TAUROMAQUIA NATURISTA            Octavi Franch
 
—No, todo saldrá bien. No pienses más en ello, ¿quieres? Confía en mí, por una vez en tu vida. Tranquilízate, hazme ese favor. Siempre tengo que ser yo quien de la cara por todos. Ya lo sé… Lo siento, estaba pensando en voz alta. Oye, ¿qué sabes de Jordi? ¿Lo hará? ¿Estás seguro? No lo sé, no lo veo del todo claro. Me parece que, en el último momento, se echará atrás. Sí, de acuerdo, a la una y cuarto. Hasta luego.
            Pol Bosch colgó el auricular, tembloroso. Sudaba sin parar. ¿Tendría los suficientes huevos para hacerlo? No lo sabía, aún, al cien por cien. Y eso que había sido él quien había propuesto aquella acción reivindicativa, como tantas otras. No se arrepentía de nada, pero cada minuto que faltaba para la hora señalada una losa lo atragantaba. Solo había podido medio convencer a dos compañeros de la asociación, dos de los antiguos, de los más fieles: Marc Serra y Jordi Rius.
            La noche antes había desempolvado el pasamontañas y había limpiado el óxido del machete. Volvió a comprobar el reloj: la una menos cuarto. Respiró hondo. Acto seguido, se refrescó la cara y el cuello con agua fría. Mientras se secaba, se reflejó en el espejo: ¿Estás seguro? No, para nada. Porque una cosa era colgar una pancarta en el balcón de la Generalitat o silbar el discurso de un fascista y otra, muy diferente, ejecutar a un traidor.
            No era culpa suya si aquel bocazas había meado fuera de tiesto. No podía permitir que volviera a humillar y asesinar a un ser vivo. Se merecía el castigo que se había aprobado; ya hacía demasiado tiempo que duraba la broma.
            Justo el día escogido para el atentado, se celebraba el segundo aniversario. Dos años de matanzas sin interrupciones. Cada día una docena larga de asesinatos. Cada día una docena larga de corridas de toros. Y aquel multimillonario de sangre azul pretendía cambiar el chip de la Fiesta Nacional; desgraciadamente, lo estaba empezando a conseguir. Tenía que acabar con aquella locura de una vez por todas, aunque le fuera la vida en ello.
            La una en punto. Pol montó en su bicicleta de montaña. Mientras se abrochaba el casco, comprobó el contenido de la mochila: pasamontañas y cuchillo; todo correcto. Directo al lugar de encuentro. Vía Layetana número 59. Durante el trayecto se le salió, dos veces, la cadena de sitio. ¿Una señal de mala suerte?
            Marc se esperaba dentro de su taxi ecológico, aparcado en doble fila. En el maletero guardaba los dos metros de cuerda de escalada y la bolsa de basura vacía. Mientras no llegaban los colegas, entró en el bar de la esquina y se tomó una manzanilla triple.
            Por su parte, Jordi permanecía en la boca del metro. Llevaba un palo de escoba. Minutos antes de salir de casa, había vomitado tres veces seguidas. Ahora lo tenía claro: cuando viese a Pol le diría que lo dejaba correr, que no contase con él, que se lavaba las manos. Era un asesinato, a sangre fría, sin ton ni son. Y él no estaba dispuesto a convertirse en uno de ellos.
            Los tres volvieron a consultar la hora: pasaban cinco minutos de la una. Pol bajaba por la Gran Vía; en menos de cinco minutos llegaría. Mientras ataba la bicicleta a una farola, Jordi se le acercó.
            —Lo dejo… Adiós.
            —¿Qué coño haces aquí? ¿Estás loco? —le recriminó Pol.
            —Paso, solo quería decírtelo antes de que fuese demasiado tarde —le confesó Jordi.
            —¿Y ahora me lo dices? ¿Me dejas colgado? ¿Abandonas la lucha del partido?
            —Lo siento, Pol. De verdad que lo siento. Pero ya no puedo más…
            Ambos amigos se miraron. No podía forzar a nadie. En el fondo, lo entendía y compartía su opinión. Él era el primero en no estar, del todo, convencido.
