
Mañana de invierno en Pompas Fúnebres. Tan solo una capilla queda totalmente vacía de visitantes. Nadie entra; tampoco nadie sale. Silencio de catedral. Aromas a incienso. Quietud de muerte súbita. De repente, una serie de ronquidos intermitentes que plagian una serie de trinos desafinadísimos. A ambos lados, no hay ningún familiar de la persona recién muerta. No hay ni dios. Al fondo de la cámara, sin embargo, se eleva el olor del adiós, la fragancia del hasta pronto, la esencia del hasta la vista. Una única corona de flores, con un lazo lila con la leyenda impresa Ya era hora preside la estancia. A la izquierda se puede ver el féretro con un cuerpo presente: es un viejo de edad entre centenaria y neolítica. Está vestido con su mejor traje, el del domingo —y el de Navidad, Semana Santa y el de cuando se casó: azul marino, diseño de posguerra (1ª Guerra Mundial, se sobreentiende)—, pantalones de campana con un recorte de cuero en las rodillas e infinitos parches recosidos en la americana. En cuanto al resto de la indumentaria, comentar que la camisa algún día correspondiente a la prehistoria fue blanca, pero en ese preciso momento ha adquirido un matiz pastel indefinido. La corbata, en cambio, anudada a la inglesa, imita un estampado clásico y ramplón de cortina de comedor. Y el pañuelo, antes azul cielo, había sido de seda, pero ya no lo era: sencillamente, los gusanos habían anidado en él hasta convertirlo en un capullo como un puño que se vislumbraba entre una de las rendijas del pomposo conjunto. Los zapatos son negros y, también, lo están: los cordones, deshilachados y podridos, quedan empalmados de la porquería que los aguanta en pie. Hay que analizar, sin embargo, su fisonomía. Una buena parte del rostro y ambos hombros están recubiertos de caspa al por mayor. A pesar de todo, tiene buena cara: parece inmerso en un mar de sueños.
A mano derecha, no obstante, permanece la otra víctima de la desgracia. La pobre está desconsolada, muerta de frío y de penas, y tocada por la vejez. Sufre a las puertas de la esclavitud eterna que conlleva la soledad y la separación, para siempre, del marido. Es una abuela entrañable, con aquella piel tibia y aquellos surcos rellenos de experiencia, de muchos años y más paños. Toda una vida dedicada al cuidado de los demás, primero del esposo y luego de los hijos y finalmente de los nietos; eso si hay un poco de suerte y no te anexan los bisnietos. Pero lo que más cautiva de la dulce vieja es el olor que desprende a colonia de segundas rebajas, saldo de supermercado fallido, a moho. Lleva un vestido negro, muy adecuado para la ocasión, cosido por ella misma cuando la artrosis todavía le permitía libertad de movimientos: simple, de una sola pieza, sin ningún ornamento de ningún tipo, abrochado por tres botones que van del cuello al pecho. A pesar del frío, no lleva ni calcetines ni pantis, y tan solo calza un par de alpargatas, también negras. Por cierto, las dos muestran un agujero justo a la altura del dedo gordo, a través del cual se puede ver una garra de halcón, digna de cualquier fiera de las catacumbas. En cuanto a la cabeza, la lleva envuelta con un pañuelo, negro, que le cubre tres cuartas partes de las facciones. Lo único que se le puede diferenciar con cierta claridad del rostro es la nariz —de ave rapaz, a juego con las pezuñas— y la barbilla, de la cual emerge un rizo blanco retorcido. Está sentada en una silla del mobiliario que adorna el habitáculo mortuorio. Y no habla; ni lloriquea; nada; nada de nada. Solo espera.
Las horas se han sucedido una tras otra y los acompañantes en el trance de otras víctimas vecinas hace bastante rato que se han guillado. Ya no queda nadie cerca. Solo ella y su hombre en la caja.
Pero en las postrimerías del ocaso, un bostezo estalla como un silbido proveniente del Más Allá.
-—¡¡Aaaaahhhh!! Qué sueño que tenía, nena —comienza a desperezarse el viejo—. ¿Qué? ¿Lo ves como no ha venido nadie a despedirte? ¡Si ya te lo decía yo, Trini! ¿Que no sabes que siempre tengo razón? Nadie ha venido: ni los niños, ni la niña, ni los niños de los niños, ni tu hermana la del pueblo. Nadie. ¿Sabes qué te digo? ¡Que les den, a todos! ¡El único que ha dado la talla y ha sabido aguantar el tipo ha sido un servidor, como siempre! ¡¡Qué cara, todo el día perdido para nada!! Ahora que podría estar jugando al dominó con el grupo en el casino… ¡Pero no, aquí perdiendo el tiempo, no te fastidia! Contemplándote, como si no te tuviera bastante vista, ¡la madre que me parió! ¡Toda la vida que te aguanto! Nena, ¡¡que ya va siendo hora de que tomes las de Villadiego y no vuelvas, reina!!
De un salto artrítico el viejo se levanta del ataúd, guarda las flores, agarra a su mujer de las axilas —tras comprobar que no se ha enganchado con sus telarañas—, la acomoda sobre la sábana satinada, le estira las piernas y, acto seguido, le suelta un escupitajo verdoso apenas encima de la barbilla, con una única finalidad estética: peinarle el rizo indomable. Ahora se sacude la sien, con la consecuente nevada, y se dirige hacia la salida.
Pero cuando ha dado dos pasos hacia fuera, se lo piensa y vuelve a la capilla.
—Trini, guapa, no te mosquees, ¿eh? ¿Me lo prometes? Mira, que mañana no podré venir a acompañarte al hoyo. Sabes qué pasa, que he quedado con tu hermana, la del pueblo, para hacerle un buen repaso, pobrecita, ¡¡que se nos está oxidando!!
FIN