
Un día, más o menos, como ayer —o pasado mañana— Milagros abrió la herboristería que ella misma regentaba. En cuanto a su marido, funcionario de carrera —de aquellos que a menos cinco ya estaban en la puerta a la espera del silbido de la campana con el fin de llegar a casa y continuar sin dar palo al agua—, murió al día siguiente de la inauguración del humilde comercio dedicado a las hierbas curativas, los jarabes naturales y los condimentos faltos de añadidos sintéticos, justo cuando estrenaba la apacible jubilación anticipada. Así pues, Milagros, gracias al cobro del seguro de vida de su marido y con la ligera ayuda de la exigua pensión de viudedad, se arriesgó y montó el negocio que toda la vida había soñado: una tienda en su barrio, incluso con mostrador. Ella, además, siempre estaba gritando a los cuatro vientos que era un poco bruja —su marido, en paz descanse, no estaba muy de acuerdo: él decía que era muy bruja— y que poseía el don de curar con sus propias manos todo tipo de males menores, desde resfriados, cólicos nefríticos, ardor de estómago, aliento fétido o reuma.
Pero lo que de ninguna manera lograba sanar era la migraña que le retumbaba en la sien desde que regresó del cementerio de enterrar a su amado Bonifacio.
Todavía hay vecinos que preguntan por él, pero ella se apresura a dejar muy claro que no pudo hacer nada, absolutamente nada, para salvarlo, ya que su difunto marido era carnaza de barra de bar. «Bonifacio, no te tomes tantos carajillos, ¡que ya verás la presión, ya!», le regañaba cada tarde su viuda; hasta que reventó de una embolia mientras dormía la siesta.
Hace cosa de medio año, Milagros incorporó a la tienda el surtido completo de productos de dietética. Y fue un acierto rotundo: las ventas se multiplicaban. Todo un punto a su favor, ya que al lado de su comercio tenía a la maldita competencia. «Mira, tiene que haber de todo en este mundo», se lamentaba la mujer metida en la piel de dueña. Pero este hecho no era un impedimento para que la tienda fuese una riada continua de clientes, de todas las edades y talantes, que le pedían consejo para aliviar un dolor cualquiera o para que les recomendara una dieta naturista.
En el centro del mostrador, a un palmo de la caja registradora, estaba el patrón de los vegetarianos, macrobióticos y antifármacos: san Iverio, quien se ha acabado convirtiendo, desde la repentina muerte de Bonifacio, en su compañero, confidente y quitapenas.
Ese viernes primaveral, sin embargo, el dolor de cabeza era más punzante que nunca y no estaba para hostias en caldo bautismal. No obstante, tenía que despachar a los clientes habituales a su cita la víspera del fin de semana.
La primera clienta del día era, como de costumbre, la señora Dolores, que llevaba en aquella temprana hora a sus nietos a la escuela.
—Buenos días, señora Milagros.
—Buenos días, señora Dolores. ¡Sus nietos cada día más guapos!
—Sí que es verdad, sí… —le confirmó la abuela mientras acariciaba los rizos intrépidos de los hijos de su hija.
—¿Quería algo? —le preguntó Milagros con ganas de airear a la pesada de turno.
—Pues sí: deme tisana de aquella, la del dolor de barriga.
—¿No se encuentra bien?
—No mucho, no: me muero de descomposición, ¿sabe?
—Será cosa de la primavera: alguna alergia.
—Si lo que pasa es que me vuelve loca la fruta…
—¿Pues cuídese, eh?
—Sí, sí, sí lo haré, sí…
—Y hágaselo mirar —le recomendó la herbolaria.
Al cabo de un segundo justo después de despedirse, la señora Dolores escoltada por sus dos nietos —que ya empezaban a estar hasta los rizos de tanto ir arriba y abajo— volvió a cruzar la puerta de cristal del herbolario.
—¿Qué se ha dejado?
—Nada: que me había olvidado de comentarle si ya ha visto los carteles de publicidad del depravado que tiene aquí al lado, el señor Antonio y la arpía de su mujer.
—¡Por supuesto que los he visto! —se alarmó Milagros, toda sofocada.
—Niñas casi desnudas. ¡Qué indecencia!
—¡Tal y como Dios las trajo al mundo!
—¿Sabe qué le digo?: que este hombre es un padrastro —sentenció la señora Dolores, bajando la voz para que sus nietos no pescaran ni una.
—Eso mismo: un padrastro.
—Vamos, adiós muy buenas.
—Adiós muy buenas, señora Dolores. Adiós, niños…
A media mañana, fijo como un clavo oxidado, la visitaba el señor Maldonado, un flamenco jubilado que la cortejaba sin mucho éxito.
