MENTIRAS Y SECRETOS      Octavi Franch
 
—Pues sí, señorita, cómo le iba diciendo… Hace unos días que no me encuentro muy bien, nada bien si le tengo que ser sincera… Me duelen todos los huesos. Siento como el alma se me va… Ay, que me parece que la muerte me ronda… Sí, señorita: se lo digo de verdad, tal como lo siento. Pero no se asuste, ¿eh?
            »Ya he vivido bastantes años, ¿no le parece, hija? Demasiados años que llevo escondiendo la verdad a mis hijos… ¿Que no soy tan vieja? ¿Cuántos años se piensa que tengo, señorita? ¿Cuántos dijo? Ay, disculpe que se lo haga repetir, pero es que de esta oreja no oigo mucho, ¿sabe? Un recuerdo de Ramón… Sí, eso ya se lo contaré después, más tarde. Pues como le decía… ¿Cuántos ha dicho? No, mujer, no. Tengo unos cuantos más, bastantes más. ¿Cuántos tengo? Los suficientes para ser su abuela. ¿No se lo cree? Mira, esta sí que es buena…
            »Sí, tiene razón: ya está bien de palabrería. Bueno, como le decía. He venido a este despacho de abogados a dejar, por escrito, mi última voluntad. Ahora, que sé que la muerte me acosa, ha llegado la hora de decir la verdad. Usted, señorita, ponga bien la oreja. Sí, ¿está preparada? Pues empecemos cuando le parezca. ¿Ya? Muy bien. Empiezo pues…
            »Mire, yo se lo cuento a mi manera y usted toma nota cómo le apetezca. Como la muerte me vendrá a buscar pronto… ¿Usted cómo se la imagina? La muerte, quiero decir. ¿No ha pensado en ello? ¿Qué me dice? ¿No? ¿Nunca, pero nunca? Claro, usted es tan joven… Me hago el cargo. Pues yo sí que lo pienso, a menudo. Sí, señorita. Y sobre todo ahora, que puedo olerla, de cerca. La muerte, digo.
            »Como le decía, señorita… Tengo cuatro hijos, ¿sabe? Pero solo tres saben que yo soy su madre. ¿No lo entiende? Ahora se lo cuento. Tres niños y una niña. La niña es la que no sabe que yo soy su madre. Ella es la mayor. Mire, mi marido, Ramón, murió, por suerte, hace más de cincuenta años. Se fue a hacer la siesta y ya no se levantó. Ramón era mi marido, pero no el padre de los niños, solo de la niña. Era diabético, ¿sabe? Un buen día tuvo una subida de azúcar, muy fuerte, y quedó estéril. Ocurrió al poco tiempo de casarnos. Aún tuvo tiempo para preñarme, una vez: la niña. ¿Quién es el padre de mis hijos, de los niños? Vamos por partes, señorita… Le prometí, a él, que no lo delataría nunca. Nunca. Pero sí puedo, y quiero, decir que ha sido el único hombre que he amado. Sí, señorita. Todavía está vivo. Ya veo que no entenderá nada si no se lo cuento todo, desde el principio. Veamos…
            »Me casé muy joven. Era una niña que había hecho la comunión hacía dos días, como quien dice. No estaba enamorada de Ramon. No lo amé nunca, de hecho. Solo quería irme, lo antes posible, de casa de mis padres adoptivos. Mis hijos no llegaron a conocer a sus abuelos maternos. Le puedo asegurar que no se perdieron gran cosa. Me trataban a palos. Sí, señorita: a palos. Como si fuese su esclava. Una criada es lo que querían que fuese, lo que esperaban de mí. Ahora ya puede hacerse el cargo por qué me casé, tan joven, con el imbécil de Ramón, ¿verdad? Empecé a odiarlo, a Ramón, el primer día como marido y mujer en la noche de bodas. Esa noche, de rayos y truenos, me violó una y otra vez. Le suplicaba que se detuviera, que me hacía mucho daño… Pero él no paraba. Me asusté, de verdad, cuando me di cuenta de toda aquella sangre que brotaba sin parar… No llore, señorita, se lo ruego. Él, Ramón, me amenazaba, ¿sabe? Me llamaba todo el tiempo: ¡Cállate, puta! Aquí se hace lo que yo diga, ¡pedazo de perra! Y así fue toda mi vida, desde el día que se me pasó por la cabeza decir Sí delante del Señor. Ramón, cuando se cansaba de manosearme, me pegaba. Y no con las manos abiertas, sino con los puños. Era un machote, Ramón…
            »Tenga, señorita, ¿quiere un pañuelo de papel? ¿Ya se encuentra mejor? Disculpe, pero necesito quitármelo de dentro, ¿sabe? ¿Puedo continuar? ¿Sí? Gracias. Pues mire, al año de habernos casado tuve la desgracia de quedarme en estado. ¿Por qué he dicho desgracia? Porque aquella criatura que salió de mis entrañas era una niña, como se lo he dicho antes. ¿Y qué? Pues que Ramón quería un heredero, un niño, un Ramoncín. ¿Me entiende? Pues la rechazó, tal y como era de esperar. No la aceptó. No la reconoció como hija suya. Se negó, en redondo. No hubo forma de que cambiara de opinión. Le dije que no se lo permitiría. Y entonces me dio una buena paliza. Estuve una semana en el hospital. Cuando salí, había perdido el oído de la oreja izquierda y empecé a cojear, agarrada a una muleta de por vida. No se emocione, bonita. Ay, pobrecita…
