegra: al menos ahora debía disfrutar, algo más, de los placeres de la ingle.
Se estaba orinando.
Tras una ligera sacudida, se dirigió a la cocina. Agua fresca. Un vaso lleno hasta arriba. Se le escurrió de entre los dedos. No, no podía ser. Ante él. Era ella. En la puerta de la cocina. Parecía mucho más joven incluso. Pálida; azulada; transparente. Bailaba descalza, despeinada y sin maquillar.
—¿Nieves…?
Una sombra silenciosa.
—¿Nieves…?
—Ya te he escuchado a la primera, Estebancito. ¿No ves que me estaba haciendo la misteriosa, pillín mío?
—Lo siento, vida. Perdóname, por lo que más quieras… Ya sabes que no le quería ningún daño, a tu madre. Te lo juro, por los hijos que nunca hemos tenido…
—¡Calla, pedazo de burro! ¡Que eres más tonto que la madre que te parió!
—Pero, Nieves, ¿dónde has aprendido esas groserías de pescadera?
—¡Que te calles, te digo!
—Pero, mujer…
—¡Ni mujer ni hostias en escabeche! ¡Asno, más que asno!
—Pero, nena, qué te pasa, qué…
—¿Que qué has hecho, preguntas, cabrito?
—¿Por qué has venido, querida?
—Para decirte que eres burro, nene, ¡pero burro de tirar! Si te hubieras hecho un poco más el remolón, habrías sacado, como mínimo, 25.000 €, ¡¡tonto del culo!!
FIN