—Buenos días, señora Milagros —le anunció el viejo, todo ternura.
—Buenos días, señor Maldonado… —le contestó la dueña, intentando hacerse la remolona.
—¿Qué, cómo vamos hoy?
—Pues más o menos como ayer…
—Ay, ¡usted siempre tan invertida! —le soltó al fin Maldonado, aficionado a la dislexia.
—¿Perdone?
—Introvertida: quería decir introvertida, mil excusas…
Rojo como un salmón saltarín, el señor Maldonado volvió a intentarlo.
—¿Sabe a quién he visto en el bar?
—No.
—Al señor Antonio.
—¿Y qué es de su mala vida?
—Nada: carajillo arriba, carajillo abajo…
—¿Todavía se los hace de…?
—… Sí: de Agua del Carmen, pobre…
—Este acabará peor que mi Bonifacio, mire lo que le digo…
—Tiene toda la razón, señora Milagros. Bueno, ¿sería tan amable de darme una caja de píldoras para el dolor de garganta?
—¿Para chupar?
—Sí. De miel, si tiene.
Después de pagar, se despidió de la anfitriona.
—Agradecido. Hasta otra, buenas tardes…
—Hasta mañana, señor Maldonado, hasta mañana…
Y el dolor de cabeza que no cesaba: era como si tuviera una apisonadora industrial entre los ojos…
La señora Milagros siempre recogía la parada a las ocho menos cuarto. Así, si tenía que llevar a cabo algún encargo o comprar algo que le hiciera falta, podía llegar a tiempo.
Pocos minutos antes de bajar la persiana metálica, entró otro de los clientes habituales. Es Chimo, el chico todo-deporte, como le llama la herbolaria. Cuando lo veía acercarse a la tienda, se angustiaba de mala manera: hablaba por todas las articulaciones. Ya llevaba un buen rato hablando, cuando la señora Milagros se digna a prestarle atención.
—… Pues como le iba diciendo, señora Milagros, ayer encesté diez triples y paré tres penaltis. Sí, lo que oye. Me convertiré en el primer jugador de baloncesto y portero de fútbol, al mismo tiempo, de la historia del deporte. Un fenómeno mundial, una figura mediática, una estrella universal. NBA, Liga de Campeones, éxitos y más éxitos…
—Oye, rey —le interrumpe la Milagros, con la migraña a punto de arrancarle la cabeza de raíz—-: me parece muy bien que pretendas ser más bueno que el Buscató y el Gato Fernández juntos, como te habría dicho mi amado y ausente Bonifacio, pero es que hoy, precisamente hoy, tengo un poquito de prisa, ¿sabes, guapo?
—Ya me voy, ya, tampoco hace falta que se ponga así…
¡Aleluya!
—Por favor, deme una caja de Bisagra Junior Megaplús.
—¿Verdad que te va bien?
—¡Qué diferencia! Antes, con el Farmatón Comples no llegaba vivo ni a media semana. Por cierto, que el señor Antonio ha puesto un póster en su tienda de una tía en toples que tira de espaldas…
—¡Pedazo de pervertido!
—Señora, que ya tengo dieciséis años…
—¡Ni dieciséis ni dieciocho! Estas cosas en el matrimonio, ¡sin entretenerse y sin hacer cosas raras! ¡¡Ea, y ahora márchate de aquí, que todavía me cerrarán la paradita por tu culpa!!
Por fin, ya se había ido. Seguidamente la señora Milagros vació la caja registradora, bajó la puerta de hierro y cerró el candado. Llevaba el santo entre sus brazos, como cada noche. Acto seguido, miró las agujas del campanario: las ocho y cinco. Tenía que darse prisa, más que nunca. Seguro que la encontrará cerrada. Todo por culpa del Chimo de los cataplines. No, no podía llegar tarde, de ninguna de las maneras. ¿Pero qué demonios haría si la encontraba con la puerta en las narices? No lo resistiría. Se volvería completamente loca. Como su Bonifacio, que en el Cielo esté…
La banderola luminosa ya se había apagado. La lámpara verde se había fundido, del todo. El boticario, don Antonio, y su esposa, la señora Remedios, ya caminaban callejón abajo. Mientras tanto, Milagros vigilaba la desafortunada escena y comenzó a refunfuñar y a remaldecir a su cliente deportista y a su puntual vecino de negocio.
Finalmente, Milagros abrazó a san Iverio y le confesó al oído:
—¿Y ahora qué haré con esta migraña que no me deja ni rezar el rosario sin equivocarme? ¿Sabes, Iverio? Me parece que me voy a hacer una tortilla de Valium y Nolotil, con un poco de bicarbonato, y mañana será otro día, ¿no crees…?
FIN