            »Aprovechó mi estancia en el hospital para terminar el papeleo. Sí. Me obligó a darla en adopción. ¿Cómo lo hizo? ¿Cómo pudo obligarme? Me juró, y nunca juraba en vano, que si la niña se quedaba un día más en su casa, la estrangularía con sus propias manos. Sí, eso dijo. Y lo habría hecho, se lo aseguro. Por eso accedí. No, no la perdí para siempre… En algo tenía que tener suerte, ¿no le parece? Al cabo de unos meses, horas y horas llorando su ausencia en la cuna, averigüé quién le había dado unos apellidos y un techo. Me puse en contacto con ellos. Fueron muy amables y comprensivos a la vez. Me dijeron, también, que podía ser, si así lo deseaba, una especie de tía para la niña. La única condición que pusieron era que yo jurara que nunca le diría, a la niña, la verdad. Y así lo hice, no tenía otro remedio. ¿Quién me dijo que eran los padres adoptivos de mi hija? El cura del barrio, el padre Pablo. Después de implorarlo a la madre adoptiva de mi hija, me lo confesó. Me ayudó muchísimo. Pero eso fue más tarde, luego se lo cuento…
            »Fui al bautizo de la niña. No podía faltar. Fue justo al día siguiente cuando Ramón sufrió la subida de azúcar que lo dejó estéril. Él no lo supo nunca. Que había quedado estéril, quiero decir. El médico, el de cabecera, me lo dijo solo a mí. Conocía bastante bien el carácter de Ramón como para arriesgarse a que le montara un sarao en la consulta. No se lo dije. Ya veo que sonríe, señorita. Ya sé que se alegra. Yo también lo hice, se lo aseguro… El doctor pensaba que yo se lo explicaría, con pelos y señales, cuando llegáramos a casa. Pero callé. Se la debía. ¡Por supuesto que se la debía!
            »Ramón, sin embargo, se medio recuperó, por desgracia. Me seguía amargando la vida con sus arrebatos. Suerte tenía de poder ver, de vez en cuando, a la niña. Una noche me planteó buscar un lugar donde refugiarme, donde desahogarme, donde poder hablar con alguien que me escuchase; alguien que no quisiera solo follarme, alguien que no me humillara a todas horas, alguien que no fuese como Ramón. Volví a ver al padre Pablo. Aquel hombre me volvía a escuchar, me volvía a ayudar, me volvía a salvar la vida. En el confesionario encontré la felicidad que en casa se me negaba, que necesitaba para sacar adelante mi vida. Para acabar de arreglarlo, los tres niños estaban a punto de venir a este mundo. A Pablo, al padre Pablo quiero decir, le contaba todos mis problemas. Él siempre me escuchaba, siempre. Nunca tenía un no para mí. Me ayudó tanto…
            »No tardé mucho tiempo en conocer al hombre que me dio la vuelta al entendimiento, que me perdió. En aquella época, Ramón había cambiado mucho. Todo fue a raíz de que naciera Pepe, mi hijo mayor; tiene los ojos de su padre… Al cabo de dos años, Javi; este siempre se ha parecido más a mí. Pasaron tres años más y quedé embarazada de Cisco, el niño de la casa. Los tres llenaron el hogar de alegría. Ramón siempre estaba de buen humor cuando los niños estaban cerca de él. ¿A usted le gustan los niños, señorita? ¿Verdad que sí? Ya me parecía a mí. ¿Aún no tiene? ¿No está casada? Qué lástima… Aunque debe haber demasiados crápulas como Ramón… No se ría, no: estoy convencida de ello.
            »Pues sí. Me enamoré del príncipe Azul que siempre había soñado. Pero aquel hombre perfecto tenía un pequeño defecto: estaba comprometido. Sí, chica, sí. Él había jurado amor y fidelidad hasta la muerte.
            »No pude hacer nada. Solos amarle cada noche como si fuese la última vez. Ya lo sé: era un amor prohibido, un pecado. Pero el Señor lo aprobaba. Él era testigo de nuestro amor puro. Un amor, ciertamente, que se encontraba por encima del bien y del mal, del cielo y del infierno. Lo que nunca podré olvidar, aunque me lo propusiera, es la primera noche que hice el amor con él; por primera vez en mi vida… Él me hizo descubrir el amor de verdad, el de pareja. Él también era virgen, como yo. Nunca había tenido novia ni nada parecido. Los estudios o las mujeres; no pudo elegir. Pero, años más tarde, sí lo hizo. Cada vez que pienso en ese intercambio de besos, de caricias, de gemidos… Me sentí mujer por primera vez desde que nací.