            —Da lo mismo, Jordi. De hecho, nos va un poco grande todo esto…
            —Si quieres, todavía…
            Entonces Jordi se fue. Por el camino se cruzó con Marc, quien no entendía nada de nada de la nueva situación. Solo le entregó el palo de escoba a modo de relevo. Cuando pasaban seis minutos de la hora prevista, por la puerta principal de la Casa de Andalucía salía el personaje de moda en España: Sandro Lapuerta, magnate y aristócrata ganadero. Era el culpable de haber organizado, los dos últimos años, macroespectáculos taurinos de doce horas ininterrumpidas.
            Lo escoltaban dos guardaespaldas. En la puerta, la limusina. En el preciso instante en que el chófer se disponía a abrirle la puerta, Pol y Marc los atacaron. Con el palo de escoba, Pol aturdió a los escoltas. El conductor del coche de lujo se asustó y corrió espiritado. Sin embargo, los dos activistas no le pararon demasiada atención y fueron al tajo: taparon con la bolsa de plástico la cabeza del asesino de toros; seguidamente, lo inmovilizaron con la cuerda. Se lo llevaron al taxi y lo encerraron en el maletero. Marc aceleró hasta fundirse sobre el alquitrán.
            —¿Y ahora? —preguntó Marc quitándose el gorro de lana.
            —Continuar con el plan.
            —¿Sin Jordi? ¿Estás loco?
            —¿Qué quieres? ¿Abandonarlo en un contenedor?
            —Marc no le respondió. En un par de minutos, desembocaron en la Ronda Litoral. Ninguno de los dos, durante el trayecto, abrió la boca. Pol pensaba, seriamente, en abortar la operación. Era definitivo: no estaban hechos de la misma madera podrida que su secuestrado. Por su parte, Marc pensó en frenar de manera brusca en una curva y dejarlo tendido en el suelo; alguien lo recogería. ¿Cómo habían llegado tan lejos? ¿Un toro, si pudiese, también lo habría hecho?
            Estaban llegando. No había nadie, tal y como ya suponían. Solo un montón de fábricas abandonadas. Aparcaron el taxi en un descampado sin asfaltar. No se había ahogado, pero no paraba de renegar.
            —¡¿Qué cojones queréis de mí?! —chilló el empresario taurino en el momento en que le descubrían la cabeza.
            Pol ni le contestó. Sin mirarlo a los ojos, le clavó una cuchillada a la altura del bazo. De inmediato, el hombre de negocios cayó de rodillas y empezó a escupir sangre a borbotones. Marc, en primera fila, lo contemplaba entre mareado y arrepentido. No sabía muy bien qué hacer. Solo se le ocurrió decir:
            —Vámonos, Pol…
            —No, todavía no.
            —Dios mío… —maldecía Lapuerta, con una mano apretándose los intestinos que le asomaban tajo para fuera.
            —Haz lo que quieras —intervino el chófer del taxi— pero yo lo dejo…
            —Cobarde de mierda… ¿Ahora te da lástima este asesino de indefensos animales?
            —Una cosa es hablar y la otra hacer. No tengo lo que hay que tener, ¡¿cómo quieras que te lo diga?!
            —No me dejes solo, ahora no, por favor… —le suplicó el líder del grupo.
            —¿Vienes o no?
            —Sí…
            —¿Y él?
            —¡Que se pudra desangrado como las docenas de toros que tortura y mata cada día, desgraciado!
            —Si tú puedes, él también. Por aquí sí que no paso. Lo metemos detrás y lo dejamos cerca de un hospital. ¿De acuerdo?
            —Pero qué… —intentó objetar Pol.
            —Tú mismo: o eso o nada. Me voy solo y te denuncio. Te lo juro. Escoge.
            Ambos militantes ecologistas aprovecharon para comprobar el estado de su secuestrado. No tenía ni aliento para cambiar de posición. La puñalada lo había pillado por sorpresa. Creía que era un secuestro clásico, por dinero. Estaba esperando que le sacasen la capucha para preguntarles cuánto querían para liberarlo. Pero se había equivocado, del todo.
            —Matadme si creéis que es lo más justo. Pero pensad que yo solo intento dar al público lo que me pide: aporto felicidad a sus vidas. Soy esclavo de la tauromaquia, lo reconozco, pero que yo sepa no es ningún delito…
            Un minuto más tarde, Marc y Pol agarraron por las axilas a Sandro Lapuerta, lo acomodaron en el asiento de detrás del coche y lo acompañaron al primer ambulatorio que encontraron por el camino de vuelta a la ciudad.
 
FIN