PENUMBRAS DE ARGENTO Octavi Franch

Llovían rayos de tiniebla
cuando me escupiste
las claves del futuro.
Todavía llueve,
pero la oscuridad
ya no charola el horizonte;
ahora, la negrura
me hollina la almohada.
  
El cielo de la claraboya
continúa ennegrecido
por las lágrimas de anoche.
Llanto de telarañas
que me coagula
el fin de semana,
sobredosis de melancolía
estrujando recuerdos
en blanco y negro.
Vuelve a llover…
  
A medianoche, una enclenque viruta
de la lluviosa mañana se ha suicidado en la pecera.
Era la última señal
de tu no retorno,
de tu homicidio verbal,
de tu misa de despedida.
Me he quemado con dos velas;
el candelabro, empero,
ya no está.
  
Diviso el ecuador
de la agenda de tapa sola
con un deje de soledad
que me hiela la memoria de los amigos.
Las abuelas me han cocinado
un tablón que olía a nicho,
a cama sin ti,
a besos mordidos.
Aún me queda
la pesadilla del mediodía…
  
Siento como las olas de viento
me acunan
mientras uñeo postales
de un cliché que te escondí
en el desván de mi
ingenio de amante con
ornamentos capilares.
Entonces, un miedoso cuerno
ya empezaba a flotar…

Preámbulo de fiestas
en la raya de la mar,
esta tarde pasearé
con la mano vacía.
Chapotearé dentro
del charco aguado
de nuestra estima,
nuestro colchón ahogado
por tu adiós
con maletas de febrero
y alambres
de playa tendida.
 
Hoy pienso cantar
con la lengua atada
por tus exabruptos
de hada de burdel.
Montaste al unicornio,
volaste con el dragón,
cabalgaste con el pegaso;
pero infestaste
el laberinto del minotauro.
Inclusive,
se me han herrumbrado
los cuernos…
 
Me han repudiado
de la iglesia
porque Dios
ya no cree en mí.
En las cloacas,
empero,
un ángel que te conoce
me ha confundido
con un mártir
que murió cuando
tú me mataste.
El ángel y yo
nos estamos emborrachando
a sorbos de hiel.
 
He robado un perro
para que me ladre,
como tú.
Y dos gatos,
para que me ignoren,
también como tú.
Devoro peces vivos:
quiero atragantarme
con espinas móviles,
como cuando
te roía el anfibio.
Cuando sueño,
me cubro tan solo
un ojo;
así acorto la mitad
de nuestras pesadillas.
Acabo de incendiar
lo espurio
del calendario eterno.

FIN