
Un escalofrío le recorría con avidez el espinazo. El presagio era diáfano, nítido, sin margen de error. Esa noche vería a su padre.
Sonia refunfuñaba frente al espejo de su dormitorio. Estaba terminando de pulir los últimos detalles de su uniforme de sábado. Le obsesionaba la impecabilidad de la vestimenta. Se había puesto, como siempre, el traje de látex, bien ceñido, y unas botas de charol, altas hasta más arriba de las rodillas; un casco integral completaba el vestuario. A continuación, repasó las pinceladas de maquillaje que le embadurnaban la cara. Aprobó todo ello con una sonrisa preñada de oscuridad.
Tras pulsar el estárter, desprendió el caballete y giró la muñeca derecha. Acto seguido, se engolfó en medio del enjambre de metal que circulaba por el Ensanche. Era la hora de las brujas. Y ella cabalgaba su custom, la herencia de su padre.
Ronda del Litoral. Salida Potosí. Un par de calles más allá y llegaría.
Una espuma jarabeada y satinada se extendía por el callejón, amarándolo de una densa nocturnidad. Empalagado y empapado por la humedad, un gato negro maulló ante el estruendo de la Harley. En ese preciso momento, Sonia se deslizaba por los adoquines del pasaje como plastificada en vaselina. Apenas delante de la puerta, una farola tosió miradas sin sentido. La puerta chorreaba barniz pútrido. Se quitó el casco y los guantes. Un chirrido, aturdidor, se le lanzó encima rodeándola. Era el signo inequívoco de su cautiverio.
En la entrada, un par de vigilantes mastodónticos la saludaron. Todo el mundo la respetaba, aunque había quien la trataba de loca. Los dos guardias arrullaban, cada uno, la cabecita de un inquieto Dogo argentino. Después de cruzar el umbral, Sonia se adentró por una escalera de caracol, profunda y angosta. Un goteo continuo y perpetuo la acompañaba por el camino. La única luz provenía del lugar que estaba al final de la escalera, desde donde se escuchaban los primeros griteríos. Un hálito fétido roía las entrañas de todos los jugadores. Ella, sin embargo, ya no se daba cuenta; demasiado tiempo olfateando los aromas de la muerte.
Humo. Niebla. Algarabía. Ninguna bombilla en el techo. Tan solo una serie de candelabros, alineados de cualquier manera. Y docenas de velas, candelas, bujías y cerillas. El último escalón desembocaba en el anfiteatro. Hacía muchos años, había sido un balneario metropolitano. Las paredes todavía continuaban adornadas con un sinfín de escenas marítimas: delfines que saltaban, sirenas que cantaban melodías de pasión, Neptuno que trinchaba tiburones con su tridente majestuoso y un banco multicolor de peces que agitaban las branquias al compás de las corrientes oceánicas.
Los asientos se iban llenando; antes de que estallara el juego, estarían a rebosar. Como siempre, como cada noche de sábado, Sonia levantó la vista y se ensimismó, una vez más, con los colores de la noche. Caminó con paso firme hasta la alfombra que envolvía el espacio reservado solo a los jugadores: a ella y al pobre pipiolo que despellejaría en un santiamén. Era el lugar vacío donde antes estaba la piscina. Esperó sentada en su rincón del ring, mientras se fumaba un cigarrillo de hachís.
Cuando su contrincante llegó al antro, los perros lloraron y los guardias se amedrentaron como nunca antes lo habían hecho. Con paso marcial, bajó la escalera que le dirigía al escenario. No se sentía el aire. Ni tampoco aquel goteo clásico en aquella carrera de locos. Sus botas estallaban, con fuerza, escalón tras escalón. Finalmente, abrió la puerta que daba a la sala de juegos.
Era su padre, rejuvenecido, pero su padre al fin y al cabo. Sonia lo miró con el brillo de la añoranza y el falso recuerdo en la mirada. Nunca lo había sentido tan cerca como en ese preciso momento. La única persona que no se había arrepentido de amar. Aunque la abandonara, siendo ella una adolescente perdida en un mundo que no comprendía, ni quería entender, hasta que su padre volviera.
Hola, papá…
Entretanto, el juez tomó la palabra. Era un speaker veterano en ese tipo de asuntos. A golpe de megáfono, exigía un poco de atención: Comienza la partida. Mostró al público el verdadero árbitro del juego: un Mágnum del 45.
Sonia lloraba y sonreía, a partes iguales, mientras su padre se acariciaba la barbilla con unas uñas larguísimas, pintadas de negro. No lo recordaba con aquella imagen, pero hacía demasiados años que no lo veía para juzgarle el look de primeras.
¿Papá?
Silencio. Máxima expectación. Codicia. Dedos cruzados. El primero, como de costumbre, correspondía al jugador novato. No le tembló el pulso. Incorporó el cañón del revólver al borde de la sien derecha. Y apretó el gatillo. Clic. La gente bramaba, poseída por el olor a pólvora y muerte que se respiraba. Cambios repentinos y radicales en las apuestas. Todo el mundo quería ganar; solo una persona podía perder.
Sonia, por su parte, ni se inmutaba. Bastante agobiada y emocionada estaba ella, con la visita inesperada de su padre, como para pensar dónde estaba y qué estaba haciendo. Seguidamente, cogió la pistola con una sola mano sin dejar de sonreír y disparó. Clic. Nuevos chillidos del respetable. El narrador no daba abasto. Volvió de nuevo el tambor. Clic.
Doce disparos fallidos. El padre aún no había hablado, ni una palabra. Sacudía, entre gatillo y gatillo, los hombros; le caía como una especie de caspa rojiza.
¿Papá, dónde has estado? Te encuentro muy cambiado, este pelo tan largo…
El clímax de la noche estaba a punto de alcanzarlos. El decimotercero le correspondía. Le resbaló de los dedos, temblorosos, sudados. Por fin, Sonia volvió a apretar su gatillo.
De pronto, intentó sonreír pero no pudo: ya no tenía rostro.
FIN