            »Los tres niños, Pepe, Javi y Cisco, por su condición de futuros hombres, fueron aceptados con deleite por Ramón. No los abandonó como a la niña. Además, estaba orgulloso porque decía que se parecían más a él que a mí. ¡Pedazo de burro! Aprendió rápido, sin embargo, a hacer de padre. En algunas cosas tenía traza y todo, el mal nacido… Se comportaba, cuando quería, como un padre de verdad, dulce y sensato. Cuando apenas comenzaban los niños a ir a la escuela, lo despidieron de la fábrica por bajo rendimiento, por culpa del azúcar. A partir de ese momento, se pasaba todo el día en casa. Refunfuñaba por todo y me clavaba una torta más que otro. Ah, eso sí, cuando los niños llegaban del colegio, se le pasaban todos los males. Le encantaba ayudarles a hacer los deberes. Siempre iban un poco más avanzados que el resto. Poco a poco, sin embargo, Ramón se fue marchitando. Hasta que llegó la tarde en que ya no despertó. Fue el final de diecisiete años de matrimonio, diecisiete años de horror. Los niños eran pequeños y no recuerdan casi nada. El mayor, un poco, pero tampoco se esfuerza. Nunca lo han echado de menos; yo, tampoco.
            »Si voy demasiado deprisa me lo dice, ¿eh, señorita? No, como no dice nada… No tiene nada que decir. Pero no llore más, por el amor de Dios…
            »Lo que empecé a hacer, después del funeral de Ramón, fue llevar a los niños a misa cada domingo. Me hacía gracia que el padre Pablo los viera y los aconsejara, como solo él sabía hacer.
            »¡Ay, que me dejaba la niña! Pues mira, ha ido creciendo y hoy en día se ha convertido en una mujer triunfadora. Sus padres adoptivos le han dado una buena educación, la mejor. No se han estado de nada. El padre Pablo ya se preocupó de que la acogiera una buena familia. Ha ido a la universidad y todo. Está terminando derecho, quiere ser abogada. Quiere defender a mujeres maltratadas; si ella supiera…
            »Nunca le he dicho quién soy en realidad. No puedo hacerle eso. No quiero destrozar esa familia, los amo demasiado. Ella, la niña, es muy feliz y ya me está bien. Además, la veo a menudo. Me quiere como si fuese una segunda madre. Me dice madrina. Es preciosa. Se parece a mí, de joven. Cuando me ve, dice que es como encontrarse ante un espejo del futuro. Tiene gracia, ¿verdad?
            »¿Qué le digo del padre de los niños? Pues que aún vive, por supuesto. Es un hombre muy conocido y respetado en la ciudad. Trabaja en una empresa muy importante, la más importante, de hecho. No, no le puedo decir el nombre, lo siento. Se lo prometí. Es una empresa de demasiado renombre y se organizaría un escándalo de Dios si se lo dijera. De él, solo puedo decirle que todo el mundo, los peces gordos, quiero decir, le piden consejo. Incluso el alcalde, ¡imagínese! ¿A qué se dedica? Pues eso, a dar consejos. Sabe escuchar a la gente como nadie. Sí, eso mismo, una especie de psicólogo. Mire, ¿sabe qué? Hace tan bien su trabajo que le han propuesto un cargo en la central, en Roma. ¿Cómo lo sé? Me ha enviado una postal. Sí, todavía estamos en contacto, por supuesto… Siempre que hace un largo viaje, me envía una. Lo añoro tanto… Echo de menos su uniforme, negro, sobrio; la intimidad, las velas; la bendita agua de su fuente sin fin; y cuando se quitaba la cruz que llevaba en el cuello para hacerme el amor… Qué pena que la niña no sea de él, qué le vamos a hacer… Nadie es perfecto. Dios, a veces, también se equivoca. ¿No le parece?
            »¿Cómo dice, señorita? Ah, ¿me tengo que ir? Sí, ya debe ser muy tarde… Ha pasado mi hora. ¿Le sabe mal? No, mujer, tranquila, no sufra por ello. Bueno, pues, me parece que no me he dejado nada, ¿verdad? Sí, como le he dicho antes: quiero que este papel, este documento, pase a manos de mis tres hijos cuando muera. La niña, desgraciadamente, no sabrá nunca la verdad, a no ser que sus padres adoptivos se lo confiesen, algún día. Veamos, ¿dónde tengo que firmar? ¿Aquí? Muy bien, todo arreglado pues… Muchas gracias, por todo, señorita. Adiós. Adiós, buenas tardes tenga…

FIN